¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Biodiversidad y coleccionismo.



     Está de moda. Hablar de biodiversidad es algo que últimamente  resulta necesario introducir en nuestras conversaciones para parecer alguien con preocupación por el entorno o el medio ambiente. No hay intervenciones en mesas redondas o tertulias de televisión o radio donde los participantes no se marquen un tanto al introducir en sus conversaciones, aunque sean de economía, algo relacionado con la biodiversidad. No es difícil comprender el término, los hay más complicados, y es por eso que considerar que se trata de algo relacionado con el número de ejemplares o poblaciones de organismos que hay en un lugar, o el acervo genético, no cuesta mucho de asumir  y comprender.

     Ahora bien, si les preguntamos a esas mismas personas si conocen algún ejemplo o criterio a seguir para conservar esa biodiversidad seguro que hay más de un titubeo. Y, desde luego, no se creerán que algo tan conocido y valorado por muchos como es el coleccionismo sea  uno de los principales enemigos de la biodiversidad. Pero, ¿en qué nos basamos y a qué nos referimos? Todos conocemos a personas que coleccionan algo a lo largo de sus vidas: sellos, pipas de fumar, mecheros, cuadros, libros… y algunos decidieron en su día distinguirse de los demás (los sellos y las pipas estaban muy vistos) coleccionando algún tipo de planta o animal.  Y así empieza para ellos el sainete social de ver y asistir a numerosos mercadillos domingueros en los que, desde multitud de puestos de venta, se ofrecen a la culta clientela toda gama y variedad de lo que queda de esos seres, ya muertos,  capturados en masa para el disfrute y placer de ser perfectamente colocados en cajas y vitrinas para su exposición casera. Seguro que han recordado a alguien así, y que, además, puede que fuera una persona totalmente respetable por el hecho de hacer eso precisamente: ¡qué entregado a la naturaleza!, ¡qué culto y qué afición tan interesante y de prestigio!


     Llegado este momento tenemos que hacer una reflexión respecto al interés y aportación a la ciencia natural que han realizado los coleccionistas. Verdad es que gracias a ellos se pudieron estudiar y localizar ejemplares de especies casi desconocidas para la humanidad, y que sus donaciones a instituciones y museos han enriquecido el patrimonio natural que sirve de base didáctica para el popular conocimiento de la biodiversidad de un lugar concreto. Y en relación con lo anterior hay que destacar la importante labor que algunos coleccionistas, en concreto de  fósiles,  han realizado en la localización y apoyo al estudio científico de numerosos yacimientos paleontológicos que hubieran pasado desapercibidos para el investigador de no ser por sus indagaciones y pesquisas en terreno abierto en busca de restos fósiles. En este sentido creo que resulta paradigmática la acción de la asociación SAMPUZ (Sociedad de Amigos del Museo Paleontológico de la Universidad de Zaragoza) que, en colaboración con diferentes investigadores de fósiles, han suscitado el interés,  el  respeto y  apoyo de muchos colectivos dedicados al estudio y difusión de la paleontología. 

      En cuanto a los organismos actuales, también hay que destacar la decisiva influencia en la actualidad que  tuvo el interés de los antiguos romanos y reyes taifas por tener para su disfrute sus pequeños zoológicos que, de paso, sirvieron para dar  a conocer especies exóticas a la gente y que, sin duda, fueron el embrión de las modernas  instalaciones zoológicas, cada vez más tendentes a crear entornos adecuados para los organismos. Pero aún así, y reconociendo esos y otros  valores positivos que fueron iniciados por coleccionistas, no podemos obviar el inmenso daño que hoy en día genera esa agresiva actividad en los ecosistemas, por desgracia, tan generalizada.  


     No conozco la razón, pero muchas de las personas  que son decididamente conservacionistas, que dicen aman y respetan la naturaleza, que se preocupan por la fusión de  los glaciares del Pirineo,  son claramente antitaurinos, o son totalmente contrarios a los zoológicos por el hacinamiento y anormalidad de vida a la que se somete a los animales, son, además,  coleccionistas de, por ejemplo, moluscos o  insectos. ¿Quién entiende eso? La única explicación que creo puede darse es la ignorancia, a no ser que se ejerza una patente hipocresía, que no creo que sea el caso generalizado. Pero lo más llamativo, y pienso que también está relacionado con la ignorancia, es la inactividad al respecto de grupos que se autodenominan “ecologistas”. Esos grupos, que aparentemente tan preocupados están, y con razón,  con la aparición y difusión de especies invasoras de ecosistemas, como el mejillón cebra o el siluro en el Ebro, no muestran mediáticamente ni una pizca de atención o indignación por la repercusión que en el medio ambiente puede generar un expolio de ejemplares de muchas de nuestras especies, o foráneas,  con el único fin de completar colecciones particulares de personas que lo que quieren es conseguir el ejemplar más completo o perfecto, y enriquecer así su maravillosa vitrina.

     Todo esto no es nuevo, pasa desde hace muchos años, y por eso no se entiende que no se diga nada al respecto. Echo en falta una concentración ecologista o unas jornadas informativas, o algún  acto reivindicativo en contra del coleccionismo, que tanto mal está haciendo. ¿Dónde están esos grupos para defender las permanentemente agredidas biocenosis? ¿Será que muchos de ellos desconocen que el coleccionismo es un importante enemigo de la biodiversidad? ¿Será por otras causas más ocultas? No lo sé, pero hay que ser conscientes que cuantos más ejemplares de organismos se cacen, maten y se pongan a la disposición de coleccionistas, más daño haremos a los ecosistemas de los que se nutren los distribuidores e intermediarios, sin que se pueda argumentar nada que disminuya el grave  deterioro medioambiental que se produce con ello. Otra cuestión al margen de esto  es el estudio del  impacto económico y daño colateral social que generaría su prohibición radical,  por el ataque directo que ello supondría  al  medio de vida de mucha gente relacionada con el coleccionismo, pero ese es otro tema  que tiene poco de  “ecológico”…

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