¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

sábado, 10 de marzo de 2012

Ecologistas en crisis.


     Casi nadie cree ya en ellos. La gente está  muy harta de oír y ver actuaciones de grupos de ecologistas que se pueden considerar como extravagantes o exageradas. Todos sabemos poner algún ejemplo en el que hemos sido  “condescendientes” conceptualmente con ellas o nos hemos callado por no herir o descalificar globalmente a esos colectivos y, sobre todo, por aparentar ser políticamente correctos. Lo que más se ha llevado, lo más “in” en ecologismo o pseudoecologismo,  es el demostrar tener y practicar un desbordante amor por la naturaleza además de un respeto total y absoluto hacia todo lo que esté vivo en este mundo (excepto los humanos) y  el paisaje que le rodee. Pero en nuestro fuero interno sabemos que no todo es así.
      Se nos pide demasiado compromiso de actuación ecológica por su parte, o se quiere que traguemos con todas sus consignas, de lo contrario se nos tacha de intolerantes, ignorantes, destructores, retrógrados,  o “fachas”, que también les gusta mucho. Si se está de acuerdo con hacer navegable el Ebro a su paso por Zaragoza (que por cierto, pienso no hacía ni la menor falta) es que no eres respetuoso con el ecosistema fluvial  (si se hacen abundantes puentes sí, claro), aunque este punto estuviera incluido en los programas electorales de partidos supuestamente progresistas; si dices que los parques de la ciudad no deben ser diseñados con enormes extensiones de césped, muchos ni se enteran del porqué, pero otros te tildan de “poco moderno e intolerante”; si dices que la energía eólica es limpia, buena  y eficaz para la pureza ambiental de nuestro entorno,  dicen  los grupos ecologistas que no, ya que algunos pájaros mueren por no ver sus aspas al rotar y que las ovejas se vuelven “modorras” al pastar en  la base de los aerogeneradores; si criticas que muchos grupos de gente joven “concienciada con el ecologismo”, muchos de ellos con insignias de Greenpeace o Ecologistas en Acción,  dejan tu parque más cercano lleno de basura un fin de semana, te tildan de inmediato de reaccionario, o algo peor;  si les dices en una discusión que si no quieren energía hidroeléctrica (por la necesaria construcción de embalses) ni eólica, para abastecerse, tendrán que abrir más centrales nucleares o irse a vivir a una cueva, te “clasifican” como adepto a lo nuclear  y te dicen que así les hemos dejado el mundo la gente como yo.  Pero ¿cómo es posible? ¡si todos ellos son vecinos míos! Viven como yo, con el mismo ascensor, el mismo coche, o parecido, la misma calefacción, agua caliente, tostadora, microondas, lavadora, lavavajillas, frigorífico, secador de pelo... Son hijos de padres que quisimos lo mejor para ellos en unos tiempos en los que se empezaban a ver los adelantos de la televisión en los escaparates más cercanos, y además podíamos adquirirlos a precios asequibles con nuestros sueldos y ahorros. Quisimos vivir mejor y, desde luego, todo hay que decirlo, durante esa época se destrozó mucho, demasiado, y con pocos miramientos ambientales, sobre todo por desconocimiento. Después, en las últimas décadas, y con la modernización de los planes de estudio, por fin  llegaron los nuevos conceptos  sobre ciencias de la tierra y  medioambientalismo con los que aprendimos que todo no valía, que era necesario educarnos en el respeto hacia la naturaleza, por lo que muchos, aunque no todos, vimos la necesidad urgente de estudiar y actualizarnos culturalmente para saber ecología y medio ambiente.
