¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Zaragoza, Aragón, España.

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jueves, 1 de junio de 2017

Profesores que nunca debieron serlo.



     No podía suponer la reacción de muchos de mis antiguos colegas profesores y exalumnos al colgar en mi cuenta de facebook  la imagen de arriba, la cual acompañé del siguiente comentario: “He encontrado esta frase. Pienso lo mismo desde que me dedico a la enseñanza. Y espero no haberme equivocado”. Varias veces se ha compartido, más de 75 “likes”,  además de bastantes comentarios cariñosos y nostálgicos. Reconozco que han engordado mi ego un montón, que en estos momentos de mi trayectoria personal y profesional se agradece mucho.
     Pero quiero aquí poner de manifiesto una interpretación contraria a la que se ha hecho en mi caso y que también se puede hacer  respecto al contenido de ese cartel. Me refiero al recuerdo negativo que algunos profesores dejan en sus pacientes alumnos para el resto de sus vidas. Vidas que han sido redirigidas hacia rumbos insospechados debido a la intransigencia y desconsideración de algún que otro docente que, en mi opinión, no debieron haberse dedicado a esta noble profesión en su vida.
     Conozco casos de alumnos de escasísimos recursos familiares, en situación rayana a la pobreza extrema, que el mejor ambiente social que han llegado a conocer es el de las aulas. Que han sido tutorizados y encauzados por su profesorado (y aguantado estoicamente en bastantes ocasiones) para hacerles ver que lo que mejor podían hacer en su vida era aferrarse al estudio, a avanzar en sus conocimientos, y en asegurarse el tener una formación que les permitiera ejercer dignamente una profesión, del tipo que fuera, en el futuro. Pasaron sus estudios primarios, llegaron al instituto y se enfrentaron a la ESO, que aunque para mucho listillo e indocumentado, eso de la ESO es algo “superfácil” y banal, a gente poco acostumbrada a la cultura les supone un importante esfuerzo de adaptación intelectual. Terminan la etapa obligatoria y como se les reconoce que “valen” para el estudio, se matriculan en bachillerato. Aprueban el primer curso, y al llegar a segundo, los muy “poco responsables” se atascan con alguna asignatura del denso programa que se les obliga a cursar para llegar a la universidad. Si a esto se le une la necesidad de tener que trabajar para ayudar a la precaria economía familiar se complica aún más el asunto. En esa situación social se le somete al mismo rasero que a los demás (alguien considerará que muy justamente en aras de la igualdad…) y se le obliga a tener que esperar un año más en segundo de bachillerato a la espera de aprobar una única asignatura suspendida en el junio y septiembre anteriores. Al siguiente curso, y por razones de trabajo, no puede asistir a las valiosas y supernecesarias clases de esa materia, por lo que vuelve a suspender el primer parcial, desistiendo definitivamente de continuar el esfuerzo que supone  conseguir el bachillerato completo aprobado.
     ¡Conseguido! Ya hemos echado a una persona más del sistema educativo. No le sirve de nada (oficialmente) el haber cursado tres años el bachillerato, ni se puede presentar a las pruebas de acceso a la universidad, ni ir a un grado superior de formación profesional, pues se requiere el título de bachiller o una prueba de acceso especial. Supongo lo mal que lo estará pasando la persona afectada por esta situación. Y la vergüenza que se pasa al verle y saber que hay “compañeros” que duermen tranquilos sin haber hecho nada por suavizar algo el nivel exigido de la asignatura y dar alguna facilidad (¡sin regalar nada!) para que personas con serios problemas y que han llegado hasta ahí nadando a contracorriente desde que nacieron no se estanquen y tengan que dar un drástico giro a su vida tirando por la borda tanto esfuerzo anterior. ¿De verdad alguien se cree que un alumno que llega a segundo de bachillerato se arriesga tontamente a no conseguir nada por culpa de solo una signatura? ¿El profesorado implicado no tiene nada que ver en este fracaso? ¿No se dan cuenta que se trata de la vida de una persona?
     Kevin (así se llama el chaval), si lees esto saca fuerzas de flaquezas y sigue adelante. El próximo cuso te espera con nuevo profesorado y nunca es tarde, pues la mayoría de los docentes no somos así. Seguro que lo consigues.
 

sábado, 13 de febrero de 2016

Solucionar conflictos de convivencia en Educación Secundaria.



