¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

viernes, 20 de abril de 2012

Montañismo y actitud ecológica.

El Himalaya.

     El denominado “montañismo” engloba una larga serie de actividades relacionadas con la montaña. Todo el mundo sabe, en general, a qué se refiriere el término  sin necesidad de desglosarlo aquí en sus variadas alternativas. Sobre todo, y por lo visto en televisión en los últimos tiempos, se relaciona especialmente con la escalada y sus muchas variedades, además de algún moderno deporte extremo de montaña. Aunque el término preciso se usa poco, es el “himalayismo” una de esas actividades de montaña más conocidas, espectaculares y arriesgadas que existen, aunque para practicarlo sea necesario usar y conocer a la perfección las ténicas más refinadas.
     Casi todo el mundo ha practicado o practica alguna de las versiones del montañismo, aunque sea la más liviana y apta para todos los públicos, como es el senderismo. Pero si algo está considerado como una actividad de alto riesgo, difícil y complicada, donde hay que poner los cinco sentidos para poder practicarla, y que suele ser considerada por muchos como algo digno de admiración, es la escalada de aventura de alta montaña. Todo el mundo conoce programas televisivos, como “Al filo de lo imposible” donde unos cuantos “especialistas” en montaña se jugaban la vida (algunos han muerto en accidentes al practicar ese deporte) para subir a altísimas cimas montañosas, habitualmente de la cordillera del Himalaya, donde, al parecer, estas personas se demostraban a sí mismos y al mundo entero  que esa práctica era merecedora de los mejores parabienes y consideraciones sociales. ¡Qué hombría! ¡Qué héroes! (perdón por el toque machista de estas frases). ¿Se puede conseguir humanamente algo más grande que subir a 8.800 metros de altura? Es como para dejar con la boca abierta al más pintado, ¿no les parece? Pero analicemos el asunto.
     Para empezar, hay que tener claro qué tipo de personas se dedican a estos menesteres. La mayoría de estos “especialistas” suelen dedicarse por completo, su vida profesional, al alpinismo. No se trata de hablar aquí de un vecino suyo  que sube al monte algún fin de semana para desfogarse del trabajo,  aunque sea  escalando la primera pared de roca que se encuentre. No, estos a los que me refiero viven del negocio personal de la escalada y la aventura en la montaña. Es su vida. Son verdaderos “emprendedores”. Emprendedores, pero con dinero, y mucho. Dinero que les hace falta en grandes cantidades para sufragar los gastos que generan sus expediciones. Viajes hasta el Himalaya u otra cordillera, contratación de los “sherpas” que acarrearán con el “equipo” técnico, aunque no salgan en la foto, y  mucho material. Material que, lejos de las cuerdas de esparto de los primeros alpinistas de finales del siglo XIX, está constituido por los mejores logros de la técnica hiperdesarrollista moderna, por su resistencia, calidad y fabricados especialmente  con los componentes precisos y más sofisticados del mercado.
Equipo de "Al filo de lo imposible" en plena faena.

      Pero lo desconcertante radica en que si llegas a ver a algún montañista en una “rueda de prensa” o en fotos de promoción, te encuentras con alguien que bien puede pasar por ser el más representativo de los ecologistas al uso: una puesta en escena en la que no falta un disfraz “superhipermegaecológico”, por lo que nada desentonaría subido en la cubierta de  un barco de Greenpeace o encabezando una manifestación antitaurina. Deben ir así pues quieren representar ante la sociedad que son  la “quintaesencia del saber contactar con la naturaleza”, aunque tengan que utilizar esos maravillosos materiales. Con su pose nos dan clases a todos de medioambientalismo, conservación  del medio natural, y de amor por la montaña,¡faltaría más!  Y si les preguntas las razones de su afición, suelen contestar que es tan intensa la sensación espiritual, en su interior,  que sienten al estar allá arriba, de realización personal completa, de sentirse realmente humanos y a la vez cerca y en comunión con la Madre Naturaleza, que necesitan hacerlo. Sin más. Les faltan palabras, dicen, para expresarse, pero sus sensaciones  parece que traspasan lo material. Pero, además, están convencidos de que si la gente entendiera y participara de ese amor por la montaña, la vida en la Tierra sería mucho mejor. Nos dejan mudos  y, sobre todo, emocionados.

     Pero, claro, todo esto lo sienten mejor si colocan una banderita de la comunidad autónoma que le subvenciona, por supuesto con dinero público, en la cima de la montaña. Suelen ser contrarios a cualquier tipo de frontera, división de tierras u otras trabas administrativas, son auténticos ciudadanos del mundo, pero si ponen esa pequeña y pacífica “pica en Flandes” en cualquier cima del Himalaya se sienten reconfortados y seguros de haber hecho algo por su patria chica. Y es más, saben que desde aquí, los representados por esa gesta  casi épica que están protagonizando estaremos pendientes de sus progresos, de sus subidas y bajadas al campamento base, de si han cogido frío o estornudan demasiado, por si no pueden llegar el  sagrado día de San Jorge, patrón de Aragón y otras tierras aledañas, a la cima del mundo. Sí, a la cima del mundo, en nuestro nombre, y con nuestro dinero.


Basura en uno de los campamentos base del Himalaya.

     Pero lo más bonito de todo esto es la maravillosa actitud ecológica que rezuman por todos los poros de su cuerpo. Y para comprobarlo solo hay que fijarse en el especial cuidado que suelen tener en no dejar rastro de su paso. Si nos fijamos en las laderas de los picos del Himalaya y las zonas donde acampa esta gente, veremos que parece Nápoles en temporada de huelga de basuras. ¡Qué sensibilidad! ¡Qué cuidadosos con el entorno! Pero no importa. No hay que preocuparse por este pequeño dato incoherente en relación con lo que luego nos enseñan, pues su descuido higiénico es fuente de trabajo y riqueza para los lugareños, esos que no salen en la foto, pues son ellos los encargados de limpiar periódicamente las muchas toneladas de inmundicias que los naturalistas montañeros dejan en la cima del mundo. ¿Por qué no agradecen estas gentes a los alpinistas el trabajo que les proporcionan? ¡Si es que esta gente del tercer mundo son unos desagradecidos!
     Y mientras, aquí, esperando que bajen sanos y salvos para rendirles un homenaje a estos héroes. Por favor, que se envuelvan  en la bandera de Aragón para la foto. Se lo merecen.

"Romería" de alpinistas en el Himalaya.

1 comentario:

  1. De nuevo opiniones certeras y fundadas. Muy bien por desenmascarar tanta estupidez.

    José Antonio Sánchez Gimeno

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