¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

miércoles, 18 de febrero de 2015

El primer hallazgo de Homo heidelbergensis del Proyecto Atapuerca.



Homo heidelbergensis

     Mucha gente sabe que en Atapuerca se han descubierto restos fósiles de dos especies extintas de hombre: Homo heidelbergensis y Homo antecessor. El segundo se ha hecho especialmente famoso por haberse descubierto en niveles intermedios del yacimiento denominado Gran Dolina, en la Trinchera del ferrocarril de la Sierra de Atapuerca. En el sistema kárstico de esa misma sierra, en la Sima de los Huesos de Cueva Mayor está la mayor acumulación de restos de Homo heidelbergensis que pueda imaginarse. Tras publicar Aguirre, Basabé  y Torres la aparición de una mandíbula de ese lugar en 1976, el Proyecto Atapuerca desarrolló sus actividades desde 1980, en esa sima como en la trinchera con sus múltiples yacimientos fosilíferos.
     Hasta el verano de 1984 se estuvieron realizando los trabajos de estudio estratigráfico de los yacimientos de la trinchera y se acometieron  las primeras intervenciones en la sima de Cueva Mayor. Se consiguieron restos fósiles abundantes de muchos grupos de mamíferos que permitieron tener una visión de conjunto de los intervalos de edad en los que se trabajaba, así como las variaciones en el tiempo de diferentes paleoecosistemas sucesivos en un período no inferior al millón de años antes del actual. Pero los restos de homínidos no llegaban. Por más interés y ahínco que se ponía en conseguir restos humanos en alguno de los yacimientos excavados, el fruto requerido no aparecía por ningún lado.
Equipo de excavación de Atapuerca de 1984. Caras no demasiado alegres por parte del equipo: Con gorra, arriba, Eudald Carbonell; debajo de él, de azul, Juan Luis Arsuaga,; el mismo Emiliano Aguirre, el 4º empezando por la derecha; incluso yo, el de amarillo, 2ª fila por la derecha.
     En la trinchera, los yacimientos se excavaron y muestrearon con criterios puramente geológicos, con un control riguroso de los niveles estratigráficos a los que se sometía su estudio. Sin embargo en la Sima de los Huesos la cosa cambiaba. Muchos años de aparente expolio por parte de curiosos aficionados a la espeleología habían destrozado  la capa superficial del relleno de sedimento repleto de fósiles (humanos y de oso, sobre todo), por lo que el muestreo se hacía casi imposible de hacer con  buen criterio estratigráfico. Se optó entonces, y no sin que eso supusiera grandes discusiones metodológicas entre los componentes del equipo de excavación, por sacar por completo la primera “capa” de depósito, de hasta 30 cm de espesor, para ser sometido a lavado y recoger los restos óseos que allí hubiera. Del lavado de ese sedimento se obtuvieron, por fin, los primeros restos de homínidos de la sima bajo la dirección del profesor Emiliano Aguirre del proyecto Atapuerca. Esto ocurrió en el verano de 1984.
     La vida de una excavación puede verse desde el exterior como algo, aunque duro físicamente, muy placentera y apetecible. Y es en parte así, desde luego, pero cuando hay compromiso científico de sus participantes surgen roces y tensiones, como en cualquier colectivo humano, en especial cuando los resultados y hallazgos no son los que se esperan. Al menos en paleontología del cuaternario esto suele suceder muy a menudo. La investigación avanza pero siempre se quiere más, y más espectacular si puede ser. La alegría llegó, por fin, y las caras cambiaron. Había esperanzas de que en la Sima de los Huesos hubiera muchos más restos de Homo heidelbergensis. Y así ha sido comprobado después.
Mostrando orgullosos los primeros homínidos encontrados en Atapuerca dentro del proyecto de investigación.
De izda a dcha: Almudena Muñoz, Enrique Gil, Yolanda Fernández Jalvo, y Gerardo Benito.
Los mismo de la foto de arriba pero con Carmen Sesé, mi directora de tesis.
 
