¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

viernes, 10 de febrero de 2012

Contenidos y continentes en educación secundaria


     Algunos dirán que el continente no importa en absoluto, pero yo creo que no es así, que sí que importa, y mucho. Unas buenas instalaciones escolares son decisivas para crear un adecuado ambiente de trabajo en el alumnado y, por tanto, generar las condiciones suficientes y necesarias para propiciar el éxito educativo y evitar demasiados fracasos escolares. La mayoría del profesorado, al menos verbalmente, estamos de acuerdo en esto aunque, y sobre todo en la enseñanza pública, tenemos que reconocer que  algunos centros  actuales en los que trabajamos se parecen más  a unas improvisadas instalaciones modelo “campo de refugiados” que a un centro escolar. De sobras es conocido el casi tradicional abandono o retraso en actuaciones en edificios y materiales por parte de la administración, incluyendo en ese término a todos los gestores de la comunidad educativa,  desde  los responsables políticos de la misma  hasta las direcciones de colegios e institutos. En ocasiones el deterioro  normal por  el uso se agrava con las temporales “soluciones habitacionales” adoptadas desde la administración, dicen que  por escasez de presupuestos, para albergar en ellas a los quintaesencia de nuestra sociedad como son los adolescentes. ¿Quién no conoce la socorrida solución política de usar “temporalmente” barracones prefabricados como aulas? Y aunque esto no ha generado nunca, pues lleva muchos años haciéndose, una airada protesta tipo 20M, es algo que resulta indignante e impropio de un país que ha gastado cientos de  millones de euros, por ejemplo,  en aeropuertos sin estrenar.




     Pero esto no siempre ha sido así. A comienzos del siglo XX, cuando la educación reglada de la juventud era cosa de unos pocos privilegiados, la construcción en las ciudades, que no en el medio rural,  de deslumbrantes edificios para ser usados como institutos de educación secundaria comenzó a ser la práctica habitual. Desde luego para entender esto es necesario comprender primero el sentido de gran respeto y admiración que entonces se tenía por alguien ilustrado y con estudios, por lo que los agraciados en poder tener una educación (en el sentido amplio del término) eran conducidos a esos elegantes edificios destinados para desarrollar  sus ocultas “capacidades” personales, como diríamos ahora. Las ciudades que disponían de esas ostentosas instalaciones docentes se vanagloriaban de tratar así de bien a sus futuros  ilustrados y selectos conciudadanos, además de aportar un timbre de cultura a su localidad. No  se escatimaban esfuerzos económicos en dotar a la provincia o ciudad de esos templos de la cultura que una vez fueron los institutos de enseñanza secundaria, del Estado, públicos, y alejados del ideal  religioso que impregnaba los recintos de otros colegios con los que se intentaba competir noblemente en calidad de enseñanza. El primer cuarto del siglo pasado fue una época de esplendor arquitectónico en el campo de la enseñanza.
Instituto Nacional de Segunda Enseñanza de Logroño, años 20.

Escuela de Artes y Oficios. Logroño.

Escalera interior Escuela de Artes y Oficios de Logroño.
     Grandes y bellos edificios para unos estudiantes seleccionados por su  holgada situación económica, pero para estudiar ¿qué contenidos? Si muchos de los ahora críticos con el escaso conocimiento que dicen presentan los alumnos de bachillerato al entrar en la universidad conocieran realmente el número de materias que se cursaban entonces en el bachillerato, seguramente cambiarían de opinión respecto a la nostálgica idea de que “tiempos pasados  siempre fueron mejores”. En cuanto a esto tengo la suerte de conservar el resguardo de matrícula de mi padre, Enrique Gil Berna, en primero de los seis cursos del bachillerato de entonces, en el Instituto Nacional  de Segunda Enseñanza de su ciudad natal, Logroño, en el curso 1925-26. Comprobarán en la imagen que se cursaban cuatro asignaturas, además de la Religión. Y no solo en primero de bachillerato, sino en todos los cursos restantes del mismo, hasta sexto. Sin embargo, en muchos de los sencillos, cuando no destartalados centros educativos actuales,  y  a pesar de tener que cursar muchas materias de un listado de asignaturas en secundaria obligatoria y bachillerato rellenas de variadísimos contenidos, dicen las autoridades académicas, y la opinión pública en general, que no se alcanzan los mínimos exigibles para estar bien formados en la actualidad, basados sobre todo en el  informe PISA. Y es que algo no encaja en todo esto. Estamos de acuerdo que “antes” la cantidad de contenidos a enseñar, y las técnicas y métodos usados para ello, eran mucho menores y más rudimentarios que los de ahora, pero era lo que se tenía que aprender para, se supone, estar preparado para la vida de esa época. Y  en que hoy en día, los muchos conocimientos exigidos para poder “promocionar y titular” en secundaria  y enfrentarse a un difícil (aunque no lo crean) bachillerato, parecen no dar los resultados que muchos dirigentes dicen querer tener de esos alumnos, a pesar de que la mayoría de esos que lo dicen se formaron bajo un sistema educativo mucho más relajado y fácil que el actual. Por eso habrá que plantearse de una vez y cuanto antes  un modelo educativo en el que la formación del alumnado no esté dirigida a atiborrar al mismo de multitud de conceptos e ideas de todos los temas y materias actuales (y son muchos) con el fin de “supuestamente” preparar mejor así a la gente. ¿Mejor en qué? ¿Realmente se consigue así una buena preparación?  Se  pueden aplicar a sí mismos este criterio y comprobarán las muchas lagunas conceptuales que tienen... El estudio debe ser algo que motive e incite al conocimiento. Nunca puede ser una inagotable carrera de obstáculos, cada vez más altos, que desaniman a cualquiera a seguir aprendiendo, pues sin recompensas basadas en la autoestima conseguida por ver tus propios logros solo se consigue acelerar la cada vez más habitual decisión de abandono, fomentando así un odio hacia todo lo que sea  estudiar y aprender. Habrá quien piense que los contenidos impartidos hoy, a pesar de ser muchos, son necesarios para la vida actual, por lo que es imposible reducir su número. Puede ser, pero ¿es  necesario verlos todos antes de los 17 años? ¿Los adultos no han aprendido nada nuevo de lo que ahora se enseña en secundaria después de esa edad?


