¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Profesor: "¡oh, capitán, mi capitán!".


    
      Enseñar y entusiasmar. Esas son, a mi juicio, las dos condiciones esenciales para que el “acto educativo”, o  de educar, sea  efectivo, en cualquiera de los niveles educativos. Es más, creo que no se puede enseñar sin antes entusiasmar. No siempre se consigue, pero si se intenta hay buenos resultados. Tenemos que olvidar esas viejas técnicas docentes de dar clase subrayando y señalando en un libro de texto, o leer largos textos en imágenes proyectadas,  para después memorizarlo  y vomitarlo en un examen. Eso no es educar, eso es aburrir, cansar, y despreciar  al alumnado. Y, por desgracia, hay quien sigue haciendo eso.
    
     Es cierto que con las nuevas imposiciones de la nueva ley de enseñanza, con un número grande de alumnos por aula y más horas docentes por semana, la tan cacareada calidad de la enseñanza se hace difícil de conseguir. Pero esta, aun en estas condiciones indeseables, se hace mucho más llevadera si se genera un verdadero interés y entusiasmo por la materia que se imparte. Este impulso que el alumnado puede recibir viene únicamente de la calidad del profesorado. Y sin entender que esa calidad se basa única y exclusivamente en su “preparación” académica, que también, pero el despertar  el interés del alumnado por un tema o disciplina concreta debe ser dirigido y estimulado por alguien que realmente  sepa de la misma, que disfrute con su docencia, y que sea un verdadero transmisor de conocimientos, no por aburrida imposición, sino por convencimiento.
     Sobre todo en niveles preuniversitarios se debe enseñar con mesura, sentido común, y con el convencimiento que vale más aprender dos cosas bien, que cuarenta mal, o a medias, tal y como los sucesivos sistemas educativos se empeñan en  los últimos años.  No es cuestión de cantidad, sino de calidad. La cantidad no supone nunca calidad inmediata. Suele ser al revés. Si damos herramientas de reflexión, de crítica, de opinión a la gente, ésta reaccionará buscando y asimilando información para estar al día o ponerse al nivel del  grupo. Lo tengo comprobado. Si se explica con detenimiento, contundencia, decisión y cierto nivel de brillantez expositiva, esa misma gente descubre que el conocimiento es necesario en sus vidas, deseándolo buscar de inmediato. Hay que seducir y convencer. Sin arrogancias ni petulancias. Sin desprecios por ninguna disciplina ni creyéndose en posesión de ninguna verdad inamovible. Pero siempre dando ejemplo de lo que se sabe, de lo necesario que es saber, de lo que se aprende con esfuerzo y, sobre todo,  de lo mucho que te queda por aprender. Ese es el tipo de profesor que quiero ser de mayor. Y juro que lo intento.
     No lo puedo evitar,  después de esta reflexión tengo que nombrarlo. Me refiero a mi gran amigo,  maestro,  y profesor de paleontología  Emiliano Aguirre Enríquez, (¡oh, capitán, mi capitán!) con quien, desde la Universidad de Zaragoza al principio y después desde Atapuerca, supe apreciar lo que es “dar clase con clase”. Estoy en ello. Espero ser en mi trabajo digno de sus enseñanzas.
Emiliano Aguirre.
 

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