¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

viernes, 17 de febrero de 2012

Las flores del jardín docente

Árbol de la ciencia

     A alguno que  lea  esto le parecerá una rabieta infantil; a otros  envidia; y a los que me conocen,  simplemente que es  un desahogo intelectual respecto a un tema hiriente que se vive a diario y con resignación en los institutos de hoy. Es difícil encontrar un claustro de profesores de secundaria en la enseñanza pública, la privada la dejo para otro día, en el que los profesores que lo componen hayan entrado a dar clases de ESO y Bachillerato por el mismo sistema de selección.
     A partir de 1977, con los famosos pactos de La Moncloa, se crearon en España muchos centros educativos que tuvieron que dotarse de un profesorado contratado, los interinos o PNN, para poder afrontar las necesidades educativas del momento. Muchos de ellos eran recién licenciados de  las universidades españolas que en los últimos años del franquismo, con tanto conflicto reivindicativo social, habían conseguido las calificaciones de ciertas asignaturas, aunque no en todas, claro está,  gracias al denominado “aprobado general” que muchos profesores universitarios, por miedo, por adhesión a la causa, o por comodidad, pusieron de moda durante ese decenio. Así pues, los años 1978 y 1979 los institutos se vieron florecientes de  jóvenes profesores, ávidos de democracia e igualdad, que manifestaban sin tapujos su progresista reivindicación a favor del cuerpo único, en detrimento del tradicional y rancio cuerpo de catedráticos de bachillerato. En los años  79 y 80 hubo oposiciones restringidas, no libres, para que esos profesores pudieran obtener una plaza de funcionario en el cuerpo de de agregados.  Hasta aquí nada que objetar  en este breve  relato de la situación de ese momento, pero la cosa se complica en  los 80.
     Durante esa década, los centros educativos se colapsaban  con el personal interino que no consiguió aprobar las oposiciones restringidas, siendo muy especiales y limitadas las convocatorias de oposiciones libres para ser profesor numerario titular, que aunque eran anuales, se caracterizaban por una ridícula cantidad de plazas convocadas, siendo solo 6, 8, o 40 como mucho, las plazas que se convocaban año tras año para toda España para hasta 3000 opositores por especialidad , con el consiguiente perjuicio producido a los nuevos licenciados que salíamos en esos años de la universidad, que se enfrentaban a una penosa situación personal en cuanto a perspectivas laborales. Mi esposa,  también geóloga como yo, obtuvo su plaza por oposición al Cuerpo de Profesores  Agregados de Bachillerato en 1987, pues no había convocatoria desde 1984 a catedráticos por las presiones  del “cuerpo único”, y yo en 1988, teniendo que realizar entonces nuestro correspondiente año de prácticas docentes durante ese curso  a partir de la fecha de aprobar la oposición. Pues bien, curiosamente, en 1990 se convocaron oposiciones “restringidas” para ser catedrático, o mejor dicho, para obtener la “condición de catedrático”, para lo cual era requisito imprescindible el llevar, al menos,  8 años de ejercicio de la profesión en centros públicos.  Vamos, como vulgarmente se dice “blanco y en botella”, era una maniobra para que la gente que a finales de los 70 entraron contratados y consiguieron ser funcionarios con oposiciones restringidas al poco tiempo, ahora,  se les premiaba una vez más  su labor convirtiéndoles, con otras oposiciones restringidas, en catedráticos. Y digo oposiciones restringidas por no decir mascarada total, pues consistían en algo así como presentar un trabajo didáctico que podía hacerse en común y exponerlo personalmente ante un tribunal. Imagínense la grotesca situación que se generó, todos los del “cuerpo único” y por tanto  contrarios a las cátedras,  presentándose ahora  a sus particulares oposiciones a cátedras a la señal de ¡ya!
Niños brazo en alto antes de entrar a su escuela. Años 50.
     Pero no acaba aquí la historia. A principios de los  años 90, se modificaron las enseñanzas de las antiguas Universidades Laborales, con lo que al profesorado de las mismas, y se pueden imaginar el comité y forma de selección que tuvo esa gente en época franquista, se les nombró, así sin más, catedráticos de instituto, con derecho a ocupar las plazas, en las que se valora la antigüedad en la enseñanza, en igualdad de competencia con el resto. Sin convocatoria de cátedras y con los “compañeros” docentes de las laborales en los institutos, era verdaderamente difícil acceder a una plaza deseada desde un destino impuesto por las circunstancias, que solía ser una pequeña localidad al margen de tus intereses personales. En esos años, comienzos de los 90, se unificaron también los cuerpos docentes de Formación Profesional con el de Agregados de Bachillerato, extinguiéndose también, a la vez, el Cuerpo de Catedráticos de Bachillerato, denominándose  a partir de entonces, y de manera unificada, Cuerpo de Profesores de Educación Secundaria (PES). Este hecho produjo de nuevo un gran  perjuicio  profesional   a  los agregados de bachillerato al equiparar dos cuerpos en los que las oposiciones eran diferentes en dificultad y contenidos, de 50 temas de temario de oposición en los de FP, mientras que los de agregados eran de 100 temas, por lo que había sido mucho más fácil obtener plaza en FP, o sacarla antes, consiguiendo destino definitivo con anterioridad  y acumular puntos para un concurso de traslados a centros y localidades deseadas también por los agregados. Además, a mediados de los 90, y con la nueva ley de educación (LOGSE) en marcha, se permitió a los profesores de Educación General Básica (EGB) que accedieran también a los institutos para dar el entonces primer ciclo de secundaria obligatoria, 1º y 2º de ESO, pues al eliminar esos cursos de los colegios de educación primaria podían “acompañar” a sus hasta ahora alumnos en su nueva andadura en el instituto. Este acompañamiento ha podido hacerse  hasta  los primeros  años 2000. Por supuesto, este hecho repercutió negativamente en la distribución horaria de cursos y grupos de los docentes, así como, y me atrevo a decirlo, a la “egebeización” de los centros de secundaria.
      Pues bien, después de todo esto, todavía  a día de hoy no se han convocado oposiciones a cátedras a instituto, contempladas en la Ley Orgánica de Educación (LOE) como concurso de méritos. Pero al margen de eso, cuando desde la administración se pide unidad de acción a los centros educativos argumentando que  es bueno pedagógicamente el que haya una intervención conjunta y uniforme en temas de conducta,  formas,  hábitos y contenidos,  y maneras de tratar el hecho educativo, sea verdaderamente complicado hablar en el mismo idioma docente o desde un punto de vista común, sobre todo  en cuanto a la necesaria consideración de valorar el esfuerzo personal para conseguir unos objetivos. Todo es distinto, desde la concepción de servidores públicos que muchos tenemos, hasta la consideración de los adolescentes como personas en formación; en el tratamiento educativo del alumnado con problemas, hasta la concepción de la educación democrática, progresista y de calidad que muchos, como docentes comprometidos, queremos para el segmento de nuestra sociedad más sensible, como es el de la adolescencia. ¡Menudo jardín! Afortunadamente, y gracias a la normativa democrática de la ley del funcionariado, esos mártires de la educación  que han sido esos colectivos docentes antes citados, se han ido jubilando poco a poco al cumplir los 60 años, salvo contadas excepciones. Por suerte, digo, vamos soltando lastre en educación.

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