¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

domingo, 31 de mayo de 2015

Suerte de ser su profesor.


     Nunca hasta este curso había obtenido unos resultados académicos tan brillantes con mis alumnos de la asignatura Geología de 2º de bachillerato. Aunque hayan sido solo dos (los de la foto) han sido capaces de seguir un fuerte y acelerado ritmo de trabajo durante estos meses. Desde la dura preparación de la olimpiada de geología en la que, por cierto, no obtuvimos premio alguno, hasta la realización e interpretación de complicados cortes geológicos, el aprendizaje y entrenamiento en cuestiones técnicas de geología ha sido trepidante. En tan solo 9 meses lectivos han conseguido un más que aceptable nivel de razonamiento geológico. Son de sobresaliente.
     Puede que algunos piensen que con solo dos alumnos es fácil obtener buenos resultados académicos. Y no les falta razón. La masificación actual de las aulas de otras asignaturas, como Filosofía, Lengua  o Historia, por ejemplo, hace que la atención no sea tan individualizada como con dos alumnos. Tiene también inconvenientes, como la escasa o nula sensación de grupo que se tiene, o la inevitable hiperatención sobre los mismos que se ejerce, casi obsesiva, durante  todas las clases. Pero se tiene la gran ventaja de un gran conocimiento mutuo por lo que se puede profundizar más y mejor en los baches y lagunas en su aprendizaje. Y creo que compensa.
Mis alumnos de Geología durante el curso 2014/15 en el IES Ramón y Cajal de Zaragoza:
 Pablo Aguilar, a mi derecha, y Jorge Nogueras, a mi izquierda.
     Pablo Aguilar y Jorge Nogueras han demostrado a lo largo del curso un interés tal por aprender, que no memorizar, la gran diversidad de temas geológicos que se incluyen en el temario de la asignatura que ha sido necesario solapar y relacionar  bloques conceptuales  tan dispares como la Petrología, Geomorfología o Paleontología, para poder realizar así  correctas interpretaciones en  algunos de los numerosos mapas y cortes geológicos, que con dificultad creciente, han ido realizando hasta mayo. Como Presidente de Tribunal de las oposiciones para ser profesor de Biología y Geología de hace unos años tuve la necesidad de confeccionar un corte para los opositores que, y lo digo con mucho orgullo,  también ha sido correctamente interpretado por Pablo y Jorge hace unos días. Lo han demostrado, saben geología, sin más.
     Por otro lado, el grado de relación y confianza en clase se ha visto fortalecido progresivamente desde el principio de curso, lo que les ha favorecido  avanzar tanto en conocimientos académicos y fluidez en la comprensión de sus dificultades propias de la asignatura, como en  la  cotidiana  vida, aunque problemática, relacionada con esa complicada edad suya tan cercana a la adulta en la que todo el mundo ha querido comerse el mundo sin saber cómo hacerlo.
     Pablo, Jorge, os echaré de menos… Ha merecido la pena ser vuestro profesor.

viernes, 22 de mayo de 2015

Apercibimientos y trato con el alumnado.




     La aplicación de un reglamento de régimen interior en un centro de educación secundaria, en especial el apartado relacionado con el incumplimiento normativo de los alumnos, no suele ser del agrado de ningún equipo directivo. Y sobre todo si se trata de amonestar o apercibir severamente a alguien por haber cometido una infracción. Pero aunque es en muchos casos desagradable suele ser casi la única herramienta utilizada hoy en día para solucionar problemas de comportamiento.
     Los apercibimientos se suelen poner por muy variadas causas. Desde una pelea entre dos compañeros, pasando por insultos al profesor, y hasta por caérsele a un alumno en clase un bolígrafo. Hay de todo. Y de esto doy fe pues como tutor de grupo he de supervisar y firmar las muy variadas amonestaciones de mis alumnos tutorizados. Y resulta sorprendente, lo aseguro.
     Estoy totalmente de acuerdo con el sentido de una amonestación cuando la falta cometida por el alumno que infringe las normas se repite una y otra vez o no hace caso de las reiteradas indicaciones del profesorado. Y también cuando se produce un claro enfrentamiento con compañeros o profesores por cualquier cabezonería. Es entonces cuando el apercibimiento tiene una clara finalidad y su uso es efectivo. Pero en otros muchísimos casos las amonestaciones solo sirven para devaluar aún más la autoridad del profesorado, pues no son en absoluto efectivas en cuanto a la medida correctiva que se pretende tener con ellas.
 

