¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

viernes, 24 de febrero de 2012

Educar en el respeto


     A modo de introducción diré que varios  comentarios de los que fueron mis alumnos del IES María Moliner de Zaragoza al artículo de este blog titulado “El miedo a enseñar” han inspirado este escrito. Nadie como ellos pudieron experimentar cómo, a veces, la relación entre alumnos y profesores  puede verse distorsionada si no se tienen en cuenta, por parte de todos,  una serie de factores relacionados con la sensatez y principios inamovibles  de educación básica que, como se suele decir, solo “se maman en casa”, pero se desarrollan también en la escuela.
     En estos complicados momentos de todo tipo que estamos viviendo,  también en educación, en nuestro país, se está empezando a ver una cierta animadversión (aunque personalmente pienso que siempre la hubo) hacia la enseñanza pública. Y eso no es patrimonio de izquierdas ni derechas, sino más bien el resultado de  la continuada  aplicación interesada  de normas educativas, o la falta de ella, junto a la  mediocridad gestora en  asuntos educativos  de casi todas las comunidades españolas. No es momento, creo, de sacar trapos sucios  de antaño o de resucitar el ya viejo complejo, por ambas partes, de señalar la mayor o menor calidad en la enseñanza definiéndose hacia lo privado o lo público. Conozco buenos, malos, y regulares profesores en todos esos ámbitos educativos, por lo que la transmisión de conocimientos puede estar en igualdad de condiciones académicas en los dos sistemas. Por  eso  es necesario mirar en qué sentido, en otro, nos tomamos las funciones y necesidades docentes de cara al alumnado. Si esa transmisión de conocimientos puede ser semejante, a grandes rasgos, entre los estamentos privados y públicos, ¿a qué es debido que en la educación pública se den, o se conozcan mejor, más casos del denominado “fracaso escolar”? La respuesta podríamos encauzarla hacia el conocido estribillo de que en la pública está acumulada la mayoría de alumnado con deficiencias académicas, de origen extranjero o de tipo étnico, por lo que las condiciones de partida no son uniformes, y por tanto eso significa un hándicap importante para obtener un deseado “éxito educativo”. Pero no puede ser el único motivo.


     La experiencia del docente en centros públicos de secundaria suele ser muy diversa. No es lo mismo dar clases en un instituto de una zona burguesa y pudiente, que en uno de barrios marginales y conflictivos. ¿Para qué entonces querer publicar, como ahora se pretende, listas de centros con resultados académicos para que los padres tengan una referencia antes de matricular a sus hijos? La decisión de un padre responsable está clara, ¿no?  Pero aun en los centros difíciles es posible ejercer la profesión docente con dignidad, sin agachar la cabeza, o ir atemorizados a enseñar. Reconozco que hay momentos duros y difíciles, pero se puede. ¿Cómo? Pues entendiendo que “enseñar” no es solo la transmisión de conocimientos tradicionales. En los primeros años de la LOGSE hubo muchos compañeros profesores que se resistían, y aún lo hacen, a ser denominados “educadores”, como si eso fuera una degradación en su ejercicio profesional. Muchos no entendían que ser “profesor”, que no “recitaconocimientos”,  es mucho más que lo que habitualmente estaban acostumbrados a hacer. Los más abiertos a acercarse a posturas de moderno enseñante progresista   (no hay nadie que se autodenomine otra cosa en ningún centro educativo) cayeron en la  seductora argucia intelectual de considerarse como “muy tolerantes” con el alumnado, y en especial con los que no cumplen con las más mínimas normas de convivencia, sin pensar que eso de la tolerancia lleva implícita una componente de superioridad que en absoluto es justa para con los demás, sean adultos o adolescentes.
     Y es ahí donde  varios de los comentarios que antes citaba de mis antiguos alumnos,  expresándome su agradecimiento durante los años que trabajé en el IES María Moliner de Zaragoza, se articulaban no hacia  los muchos o pocos conceptos, teorías, problemas, o postulados geológicos y biológicos que les pude haber enseñado, sino por haber, dicen con mucho sentimiento, ayudado a  educarles en el respeto. Reconozco  con orgullo que eso no es algo que haya oído muchas veces en mi ya dilatada trayectoria docente, pero después de reflexionar mucho sobre esa consideración, pienso que el no ejercer la tolerancia, en el sentido antes  expuesto, es algo bueno y constructivo, en lo que a educación se refiere. Estoy totalmente convencido que el respeto a personas e ideas (si son respetables) es capaz de estrechar muchos más lazos de unión y amistad que actitudes pseudoprogres de falsa tolerancia que no encubren  nada más que sentimientos frustrados de vivencias deseadas pero no ejercidas. Seguramente mi falta de tolerancia habrá sido considerada por más de uno como dureza o inflexibilidad; es posible que el obligar a respetar haya sido tomado como una imposición por algunos;  y que el propiciar un buen ambiente de trabajo en clase se considerase como un orden trasnochado y carente de sentido en una sociedad tan “tolerante” con casi todo. Pero, la verdad, no me arrepiento, sean los que sean los resultados “académicos” que se consiguieran, que siendo importantes para muchas opciones de vida, no los considero  los únicos fundamentales en la formación personal. Creo que es la mejor manera, la única en mi caso, que tengo de enseñar, de educar, en el sentido más profundo del término. Suelo agradecer muchísimo cuando me encuentro con un alumno por la calle que, sin decir nada antes, me recita de inmediato  algún concepto que les enseñé en su día, pero eso suele preceder a un entrañable saludo que se acompaña con frases que reflejan  una idea de alta valoración de la relación a la que llegamos, sin tolerancia, sin miedos, pero con mucho respeto mutuo.

2 comentarios:

  1. José Antonio Sánchez Gimeno24 de febrero de 2012, 11:44

    Enrique me siento reconocido en todo cuanto dices y que comparto totalmente. Siempre he pensado que no era ni honrado ni eficaz tratar a los alumnos como " coleguis" y que, a la vez, la autoridad debía de provenir de lo que significa profundamente, es decir, que emana del respeto, la competencia y la exigencia sin engaños como medio de formar no solo en conocimientos sino en el esfuerzo por conseguirlos y alcanzar la satisfacción de saberse capaz de lograrlos. Claro que esto en algunos casos no parecía que daba los frutos deseados inmediatamente y además disfrutar de las simpatías y agradecimiento de todos. Pero, como señalas, al final compruebas que algo de tí permanece en aquellos que guardan un recuerdo amable y agradecido de quien trató de enseñar y educar.
    José Antonio Sánchez

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  2. Gracias José Antonio por tu comentario. Estaba seguro que estarías de acuerdo, pues vivimos juntos muchos de los momentos más críticos del instituto.Y he de reconocer que aprendí de tus formas y maneras de tratar como personas a los alumnos muchas de las habilidades docentes que he desarrollado durantes estos años de mi vida laboral.Por eso creo que podemos estar bien tranquilos, a pesar de todo el episodio final, de nuestro legado en el María Moliner. Nos dejamos la piel, y fueron unos años difíciles de olvidar. No nos venció la situación y por eso nos hizo más fuertes.Y de "nuestros chicos", pues había gente maravillosa,siempre nos quedará un buen sabor de boca. Un abrazo...

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