     Puedo asegurar que los de mi generación, que estamos ahora alrededor de los cincuenta, no tuvimos ni un solo adiestramiento académico en nuestra época estudiantil respecto a qué hacer con los vidrios, los plásticos, las carcasas de corcho, ni con las bolsas de basura, vacías o llenas. Pero pronto aprendimos con el resto de conciudadanos, humildemente,  que era necesario respetar y cuidar nuestro entorno, los montes, los valles, los ríos, y sin querer ni tener que renunciar necesariamente  a los avances que la tecnología nos ponía en bandeja cada vez más deprisa y más baratos. Poco a poco fuimos adquiriendo una “conciencia ecológica”, unos más y otros menos, pero casi todo el mundo de nuestro entorno  ha sabido refinarse durante los últimos años  en estos temas tan delicados que parece que unos  pocos quieren que sean ahora  solo patrimonio suyo. Y es en este contexto donde resulta penoso y a veces vergonzante, ver a los integrantes de los colectivos más conservacionistas manifestarse para, y viviendo además exactamente igual que tú, reclamar  o reivindicar de las administraciones el uso de unos contundentes criterios de supuesto respeto a la naturaleza, que se traducen en un “no tocar”, “no hacer”, “no…”. Denuncian proyectos o actuaciones de desarrollo totalmente necesarios para salvaguardar nuestro futuro y preservar así una alta y adecuada calidad de vida, como pueden ser las  modernas vías de comunicación, actuaciones portuarias, o embalses,  como si la administración los hiciera pensando únicamente en contentar a pequeños colectivos  contrarios en ideas medioambientales a las de ellos. Como si no hicieran falta en absoluto.
     Resulta indignante ver, por ejemplo, cómo grupos de jóvenes uniformados con caras ropas de  diseño y corte ecologista, elaboradas la mayoría  por niños de países tercermundistas y con subproductos del petróleo, se manifiestan en contra de la realización de embalses en alguna zona pirenaica. Destrozan los ecosistemas, argumentan, además de arrasar con la nueva industria del “turismo de aventura”. Penoso, repito, además de incomprensible e  insolidario. ¿Cuántos de esos manifestantes viven habitualmente en los pueblos circundantes? La respuesta es clara, la mayoría son vecinos de grandes ciudades, en las que viven  con todas las comodidades conseguidas gracias al más recalcitrante de los hiperdesarrollismos. Pero no les importa esa pequeña incoherencia  pues son tan sensibles con la naturaleza y con los sufridos habitantes de la zona afectada que no se lo piensan dos veces en desplazarse hasta el frente reivindicativo para protestar. Pero luego, recogen su pancarta y a casa, a 200 kms de distancia, y a poder ser por autovía y en “todoterreno”. Y con la conciencia bien tranquila. Su actitud seguro que servirá, como así ha sido en muchos casos, para remover interesadas conciencias políticas que por no oírlos ni verlos les donarán ciertas cantidades de euros como apoyo logístico a sus justas y nobles causas ecologistas.
     Seguro que a muchos les habrá indignado la exposición anterior. La considerarán exagerada, maniquea, interesada,  o sacada de quicio. A los que crean que hay algo de verdad en esas frases les aconsejo que cuando se encuentren con alguno que valore enormemente las actuaciones de grupos ecologistas, le pregunten si sabe dónde están ahora metidos esos grupos, en plena época de la  “pertinaz sequía” que estamos padeciendo. Que les digan cuál es su propuesta ideológica de abastecimiento de aguas a la población en estos difíciles momentos hídricos. ¡Ah!, y no se dejen contestar con el manido tema de la necesaria “gestión eficaz del agua” que, aparte de que no suelen tener ni idea de lo que eso es, hay que dar soluciones ¡ya!, para hoy, sacando agua de ¿dónde?,… ¿de la bañera de tu casa? Si se fijan, comprobarán con facilidad que  últimamente los reivindicativos grupos ecologistas han desaparecido del mapa. No intervienen en coloquios de radio o televisión, no se manifiestan, no opinan. Se enquistan.   En tiempos de crisis parece que no son muy bien vistos, y ellos lo saben.  Además,  en épocas de bonanza económica seguro que sacan más tajada.  De todas formas esperan… a que la administración actúe (se “equivoque” según ellos) y lanzarse sobre ella diciendo que así, con esas actuaciones tan desarrollistas y demoledoras,  la naturaleza es la que siempre sale perdiendo. ¡Pero menos mal  que están ellos para defenderla! Bueno…, no les extrañe, a eso nos tienen acostumbrados.

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