    
     No es de recibo que, por ejemplo, una frase de un chaval de 13 años de tinte machista para un adulto dirigida a una compañera suya sea reprimida de inmediato con la contundencia y poder de una amonestación represiva, sin dar más explicaciones. Debe haber una conversación y amonestación verbal con la clara indicación de que eso que ha dicho no es oportuno. Habitualmente se encuentran situaciones familiares detrás de esas frases que te hacen entender la razón del por qué ese alumno comete esa infracción. Y en esa situación la amonestación pierde sentido, aunque algún colega  la considere ejemplarizante. Otras veces es un mismo profesor el que amonesta masivamente a un grupo  numéricamente elevado de alumnos por portarse inadecuadamente en sus clases, o lo que ese profesor considera inoportuno, claro, que deja mucho que desear, sin pararse a pensar cuál es la causa de ese masivo comportamiento anómalo: ¿falta de pericia para manejar a un grupo de adolescentes? ¿cansancio? ¿demasiada intransigencia? Se planteó en tiempos  la posibilidad de crear unas “escuelas de profesores” como solución (muchos las consideran humillantes), en la que se arbitren comportamientos y acciones del profesorado coincidentes y encaminadas a una resolución de conflictos en las aulas que, al menos, sea parecida en formas y resultados, a la vez que se cubrían las carencias del profesorado en cuanto a las necesarias y fluidas relaciones profesor-alumno. No conozco resultados si es que se ha llevado a cabo en algún sitio, pero la cuestión es que hay gente que las necesita claramente. U otro tratamiento.
     Estoy totalmente convencido de que las medidas represoras no conducen a educar mejor. Suele conseguirse lo contrario. La reflexión, la puesta en común de problemas e incidentes y una contundente actuación en cuanto al debido orden, respeto  y disciplina suele ser suficiente para que el alumnado respete al profesorado. Hay que dar ejemplo de comprensión y buen hacer con los demás, y en especial con los alumnos más jóvenes, pues son el vivero de la sociedad del futuro.  Si a la mínima de cambio se esgrimen reglamentos y medidas represoras la gente se rebela, se encorajina y termina enfrentada a un sistema que supuestamente tiene que educarle y lo que hace es someterle simplemente. Y eso no es educar.
 

    
     Hay personas que se dedican a la docencia, y no digo “profesores” pues ese es un término que se consigue con los años y que valoro muchísimo, que no se deben de acordar qué hacían ellos en sus tiempos mozos, y de cuántas contemplaciones tuvieron con ellos para que pudieran llegar a ser lo que ahora son. Sólo saben aplicar reglamentos amenazantes. Y no sé si será casualidad, pero puede comprobarse que cuanto más jóvenes son los docentes más contundentes se comportan y abusan de los apercibimientos, en contra de los alumnos. Está claro que algo hemos hecho mal a lo largo del tiempo en la resolución de conflictos en educación. Y eso que llevo años diciendo a muchos compañeros jóvenes cuando se quejan del mal comportamiento de sus alumnos que para ejercer la docencia hacen falta cuatro cualidades que procuro  aplicar con los míos (seguro que hay muchas más, claro), que son entusiasmar, convencer, sentido común y humanidad. ¿Tampoco es tan difícil, no?

lunes, 18 de mayo de 2015

Elegir carrera universitaria.




