¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Derechos adquiridos en el aula.



     Me refiero a los que creen que adquieren los alumnos. Cuando van cumpliendo años, y a base de convivencia con ellos en los cursos impartidos con anterioridad,  se establece muchas  veces una relación entrañable que no suele ser lo habitual fuera de la docencia preuniversitaria. Pero esto conlleva una serie de riesgos que no siempre se saben predecir, prevenir y corregir con facilidad. El que haya confianza y buen ambiente en una clase no es sinónimo de que todo el mundo pueda hacer lo que le venga en gana en cualquier momento de la misma. Y hay  quien no lo ve con claridad, con lo que surge el conflicto.
 
     Aunque la mayoría del alumnado  entiende y asume con normalidad su rol en un centro educativo, algunos  piensan, equivocadamente, que el profesorado debe aguantar las impertinencias que se les ocurra hacer, que para eso tienen sobrada confianza y les conocen desde hace años. Por desgracia se les ha acostumbrado desde pequeños  a recibir un trato basado en un excesivo  mimo y protección, por lo que los menos maduros personalmente, cuando llegan al inicio de su juventud,  sienten que el profesorado les debe seguir  cuidando, cuando no aguantando,  como si fueran indefensos seres vivientes que solo necesitan apoyos, atenciones, y libertad mal entendida. Y eso supone un déficit formacional que solo se consigue corregir con mucho interés y reconocimiento del problema por su parte, y mucha  dedicación,  contundente y con criterio claro, del profesorado.
 

     Cuando a estos se  les pone alguna vez  los puntos sobre las íes no lo entienden, se sobrecogen, piensan que se les  maltrata, y descubren con asombro que la relación fluida y amigable que se vivía en la mayoría de las clases puede tornarse en una especie de tifón que remueve comportamientos y posos de hábitos mal adquiridos, poniéndolos en su lugar a cada uno de ellos. Descubren la única dimensión de la docencia que les es rara y lejana: la disciplina y el orden, dentro de un ambiente cordial. Deben llegar a entender que esos actos para reconducir situaciones son los que les harán madurar y comprender que la vida no se hace a base de lametones “buenistas” y cantando “viva la gente”, sino que suele estar preñada de ajustes y toma de decisiones duras que terminan purificando el ambiente. Pero eso también es educar.
 

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