¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

sábado, 19 de noviembre de 2011

La alarma del cambio climático.



     Seguro que han oído hablar de él. Hay que estar sordo, ciego o ser un eremita para no saber nada del cambio climático. ¿Pero sabrían decirle a alguien que les pregunta qué es eso tan malo que nos va a pasar? Es muy posible que no supieran por dónde empezar, y no es de extrañar a juzgar por la gran cantidad de ideas y datos contradictorios que se utilizan desde los medios para informar o amedrentar a la gente. Resulta realmente espantoso lo que se oye y, desde luego, no muchas personas saben qué hacer o con qué opiniones quedarse. Es un tema del que todo el mundo habla y todos quieren llevar la razón.


            Pero vayamos por partes. En primer lugar tendremos que intentar aclarar qué es lo que se entiende por cambio climático, y después analizaremos la controversia suscitada respecto a su magnitud y repercusión en la sociedad actual.

            Que el clima vaya a cambiar drásticamente en unos pocos años es algo que puede pasar o está pasando ya, por los datos numéricos del clima de que disponemos. Pero ¿por qué pasa? Para explicarlo es necesario tener en cuenta algunas consideraciones referentes a la propia estructura de la envolvente gaseosa de la tierra y su relación con el Sol. La radiación solar entra y atraviesa la atmósfera hasta llegar a la superficie de la tierra donde se produce su transformación en energía calorífica que, digamos, “rebota” hacia el exterior, quedando atrapada por la capa de gases de la troposfera, sobre todo el dióxido del carbono, aunque también metano, por nombrar a alguno de los gases importantes. Es un fenómeno natural, denominado efecto invernadero, que ha permitido la vida en la tierra al mantener una temperatura media adecuada para la misma, pero que puede generar problemas si se produce un incremento exagerado. Incremento que se debe, sobre todo, al aumento de las emisiones de los gases ya mencionados como el metano o el anhídrido carbónico. El incremento excesivo del efecto invernadero, al hacer que la temperatura de la tierra aumente poco a poco, podría producir un recalentamiento general del planeta, lo que conduciría a la fusión de las masas de hielo de los polos. Este deshielo generaría un enfriamiento tremendo de las aguas de los mares y océanos, con lo cual la circulación de corrientes marinas quedaría ralentizada o paralizada, con la consiguiente repercusión en el sistema de evaporación del agua del mar, que al verse reducido haría que se desestabilizasen los sistemas de circulación aérea, con la alteración del encadenado de anticiclones y borrascas, generando así una aridificación extrema, lo que nos llevaría a la larga a un sistema de caída en picado de las temperaturas, y por tanto, en realidad, a un episodio glaciar. Esto es a grandes rasgos el proceso del cambio climático que se espera, aunque notarán que lo de la glaciación final no es muy frecuente el oírlo o leerlo. Muchos paran en su descripción de la catástrofe en una aridificación de las masas continentales con la consiguiente pérdida de cosechas, hambrunas y efectos sofocantes por un inicial aumento de las temperaturas.

Contaminación en Madrid.


            Sin embargo, si esto llega a producirse o está empezando, no debe ser algo nuevo para la ciencia ni para la humanidad. Estos cambios climáticos, aunque muchos lo oculten, se vienen produciendo desde que se originó la Tierra, y al menos durante el último período terrestre, el cuaternario, que abarca, desde los dos últimos millones y medio de años, es algo que los geólogos y paleontólogos saben y comprueban a diario sus efectos. Las cuatro principales glaciaciones del cuaternario: Günz, Mindel, Riss y Würm, que tanto arqueólogos como geólogos del pleistoceno utilizan y nombran como algo normal en sus investigaciones, se produjeron por algo en el que la mano del hombre no tuvo nada que ver, pues hace un millón de años no había coches circulando por las galerías de las cuevas en las que se refugiaba el hombre prehistórico, ni industrias a lo “Picapiedra” en las que producir una gran contaminación atmosférica causante de esos cambios climáticos. No, hay que buscar las causas con otros argumentos, científicos, por supuesto.

            Las investigaciones realizadas en los últimos años nos indican que las variaciones climáticas que se produjeron desde antes del cuaternario tuvieron que ver con los movimientos y posiciones del planeta con respecto al Sol. Así, las variaciones de la excentricidad de la órbita terrestre, de más a menos elíptica; las variaciones del eje de la Tierra respecto al plano de giro de la Tierra respecto al Sol, y la posición de la Tierra en el perihelio (punto de la órbita terrestre más cercano al Sol),  explican  las variaciones cíclicas de temperatura que se atribuyen a estos ciclos astronómicos llamados de Milankovitch en honor a su descubridor. Esto explica que durante el último millón de años se hayan sucedido las glaciaciones antes mencionadas, de una duración aproximada de 100.000 años, separadas por su períodos interglaciares de unos 10.000 años, comprobándose que durante los episodios fríos la proporción de dióxido de carbono del aire contenido en las burbujas de aire atrapado en las masas de hielo glaciar, disminuía considerablemente.