     Ese es un gran dilema para muchos alumnos en estas fechas todos los años. No saben muy bien qué hacer a la hora de elegir una opción entre la larga lista de carreras universitarias, ni con sus vidas. Se les hace definirse en 3º de la ESO para que se orienten hacia lo que se denominaba antes como “ciencias” o “letras”. En 4º de ESO tienen ya decantado su futuro de cara a cursar un bachillerato científico-tecnológico, o de sociales, o humanístico. Y una vez superados esos dos duros años se tienen que enfrentar a la difícil decisión de tener que elegir lo que más les conviene y/o interesa. Y muchos de ellos no saben  por qué optar.
     Si se les aconseja en una dirección concreta ellos mismos te argumentan que en eso que les dices no hay casi salidas profesionales y que, además,  no termina de gustarles. ¿Pero cómo les puede gustar una carrera si en su educación secundaria se les ha dado una simple pincelada de sus contenidos, o ninguno? Está comprobado que después de una serie famosa de televisión hay mucha más demanda en la universidad de la carrera que allí era la protagonista. Si se ve CSI, la gente quiere ser biotecnólogo, genetista o investigador privado. Si gusta una serie de médicos, lo mismo. ¿Cómo, entonces, elegir bien?
     Resulta difícil, desde luego.  Suelo decir a mis alumnos que si tienen tres o cuatro preferencias, en cualquiera de ellas pueden sentirse cómodos, que les puede gustar mucho, y que una vez metidos en la misma van a descubrir una infinidad de perfiles desconocidos para ellos que les resultarán maravillosos. La cosa es intentar ser el mejor alumno de una especialidad determinada, dedicarse por entero,  que después ya vendrá la época de buscar trabajo de ese grado, pero que eso es otra historia, aunque ahora parezca lo primordial. La cuestión es cursar esa disciplina de la forma más entusiasta y entregada posible. No se puede elegir una profesión, a la hora de iniciar una carrera en la universidad, analizando solamente sus salidas profesionales. Si se elige teniendo en cuenta ese criterio esa carrera  puede convertirte en un desgraciado profesional de adulto. Si durante el bachillerato hay una o varias disciplinas que les  han gustado y  se sienten identificados con su dinámica, desarrollo y finalidades sociales, será cuestión de tenerlas en cuenta a la hora de “decidir” qué es lo mejor para un futuro que, aunque ahora resulte confuso y oscuro, puede ser perfectamente “su futuro” profesional.

 

     Aunque haya que arriesgar a la hora de decidir carrera,  en la vida, siempre hay que elegir, en todo. Y esa  opción por lo que consideras mejor ni invalida en absoluto lo desechado ni debe hacer pensar en una equivocación. No se elige mal, simplemente se opta. Y al final del bachillerato hay que dar ya un paso importante en la vida que nadie, excepto uno mismo, debe darlo. Eligiendo con firmeza una de las opciones favoritas se hace lo que hay que hacer, que es lo importante. Comienzas a ser el dueño de tu propio destino.

domingo, 10 de mayo de 2015

Profesorado feliz.




     Conozco a multitud de profesores que están amargados. Que piensan que su trabajo en educación secundaria es un castigo divino que les ha tocado vivir. Incluso muchos profesores de la universidad muestran día a día su honda preocupación y malestar por su inmenso trabajo, investigador (se supone que es lo que les gusta) y docente, del cual abominan. Y eso es algo que los medios informativos se han encargado especialmente de divulgar, por lo que mucha gente se cree que el ser profesor es un trabajo poco reconocido (en parte no les falta razón, pero por otras cuestiones) y de lo más desgraciado.
     Sin embargo, creo que ya toca hablar de las virtudes y beneficios de ser profesor. Y no me voy a referir a las tan cacareadas inmensas vacaciones de verano, las cuales son, dicho sea de paso, algo merecidísimo.  La labor docente puede y debe ser contemplada con otro tipo de mirada. Y debe vivirse con un fin social que puede hacerte casi feliz. Esto no es una tontería ni algo baladí, sino que la reciprocidad  necesaria en el buen trato profesorado/alumnado es crucial para que los resultados académicos sean aceptables, incluso en el sentido referente a la adquisición de conocimientos, pues el concepto “académico” es muy amplio.


