¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Educación y ecología


Muchos creerán que no son temas compatibles entre sí. Otros que la ecología es algo de sesgo ideológico y que compete a los demás; y a la mayoría les dará igual. Igual porque ellos nunca recibieron una sola indicación o clase de ecología y medioambiente en sus centros educativos y, por tanto, piensan que es algo que no va con ellos, que no lo necesitan. Como mucho se solidarizan por simpatía o “glamour” con las campañas de reciclado y ahorro energético que tan machaconamente se nos ofrecen a través de los medios de comunicación. Y es que muchas personas no saben muy bien qué hacer o qué postura adoptar. Están desorientadas.
Desde la práctica educativa con adolescentes, como es mi caso, se tiene una visión privilegiada para poder comprobar la gran cantidad de acontecimientos relacionados con la naturaleza que son considerados por los distintos segmentos de la sociedad como algo habitual y normal sobre lo que opinar. Las actuaciones industriales, la realización de infraestructuras o la expansión urbana en pueblos y ciudades son cuestionadas e inevitablemente acompañadas de sus correspondientes protestas ecologistas. Todo el mundo opina, con o sin criterio, en ocasiones con enardecimiento y en todos los sentidos, sea profano o no en la materia. Y es en ese sentido cuando te das cuenta de que realmente no hay muchos medios fuera del ámbito educativo para informarse y formarse con sensatez de todos los temas relacionados con la ecología, y que además aclaren o definan  posturas ante la multitud de situaciones generadas. Y cuando se encuentran, éstos no están al alcance de todos. Siguen siendo, como hace una veintena de años, de rango minoritario y para especialistas en el ramo, y por tanto, muy difíciles de comprender para la gente llana. Hace falta pues que jóvenes y personas no iniciadas adquieran criterios ecológicos concretos y lo más neutrales posibles que les permitan saber qué hacer y cómo actuar. ¿Cómo está la situación?

Tengamos en cuenta que, salvo una pequeña porción de las personas situadas en la actualidad en un tramo de edad comprendido entre los 15 y 30 años, que ya han recibido un cierto grado de formación medioambiental a través de sus programas de estudio, el resto, lo que sabe de ecología y de ciencias de la tierra y medioambientales, es únicamente el resultado de su interés y formación personal voluntaria, con lo que se pueden imaginar ustedes los conocimientos y valoraciones ecológicas que la mayoría de las personas de la calle, salvo excepciones, pueden tener y hacer. Este comentario, que podría considerarse como hecho en tono despectivo, debe interpretarse como una somera y personal descripción de cómo está la  situación social respecto a la  ecología hoy en día. Sin embargo, y a pesar de todo, ustedes comprobarán que con cualquiera que se hable de temas medioambientales parece saber más que el más docto catedrático de ecología que se conozca. Todo el mundo aparenta saber qué es lo que se debería haber hecho en tal sitio o lugar, y desde luego, en absoluto coincide con lo ejecutado. ¿Quién no recuerda haber oído algún comentario en el que la carretera, por ejemplo, que acaban de terminar cerca de su pueblo, con sus preceptivos informes ambientales aprobados, “no debería”  pasar el lugar por donde la han hecho, argumentando que es el peor trazado que podía elegirse, o con abundantes umbrías? Es lo habitual. Como habitual es el no pestañear ni quejarse en público ante las actuaciones de los grupos ecologistas, que aunque resultan incómodas o molestas para la vecindad, son considerados por muchos como personas de fiar, pues son “los que saben” y además “por algo salen a protestar así para evitar la destrucción de la naturaleza”.
            Es cierto que los currículos educativos españoles han dado un paso de gigante en ese sentido. En las últimas reformas educativas se han incluido en los temarios varios apartados referentes a temas ecológicos, que bajo un prisma educativo adecuado, pueden servir a formar personas respetuosas con la naturaleza. Han de pasar unos cuantos años para que se note realmente este efecto, pero, mientras tanto, se han de marcar unas pautas de comportamiento socioecológico para todos basadas en criterios científicos. La gran duda que muchos alumnos me plantean a menudo es si haciendo una serie de actos típicos de la denominada “conciencia ecológica” están haciendo algo útil de verdad. Si no están perdiendo el tiempo, y, en muchos casos, también el dinero. ¿Eso sirve de algo? La respuesta no puede ser confusa. La actual red social nos hace llevar una vida llena de contradicciones que en muchas ocasiones son difíciles de ver por nosotros mismos. Creemos que lo que hacemos es la única manera de hacerlo. No nos planteamos que cualquier cosa de nuestra vida diaria se pueda realizar teniendo en cuenta algunos de los muchos perjuicios medioambientales que se generan al hacerlas. Ni siquiera somos conscientes de que estamos generando impactos en nuestro entorno, muchas veces sin vuelta atrás. Y es ahí donde se choca frontalmente con las continuas protestas de grupos conservacionistas que llegan a hacerse antipáticos por la contundencia y pintoresquismo de sus generalmente incomprendidos gestos reivindicativos. ¿Tienen razón? ¿Debemos seguir sus consejos y recomendaciones? ¿Somos unos destructores salvajes de la naturaleza si seguimos viviendo como hasta ahora?  ¿No se puede llevar a cabo una iniciativa industrial en ningún sitio sin agredir ecológicamente al entorno?  ¿No hay actuaciones respetuosas con el entorno que hayan sido realizadas o puedan hacerse en el futuro por la administración y otras entidades?