Ciclos de Milankovotch.
            Durante el pasado histórico también se han sucedido una serie de cambios climáticos importantes que no pueden ser achacados a las variaciones del recorrido de la Tierra alrededor del Sol. Parece ser que en esos cambios ha influido la cantidad y variación del número de manchas que aparecen en la superficie solar. Su número alcanza un máximo cada 11 años aproximadamente, episodio que coincide con un aumento de radiación recibida del Sol, que aumenta 1,2 vatios por metro cuadrado. El número de manchas solares varía en ciclos de 80 y 180 años, lo que repercute en la radiación que se recibe. Pues bien, estos datos son los que se usan para explicar la existencia del óptimo climático del Holoceno, que se produjo entre hace 7000 y 5000 años, con una temperatura de hasta 3º C por encima de la temperatura media actual. O el óptimo climático medieval, entre el año 1000 y 1200, en el que se produjo la fusión del Ártico (¿les suena?), facilitando a los pueblos nórdicos el llegar hasta Groenlandia  e Islandia, y su posible llegada a América del Norte. Y por otro lado, la denominada Pequeña Edad del Hielo, que se produjo entre el año 1200 y nada menos que  el cercano 1900, una especie de pequeña glaciación, responsable de que en Europa se produjera la famosa peste negra en 1348 por las malas cosechas, frío y fuertes hambrunas.

Representación de la Peste Negra en Europa, s.XIV.


          Desde luego está claro que cuando los cambios climáticos se producen generan una serie de daños colaterales de impresión. A veces son tan grandes que permiten explicar cambios muy bruscos en la composición biótica de los ecosistemas. Y en este tema resulta paradigmático el ejemplo que supone el famoso yacimiento de Atapuerca. Allí un detallado estudio estratigráfico de los rellenos sedimentarios de unas cavidades de origen kárstico ha permitido comprobar que, por ejemplo, en el registro de Gran Dolina, el mismo relleno en el que se han encontrado los restos del famoso Homo antecesor, y donde las asociaciones faunísticas y paleobotánicas identificadas  se han ido sucediendo en el tiempo de base a techo de ese relleno, desde un millón de años hasta los casi 100.000 años de antigüedad, se han producido cambios paleoecológicos muy significativos en períodos que oscilan aproximadamente entre 30.000 y 60.000 años. Se detectan variaciones en la cobertera vegetal y en las biocenosis faúnicas en períodos de tiempo que representan adaptaciones a condiciones climáticas muy diferentes entre sí, lo que permite deducir la sucesión y alternancia de períodos fríos y menos fríos, con la intercalación de otros más benignos y cálidos. Si se interesan por el tema pueden consultar la variada bibliografía que sobre Atapuerca existe, donde podrán comprobar y obtener detalles paleontológicos que acreditan esta información.

            Por eso, y teniendo en cuenta los datos hasta aquí expuestos, es preciso analizar algunas de las muchas alarmas y apocalípticos datos sobre el inminente cambio climático que se nos avecina. En primer lugar es necesario aclarar que el proceso que se explica del aumento de temperatura por la emisión de gases a la atmósfera es contradictorio e impreciso. Desde luego que el aumento de temperatura de la atmósfera puede fundir el hielo de los polos, pero la alarma no está del todo justificada. Se sabe que el hielo del Ártico sufre deshielos importantes, pero, a su vez, el de la Antártida casi no se está enterando de la subida de temperaturas, y en algunas temporadas, incluso aumenta su extensión. Por ahora se desconocen las razones exactas por las que se da este fenómeno, pero hay que decirlo todo.

            Respecto a la subida de varios metros de altura del nivel del mar, resulta casi como una descripción de milagro o castigo divino bíblico. Si tienen ustedes en cuenta que los hielos de los icebergs sobresalen del nivel del mar sólo un 10% de su volumen, si se entretienen en hacer el cálculo de qué volumen de agua se incorporaría al mar tras su fusión, verán que para subir un nivel de varios metros se necesitaría bastante más hielo que el que hay en la actualidad.

Desprendimiento de "icebergs" en el Ártico.

           Y por último, la desastrosa repercusión en la biosfera que algunos predican es más que cuestionable. Las explosiones de vida en el planeta, a lo largo de toda su historia, han sido en unas condiciones de concentración de CO2  en la atmósfera muy superiores a las actuales. De hecho, la mayor diversificación de los mamíferos, grupo al que pertenecemos, se produjo con unas concentraciones de dióxido muy altas. Desde esa época, mediados de la era terciaria, hasta la actualidad, ha ido disminuyendo su concentración hasta la registrada actualmente. Desde el inicio de la vida en la tierra su concentración en el aire ha bajado de un 20%, unas 7500 ppm según el estudio Geocarb, hasta un 0,03% en el siglo pasado, es decir unas 300 ppm, disminución paralela a todos los avatares que la vida ha sufrido en el planeta, con sus  grandes períodos de extinción y de aparición de especies.