    
      Nadie duda de que el respeto mutuo es necesario entre alumnos y profesores. Se han escrito ríos de tinta en relación a la pérdida de respeto del alumnado hacia sus profesores. Ese tema, delicado y complicado, debe ser tratado en función de la óptica de un estudio de la persona (o del grupo) en concreto. Pero cuando el respeto se pierde por parte del profesor, el proceso educativo está herido de muerte. Si se consigue mantener ese respeto y se trata a la gente con un nivel  aceptable de comprensión y cariño pueden conseguirse grandes metas en el proceso de formación de una persona. Esa falta de respeto aparece en buena parte del alumnado  desde el momento en el que hay un incomprensible empeño de algunos profesores  (parece que lo incentiven) en que los alumnos solo lean, subrayen y memoricen un texto y después lo vomiten en un examen memorístico. Y eso lo hacen así año tras año. Además de mortificante para el alumnado debe ser un trabajo agónico, aburrido, repetitivo  y alienante para ese profesorado,  más propio de mendrugos mediocres que no deberían haberse dedicado nunca a la docencia. Sin embargo si en las clases se les hace comprender la necesidad de comprender y aprender determinados temas e investigaciones, entusiasmarlos con experiencias y vivencias propias o ajenas, y los “exámenes” son adecuados a su nivel académico en la búsqueda de un breve análisis o relación entre ideas contrapuestas, puede ser muy significativo y gratificante el resultado de su aprendizaje.


 

      En mi especialidad, Biología y Geología, es enorme el número de ideas y conceptos, demasiados a mi juicio, con los que tienen que hacerse los alumnos hasta los 18 años para poder “aprobar” y, desde luego, muy superior al que nosotros teníamos y se nos exigió para poder llegar a la universidad. Pero aún así, esa catarata de datos puede llegar sin estridencias y sin hacer un ejercicio memorístico colosal. Si eso se consigue, digo, se obtienen datos para toda la vida, y esta vez de verdad.
 
     Cuando consigues entroncar personal y profesionalmente con el alumnado resulta fácil enseñar. No resulta duro ni agobiante. Y, desde luego, suele ser muy entrañable y reconfortante. Sobre todo cuando compruebas con los años que tus enseñanzas han tenido eco en sus vidas. Creo que lo he dicho alguna otra vez, pero resulta reconfortante comprobar el buen recuerdo que el alumnado en general puede guardar de ti cuando te encuentra por la calle al cabo de los años. Y no solo con un buen abrazo y saludo cariñoso, que también,  sino con el inmediato recuerdo de conceptos  geológicos que se les dieron hace más de 20 años. O cuando cuentan cómo han usado los conceptos aprendidos (aprendidos de verdad) de ecología y medio ambiente ante una discusión o controversia social actual. Eso y el recuerdo que se tiene de ver, cuando se les explica algo con emoción, las caras del alumnado empapándose de lo que cuentas, eso, les aseguro, no tiene precio. Supongo que serán las mismas caras que poníamos nosotros al oír, por ejemplo, a mi amado jefe Emiliano Aguirre o a Leandro Sequeiros, los dos paleontólogos de la Universidad de Zaragoza que me encandilaron de por vida. O al profesor de matemáticas de mi bachillerato, Luis Barreiro (el famoso de los cuadernillos de ejercicios de matemáticas “Barreiro y Rubio”) al cual estábamos esperando que llegara a clase para deleitarnos con su atípica y maravillosa forma de explicar esa asignatura considerada  por muchos como un “coco” de la enseñanza.
     No soy el único que siente ese inmenso placer al dar clase. Y por eso no nos asustó el impartir una hora más de clase semanal al imponernos la nueva ley docente (aunque estemos en contra y de otras muchas cosas además de esa ley), por lo que la dedicación a nuestro empleo ha sido y es total. Disfrutamos con lo que hacemos. No nos dan envidia otros trabajos y creemos firmemente que en nuestras manos y cerebros está en buena parte el futuro de las nuevas generaciones. Es necesario que cada vez seamos más con  mentalidad de servicio a los demás, en este caso a los más jóvenes. Un servicio que puede hacer a mucha gente, además de formada y  agradecida, feliz.
 
