¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Enseñar y aprender.



     Se plantea ahora  el rotundo  fracaso de los cursos y másteres respecto al “enseñar a enseñar” que se están impartiendo en los últimos tiempos en la mayoría de nuestras universidades.http://elpais.com/diario/2008/12/08/educacion/1228690803_850215.html Y hay quien piensa que ese es, precisamente,  el origen  del tantas veces citado (y muy usado políticamente) fracaso escolar preuniversitario: que no se sabe enseñar. Además, parece ser que uno de los últimos bulos que corren por ahí es que una obligada aplicación en los centros de secundaria de la repipi jerga psicopedagógica moderna, además de un sinfín de ocupaciones burocráticas del profesorado,  son las trabas principales que determinan ese fracaso escolar.http://www.xarxatic.com/burocracia-educativa/ Nada más lejos de la realidad. Se piensa erróneamente que los docentes de bachillerato se pasan el día rellenando detallados y enfarragosos informes sobre el alumnado y su proceso de aprendizaje, lo que les impide preparar con tiempo y calidad sus clases. Por otro lado, la imposición de seguir  los preceptos pedagógicos modernos sobre el qué y cómo enseñar, además de un intento fallido de enseñar a aprender, lastran de tal forma un adecuado proceso educativo que la situación es (casi) irreversible. Y claro, el nefasto resultado educativo está servido, pues es una consecuencia directa de esa inadecuada dedicación del profesorado.
     Es cierto que muchos preceptos pedagógicos modernos han sido y son aplicados a rajatabla por  profesores de los centros de Educación Primaria. Y también que los resultados obtenidos allí dejan mucho que desear respecto al nivel de contenidos conceptuales que debieran  adquirir la mayoría de alumnos de esas primeras edades, aunque creo que es de justicia decir que posiblemente en otros aspectos educacionales,  el alumnado de primaria sí adquiere destrezas que antes no conseguíamos ni de lejos. Pero el problema está en que muchos de ellos sufren un choque traumático cuando llegan a los institutos y se tienen que enfrentar a la inmensa presión a la que se les somete. Se sienten abrumados, y con razón. Ni se aplica jerga psicopedagógica ni se imparten clases cogidas por los pelos. La catarata de información que reciben desde el primer día es tal que son muchos los que desde el principio piensan en abandonar. Poco a poco se van adaptando (la mayoría) a algo nuevo para ellos: tienen que aprender contenidos de muchas disciplinas sin tener que seguir oyendo frases o ejercer comportamientos más propios de “Alicia en el país de las maravillas”.


 

     Al parecer, los colectivos de ideólogos pensantes en las facultades de educación (antiguas Escuelas de Magisterio) dedican sexenios enteros de su investigación en averiguar cómo debe afrontarse el binomio enseñanza-aprendizaje. Sin sus recomendaciones, conclusiones,  y profundas reflexiones  seguiríamos llamando “recreos” o “descansos” a los ahora bien llamados “segmentos de ocio”, o “trabajos en equipo” a los verdaderos y efectivos “trabajos cooperativos”. Menos mal que se invierten suficientes presupuestos en contratar a estas gentes para que piensen e investiguen estas cosas, pues de lo contrario estaríamos perdidos al no conocer con detalle y claridad las muchas diferencias entre esas denominaciones, la antigua y la moderna, que reciben los trabajos hechos entre varias personas. No sabríamos entonces, confundidos por la ignorancia, qué hacer con los alumnos, ni motivarles ni enseñarles nada de nada. En los centros de secundaria se está tan lejos de los preceptos actuales psicopedagógicos emitidos desde los departamentos correspondientes de las facultades de educación, que es casi imposible encontrar en los institutos ni uno solo de esos conceptos teóricos que, por otra parte, sí aparecen  reflejados  en artículos de prensa sobre educación, casi a diario, como si fueran de dominio público y uso cotidiano.
 
     La mayoría de los profesores de secundaria que yo conozco (y no son pocos) ejercen su profesión enseñando de una manera donde prevalecen sus aptitudes personales y su capacidad de generar atracción en sus alumnos hacia su materia. Para ello usan armas tan sencillas y útiles como un conocimiento exhaustivo de su materia, además de la afabilidad, empatía, claridad en la transmisión de datos y, sobre todo, mucha comprensión y aceptación de la existencia de un gran abanico de posibilidades en cuanto al raciocinio y capacidades de sus alumnos. En definitiva, usando el sentido común y la humanidad. Rara vez alguno utiliza la varita mágica supuestamente recibida en alguno de los muchísimos cursos de “formación” que ha tenido que realizar (y sufrir) en su carrera profesional, muchos de ellos impartidos por  psicólogos, pedagogos,  y educadores varios.
     Otra cuestión es que  en los institutos de secundaria y bachillerato se enseñe lo que hay que aprender. Esto es muy discutible, pero seguramente se enseña muchísimo más de lo necesario para la vida actual, y, por supuesto, mucho más que hace unos decenios. Es tal la acumulación de asignaturas y contenidos que se imparten que estoy por apostar que esos iluminados de la psicopedagogía empeñados en cómo enseñar a aprender (aunque no se sepa de lo que se enseña) serían incapaces de aprender todo lo que se enseña en la actualidad. Además de contenidos (desde luego no tantos como ahora), hay que enseñar entusiasmando a la gente, dando ejemplo de cómo se debe aprender algo, y queriendo contactar con el alumnado  convenciéndole de su necesidad de saber y aprender. No hay que considerar al alumno  como alguien anónimo que pasa durante unos años por allí, sino como parte integrante de una sociedad que necesita formarse como persona, y lejos de ser una máquina de repetición de frases, fechas  o conceptos.
     La verdad, no me imagino yo a algunos de mis queridos y excelentes profesores de mi bachillerato como Luis Barreiro (el autor de los cuadernillos de matemáticas de “Barreiro y Rubio”), o de la universidad, como  Leandro Sequeiros o Emiliano Aguirre, haciendo un máster para poder dar sus clases transmitiendo y conectando con el alumnado con la brillantez con la que lo hacían. ¿Dónde aprendieron ellos a enseñar?

1 comentario:

  1. Totalmente de acuerdo. Sólo hay que leer libros com El Panfleto Antipedagógico o Quién Fracasó con el Fracaso Escolar para darse cuenta que años hace que se llevan denunciando las fallidas praxis de muchos pedagogos teóricos que no imparten clases a 30 alumnos por aula, más de 20 horas por semana y con una elevada diversidad mundial de púberes.

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