Variación de temperaturas  en la Tierra desde el Cretácico hasta la actualidad.


            Entonces, ¿por qué se relaciona con tanta vehemencia alarmista la emisión de gases procedentes de la quema de combustibles fósiles con el cambio climático? La respuesta no puede ser difusa. Es cierto que el incremento de la concentración de CO2 en la atmósfera ha sido relativamente grande, aumentando desde finales del siglo XIX hasta la actualidad de 285 ppm hasta 385 ppm como consecuencia de las 23.000 millones de toneladas de ese gas emitido al aire en ese período. Sin embargo la repercusión en el incremento de temperatura del planeta  ha sido detectable en sólo  seis o siete décimas de grado hasta hace 10 años. Desde entonces la temperatura no tiene una tendencia clara al aumento, estabilizándose en la última década y con bajadas de la misma detectadas en los últimos tiempos. Además, es necesario conocer el significativo dato de cuáles han sido los períodos de calentamiento en el último siglo, que han sido dos: el primero ocurrido de 1915 a 1945,  aun con muy pocas emisiones de CO2  y el segundo período, de 1975 a 1998, del que se disponen más datos fiables.  Entre ambos períodos hay otro en el que se ha detectado un ligero enfriamiento, posiblemente originado por las emisiones de compuestos de azufre. Además, nada menos que la duplicación de la cantidad de dióxido de carbono en el aire que se produciría dentro de muchas décadas,  según las estimaciones técnicas actuales,  parece ser que generaría un aumento de la temperatura de 1º C. Aunque estos datos técnicos cambian muy a menudo en función de nuevas investigaciones, no se comprende cómo hay un empeño tan desmedido por parte de algunos en relacionar el hasta ahora registrado aumento de temperatura de la tierra únicamente con la emisión de gases por la quema humana de combustibles fósiles. Cantidad de gas que resulta ridícula si se compara, por cierto, con la emitida en un solo episodio  de erupción volcánica de importancia.

Por tanto, ¿qué hay detrás de todo esto? A esta pregunta  no es sencillo el contestar. Y desde luego no resulta nada fácil convencer a la gente que parece vivir feliz generando angustia y preocupación a los demás, de que no se debe ser  tan alarmista aunque sí precavido.  ¿A quién le interesa que esto sea así? Los pocos intentos que se han hecho desde los medios informativos de explorar el tema están trufados, pueden consultar hemerotecas y videotecas, de desagradables encuentros y confrontaciones verbales entre representantes de grupos ecologistas con científicos, a los que no tienen ningún empacho en desacreditar y vilipendiar públicamente al comprobar que la ciencia no les secunda en sus intenciones generadoras, no de precaución, sino de alarma y confusión.


Como conclusión podemos argumentar que los datos científicos de los estudios climáticos actuales, así como los resultados de los yacimientos, al menos cuaternarios, con estudios paleoclimáticos, nos permiten decir con contundencia que los denominados cambios climáticos se han sucedido en el tiempo a intervalos casi regulares de varias decenas de miles de años, por lo que resulta difícil relacionar su origen únicamente con un incremento de los llamados gases invernadero emitidos a la atmósfera por el hombre. Esto significa que se debe seguir buscando las causas reales por las que se producen y se han producido, sin caer en la fácil tentación de culpar siempre a los humanos modernos de  ser ellos los  causantes del  los mismos. Es muy posible que si en estos momentos se redujera a cero la emisión de gases no se produciría una reversión en la tendencia al  avance y desarrollo del cambio climático.

Naturalmente resulta un tanto conformista el decir que el cambio climático actual se va a producir porque toca, que es uno más de los que se han producido en el último millón de años y que no hay nada que hacer. Pero el resultado final puede que sea muy parecido, ya que, si bien resulta deseable que todo el mundo tome conciencia de que estamos en un proceso climático irreversible, también es necesario conocer la influencia que hemos podido tener en un proceso de aceleración del calentamiento global debido a nuestras emisiones gaseosas, por lo que nuestras actuaciones deben estar encaminadas a una reducción de las mismas, aunque sin eficacia garantizada. Con ello se iniciará un proceso de aprendizaje de hábitos ecológicos saludables a la vez que se incide positivamente en la reducción de gases emitidos como consecuencia de un uso razonable de combustibles fósiles u otros por los que se sustituyan. Aún así, el cambio climático es muy probable que se produzca igualmente, con o sin emisiones de gases. Habrá que hacerse a la idea.


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