 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Miedo al profesorado.


 

     No hay manera que esto cambie. Cada año, estas fechas finales para los alumnos de 2º de bachillerato se convierten en un suplicio. Atiborrados de exámenes hasta las cejas y empeñados en sacar “media” para poder ir a la selectividad un poco más holgados, se encuentran además con un problema añadido de difícil solución. Sé que lo habitual  en los últimos años ha sido hablar de los inaceptables malos tratos y agresiones que el profesorado recibe de los alumnos, siendo lo contrario, el trato inadecuado que reciben los alumnos de alguno de sus profesores, algo inusual y casi tabú en los medios. Pero existe esa problemática. Cuando, casi a escondidas, los alumnos cuentan problemas de ese tipo, que para ellos son muy graves, se les recomienda que denuncien, que informen de los hechos al equipo directivo del centro. Pero no lo suelen hacer, pues tienen miedo y quieren ser prudentes aun a costa de su dignidad como personas.
 

    
     Se trata de ese tipo de "docente" (por suerte escasean) que se empeñan en dar la nota y ejercer un trato poco respetuoso  al alumnado. Y no por razones técnicas de llegar o no a impartir el  inmenso currículo establecido en ese curso en todas las asignaturas, sino por, creo,  esa aparente necesidad de destacar y dar que hablar de ellos aunque sea mal, algo que, supongo,  solo un profundo complejo de inferioridad puede producir. Todo el profesorado anda de calle estos días para poder terminar temarios y acabar con todos los retales de ejercicios, trabajos y otras mandangas que la profesión impone para poder llegar al final de curso con el temario acabado, o casi, y evaluado. Por eso se establecen normas de actuación docente en los centros. Sobre todo para que no se amontonen y solapen los exámenes finales, incluyendo en esa normativa períodos de tiempo en los que no se permite hacerlos. Pues es igual, gente de actitud altiva e irrespetuosa dialécticamente en su docencia cotidiana con el alumnado incumple la norma y se atreve a meter con calzador un "necesarísimo" examen suyo en el tiempo prohibido. ¡Aquí estoy yo! dirán ufanos de su gran proeza y valentía. ¿Y qué más da?, pueden decir también, ¡si luego no suelo enseñar las calificaciones de los exámenes y les advierto de poder bajársela si se atreven a ir al departamento a verlas, y no ha pasado nada! ¿Quién se va a  atrever conmigo? Valentía prepotente y chulesca con chavales de 17/18 años que se ven apurados con sus contundentes estudios y no se atreven a protestar por sentirse inseguros, amenazados y poco protegidos.
 
 

     Aunque sea difícil de creer, esto pasa. Y mientras, esta gente campa por ahí, burlándose de todos y todo, no solo de los alumnos, sino de todo el sistema, pues a todos afectan sus actos fuera de norma, aunque luego se vanaglorien de ser la quintaesencia de los valores democráticos, y dotados de una carga de humanidad y tolerancia envidiables. ¡Qué fraude de gente!  No sé si existe un moderno término en inglés para describir este tipo de actuación que describo, pero igual que existe el “mobbing” para referirse al acoso habría que acuñar ya uno nuevo  para estas situaciones, pudiendo ser objeto de una tesis doctoral en psiquiatría.
     Sé que algunos de estos personajes tienen fama entre los alumnos, y también entre muchos de sus compañeros docentes, como de malos profesionales, de malos profesores. Pues bien, además, por sus habituales  desprecios y ninguneos, cachondeos y burlas, insultos e intolerancias, yo me atrevería a calificarlos también como malas personas. No se puede tratar así al alumnado. Nadie se merece eso. ¿Habrá alumnos con suficientes reaños como para denunciar estas situaciones? ¿Habrá alguien con autoridad que pare esto en los centros educativos?