 Si analizamos las noticias de prensa de corte ecológico podremos comprobar fácilmente que están diseñadas en su mayoría por algún periodista científico iniciado en ecología o el integrante de un grupo ecologista, estando  dirigidas a un público aparentemente culto y bien formado en temas medio ambientales. Este fenómeno, no sé si está calculado o no, tiene una doble repercusión: en primer lugar generar en el público la sensación de que se está tratando  un tema con tanta altura científica que resulta casi imposible de seguir, y además, esa misma altura en ciencia se pretende que sea considerada como una verdadera acreditación para ser del todo creíble e inapelable. En segundo lugar, la aplastante proliferación de artículos y reportajes de esta índole hace que la gente relacione únicamente a la naturaleza y el medio ambiente con algo en constante y transcendental peligro, del que somos algunos humanos occidentales los principales causantes. Y lo que es peor, sin remedio. La mayoría de las noticias sobre esos impactos también están relacionadas con las intervenciones ecologistas en contra de alguna iniciativa o plan de actuación en un determinado sitio. La superación de los preceptivos informes de “impacto ambiental” que cualquier gran obra debe tener no es argumento lo suficientemente aceptable, al parecer, como para motivar la realización de estas  protestas. Los informes de ingenieros, topógrafos, geólogos y medioambientalistas no parecen tener credibilidad, quedando así reflejados en numerosos artículos periodísticos. Por tanto, queda claro que el peso real o repercusión que pueden tener estas noticias y artículos en la formación personal de la gente en temas de medio ambiente es imperceptible, por inapropiada para ello. Se comparte el sentido y profundidad medioambiental de los medios de comunicación si antes se tienen abundantes conocimientos e interés sobre el tema.

             Es probable que la administración  debiera hacer un esfuerzo mucho mayor en explicar a la ciudadanía la adecuación de sus actuaciones guardando o haciendo guardar una serie de preceptos medio ambientales. Al no hacerlo con asiduidad se está abocado a una espiral de protesta ecologista que el gran público tiende a confundir, no tiene otro remedio, con lo que la ecología real puede ofrecer. Ese es uno de los grandes problemas producidos por la  enorme confusión reinante en este tema: confundir la ecología y su impregnación social con la práctica ecologista habitual. Si bien es cierto que en esos grupos ecologistas también encontramos personas sensatas y claramente formadas en ecología, eso no suele ser lo habitual, por lo que la contundencia de las manifestaciones a las que nos tienen acostumbrados engulle el objetivo que pretenden. Muchas de esas  prácticas no tienen prácticamente nada que ver con las posturas ecológicamente correctas que se deben adoptar, circunstancia que a menudo es aprovechada por movimientos ultradesarrollistas que, amparándose en el desconocimiento  de la gente, promueven gestos y respuestas de desprestigio hacia lo ecológico que a nadie benefician ni a medio ni a largo plazo, salvo a ellos.
            Por todo ello creo que relacionar ecología y educación no es un atrevimiento sino una necesidad. La vieja idea educativa de que a través de la educación puede transformarse la sociedad, lejos de de ser utilizada con los objetivos de antaño, puede servir para concienciar positivamente a las generaciones actuales y venideras en algo tan primordial como la naturaleza y su conservación, sin renunciar a un uso sostenible de la misma. Todavía no sabemos en qué se van a basar las modificaciones educativas del nuevo gobierno español, pero la noticia de ampliar a tres cursos el bachillerato debería cobijar ideas de corte medioambiental para todos los alumnos del mismo, ya sean de itinerarios científicos o humanísticos. Es algo que nos debe preocupar a todos los ciudadanos  por lo que su formación académica generalista en temas ecológicos debe estar asegurada en una enseñanza que queremos sea de calidad.


           


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