     Aunque la estratigrafía del relleno de Sima de los Huesos no se haya hecho y los resultados o conclusiones a las que llegan los responsables actuales del equipo de Atapuerca respecto a las variadas edades de los agrupamientos de restos humanos en la sima  pueden ser cuestionadas científicamente, la riqueza paleontológica de este fenomenal yacimiento cuaternario es incuestionable en todos los sentidos. Y el haber contribuido desde el primer momento a conocer la reserva fosilífera de Atapuerca nos llena de emoción y orgullo a los que estuvimos junto a Emiliano Aguirre en aquellos difíciles e intensos momentos.
     Las fotos que ilustran este documento muestran perfectamente el estado de ánimo de los excavadores durante ese verano. La primera, donde posamos todos con gesto serio y de circunstancias está hecha unos días antes del feliz hallazgo de los homínidos de la sima. Las otras, en la zona de lavado, con Almudena Muñoz, Yolanda Fernández, Carmen Sesé (una de mis directoras de tesis), Gerardo Benito y yo, con los primeros dientes de homínidos encontrados en el sedimento lavado de la sima, lo dicen todo. Esa misma noche, en la cena de la excavación, pudimos vivir uno de los momentos emocionalmente más intensos de nuestra vida en Atapuerca. Con ocasión de un homenaje a Emiliano Aguirre en Ricla (Zaragoza) pude recordarlo y transcribirlo para su publicación. Lo  expongo aquí en su recuerdo:
     Me resulta muy difícil seleccionar una anécdota de las muchas que recuerdo haber vivido junto a Emiliano. Las hay de todo tipo: divertidas, serias, entrañables… pero la que describo a continuación no es fácil de calificar pues es de las que llegan directamente al corazón y te hacen vibrar.
     Sucedió en el verano de 1984 en Atapuerca. Todos estábamos ansiosos por descubrir en el marco del proyecto de investigación en el que participábamos algún fósil de hombre en la Trinchera del Ferrocarril o en la Sima de los Huesos. Pero se hacían de esperar. Eran muchos los sacos de sedimento de la Sima que se lavaban a diario en el río Arlanzón por el equipo de micromamiferistas que allí estábamos, aunque los fósiles de homínidos no aparecían. Pero una tarde de lavado, y justo antes de una visita de Eudald Carbonell con más sedimento, ocurrió lo esperado. Habíamos encontrado la primera pieza dentaria de hombre del proyecto de Atapuerca. La alegría fue inmensa. Y la ilusión se desbordó aquella noche en la cena de la excavación. Sin embargo, y en una reacción confusa para nosotros, Emiliano permanecía callado y serio. Aunque nos extrañó, pensamos que diría algo más tarde, durante los paseos de las largas veladas en Ibeas de Juarros, sede del equipo. Pero no fue así. En los postres, que regamos en esa ocasión con cava, oímos un tintineo de copas. Era Emiliano que reclamaba nuestra atención. Estábamos expectantes. Y fue entonces cuando nos llevamos verdaderamente la gran sorpresa del día. Comenzando a hablar con sus entonces típicos “bueno, bueno” levantó su copa para hacer un brindis. Por supuesto, dijo, se alegraba de que, por fin, hubiéramos encontrado restos de hombre en Atapuerca, pero que no sólo brindaba por ello, sino que sobre todo lo hacía por su equipo de excavación, pues era por quien verdaderamente merecía la pena brindar.
      El silencio fue sepulcral durante unos interminables segundos. No hubo estallido de júbilo y nadie hizo ningún comentario mientras brindábamos. Varios nos miramos muy emocionados, y no porque nos dijera eso Emiliano, sino por ser conscientes de tener la gran suerte de estar ante un verdadero gigante como persona y poder compartir con él uno de los momentos más emocionantes de nuestras vidas.
      Son innumerables las veces que yo he contado esta anécdota a familiares y amigos como ejemplo de “tener clase” en la vida, y todavía me estremezco al recordarla, aunque sea la primera vez que la comparto con Emiliano públicamente, pues formaba parte de mi archivo íntimo. He sido un gran afortunado al conocer a alguien así.
      Brindo por ti Emiliano.

 
 

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