     Conviene, por tanto, dignificar de nuevo la labor y estatus docente, incentivando un trabajo inmerso en un buen marco académico que nunca puede conformarse con  instalaciones provisionales o  almacenes humanos para obtener allí lo más valioso para la persona, que es su formación y cultura. Esa dignificación puede conducir a  una mayor y más intensa involucración del profesorado hacia el alumnado, facilitando así una transmisión de conocimientos con sentido profundo, por su modernidad e idoneidad. Por eso, y salvando las muy costosas condiciones sociales actuales  conseguidas desde hace tiempo, referentes a la universalidad de la educación obligatoria hasta los 16 años, junto a los avances científicos  y tecnológicos usados ahora en la práctica educativa, tengo que reconocer que siento una sana envidia, por lo inalcanzable hoy en día,  al contemplar esos impresionantes y elegantes edificios de principios del XX de muchas ciudades españolas donde el acto educativo debía conducir, sin duda, a un enaltecimiento del proceso enseñanza-aprendizaje. Aun enseñando “cuatro cosas”. Por supuesto que la arquitectura moderna ha dado a los centros docentes un aspecto funcional y práctico a sus estructuras en los que puede obtenerse plenamente el deseado buen ambiente educativo, aunque se alejan  con claridad de la contundencia y  majestuosidad de los de antaño.  En este sentido quiero nombrar de nuevo la ciudad de Logroño, en la que el entonces llamado Instituto Nacional de Segunda Enseñanza, IES Práxedes Mateo Sagasta, y la Escuela de Artes y Oficios, conocida  en toda La Rioja como “La Industrial”,  edificios los dos de bella factura modernista e historicista,  dieron cobijo educativo a mi padre en los años 20 del siglo pasado. Y no solo eso. La impresionante  Escuela de Artes y Oficios, que se comenzó a edificar en 1914, se inauguró el 14 de octubre de 1925 con la presencia en Logroño del rey Alfonso XIII, que  visitó en ese edificio una exposición de reproducciones de pinturas del  Museo del Prado y  la Exposición de Productos Regionales, en la que mi abuelo, con quien departió,  presentaba un stand de guarnicionería artística, en lo que era especialista. Eran entonces verdaderos centros de cultura.

     Salvo en localidades pequeñas donde el colegio e instituto suelen ser motores culturales, esa vertiente ha sido totalmente perdida en las ciudades.  Además, sería utópico e inapropiado pedir que ahora los centros educativos tuvieran  la grandiosidad de otros tiempos con el fin de mejorar la calidad ambiental en el proceso educativo. Sería también un retroceso imperdonable desear que los programas y modelos educativos disminuyeran drásticamente sus contenidos tomando como referencia los del siglo pasado. Pero estaremos de acuerdo en que sería deseable que hubiera un acercamiento de posturas entre los siempre quejosos “entes sociales” del bajo nivel académico del alumnado actual, y los criterios  a adoptar por parte de la administración educativa en cuanto a la racionalización y ajustes de contenidos académicos a lo largo de la educación preuniversitaria. Solo así podremos reactivar la bella sensación personal del alumnado del “querer saber”,  que tan en falta se echa ahora, y que solo se desarrolla cuando el estímulo docente se imparte en pequeñas dosis, seleccionando contenidos, y sin prisas. Y siempre queda tiempo para aprender más. ¿O no?

Edificio de la Escuela de Artes y Oficios de Logroño. Exposición  de Productos Regionales de 1925.
 Stand de "Guarnicionería Moderna". A la derecha mi abuelo, y a la izquierda, mi padre, con 10 años.



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