     Hay una normativa sobre derechos y deberes del alumnado. Todo está medido, cuantificado y tipificado en cuanto a la diversa gravedad de un acto incívico realizado en horario escolar. Desde la más ligera falta de conducta de un alumno, hasta la más agresiva y dura de sus actuaciones realizadas en un centro educativo. Todo. El alumnado y el profesorado saben que existe esa normativa y que puede aplicarse si se da el caso. Y aún así hay ocasiones muy puntuales en las que resulta difícil conseguir que haya un buen ambiente, de calma y tranquilidad en las aulas…, o en algunas, y con algunos profesores. ¿Nos sirve de algo tanta reglamentación? ¿Se aplica lo que es necesario?
     La capacidad de aguante de muchos profesores parece ilimitada. Y la inactividad pasiva y conformista de algunos de ellos, también. Está claro que cuando se trabaja con adolescentes hay que tener una buena dosis de paciencia y comprensión respecto a los muy variados problemas que se presentan a diario. Y que es recomendable actuar ante esos problemas en frío y con mesura, y no hacerlo  en el epicentro de la situación irregular huracanada que desestabiliza el proceso “enseñanza-aprendizaje”. Pero seguramente todo el mundo estará de acuerdo en que  procede actuar siempre, no dejarlo pasar, aun corriendo el riesgo de equivocarse, pues de lo contrario se proyecta una sensación de consentimiento, o incluso de miedo a corregir, que es muy contraproducente. El no hacer nada ante una situación hostil en el aula no debe confundirse nunca con que ese “no hacer” es otra manera  (moderna) de hacer algo. Y en ocasiones  algunos confunden esos términos, o  les resulta cómodo mezclarlos. Otros, por otro lado, creen que tras sentidas conversaciones  en el seno de alguna “buenista”  y  redentora comisión de convivencia (útil para determinado tipo de conflictos leves y moderados) se fluidificarán o desaparecerán los comportamientos hostiles de los alumnos distorsionadores, pues la aplicación de un tratamiento paternal e individualizado, piensan, devolverá la cordura y producirá el amansamiento de personajes especiales que una vez tras otra  generan conflictos graves.
 


    
     Pero lo más triste es ver cómo hay profesionales que pierden su energía vital y entran en depresión cuando comprueban que nadie se atreve a, simplemente, aplicar con valentía la normativa establecida para casos muy llamativos de ruptura de la convivencia. Una convivencia que no puede ser solo  observada  con unos mecánicos ojos de robots que únicamente emiten señales de alarma cuando se altera la misma, pero sin llegar a más. El alumnado tiene derecho a saber lo que hace mal en su vida académica y social, y que salirse de la norma tiene consecuencias, ante cualquier grado de alteración del orden, y especialmente en los casos más graves o relevantes. La apertura de expedientes disciplinarios no está  prevista para casos considerados como delitos ordinarios para la justicia, sino para acontecimientos muy desagradables que ponen en serio peligro la convivencia y la estabilidad social de un colectivo tan sensible como el educativo. Puede y debe usarse esta medida sancionadora y correctora en el momento adecuado sin miedo a ser por ello considerado como agresivo, poco dialogante, o políticamente incorrecto. El ser tolerante, con modales y principios comprensivos con las inquietudes y posibles salidas de tono del alumnado adolescente debe ser también la tónica general de actuación, pero eso nada tiene que ver con no ejercer una autoridad responsable y justa. Seguro que muchos de esos alumnos desfavorecidos educacionalmente (por muchas razones) agradecerán de adultos haber tenido un claro referente en formas y maneras durante su periodo de  formación juvenil.
 
 

     Con independencia de la necesaria aplicación de la normativa en cuestiones de disciplina y convivencia, cuando haga falta, es necesario también  resaltar que  gran parte del deseado buen ambiente académico debe ser conseguido y  propiciado por el profesorado, que  tiene que  ser el protagonista principal  en la difícil tarea que supone dirigir y encaminar bien a los alumnos. Si se actúa con ellos  practicando una docencia  que entusiasme y convenza, a la vez que se aplica con sentido común y humanidad, un buen porcentaje de los incidentes que hoy en día se producen pueden evitarse. La implicación del profesorado en el aula es clave para conseguir que el hecho educativo sea, en términos académicos, lo más eficaz posible.
 
 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

La mala formación de los docentes de secundaria.



     Al profesorado preuniversitario le falta formación. Lo dice el filósofo José Antonio Marina. Aunque en las muchas entrevistas que se le están haciendo estos días en los medios no especifica claramente a qué se refiere con eso de que falta formación.http://www.elperiodico.com/es/noticias/educacion/jose-antonio-marina-fracaso-escolar-mitad-presupuesto-libro-blanco-docente-4718111 Y puede ser verdad, o no, según qué casos, como en todas las profesiones. Pero lo más importante para muchos docentes es la idea que se transmite a la sociedad cuando se  lee u oye un comentario así. Desde fuera uno puede preguntarse entonces, ¿los profesores que dan clases a nuestros hijos no saben de lo que explican?,  ¿cómo es posible que sepan tan poco como para que esto se diga en prensa y nadie haga nada? Y tras el comentario/juicio sumarísimo la sentencia no se hace esperar: ¡deberían echarlos a todos a la calle o hacerles pasar pruebas de conocimientos cada cierto tiempo!  Esto último es lo que solapadamente se insinúa ya desde ciertos estamentos…
     ¿Se referirá quizás el filósofo Marina a los profesores de la enseñanza privada, concertada o no, que ocupan sus puestos de trabajo por puro enchufismo o tener el “perfil” adecuado y sin pasar ningún control social? Porque los profesores de la enseñanza pública deben superar para ser funcionarios  una dura oposición de su especialidad, es decir, son así evaluados y dados como aptos para la enseñanza  después de acreditar estar en posesión de un certificado de aptitud pedagógica que se consigue  al realizar un máster de educación secundaria  diseñado para tal fin desde hace unos cuantos años.


     ¿Se referirá quizás el filósofo Marina a que a los docentes les falta una “necesaria” y profunda preparación psicopedagógica? Pues puede ser. ¿Esa de la que hacen gala desde unos utópicos y teóricos departamentos universitarios de educación en donde jamás han visto de cerca a un alumno de secundaria? Desde esos nidos de sabiduría educacional se retuercen a idea conceptos tan sencillos y claros desde siempre como lo que es, o no, un “trabajo en equipo”; se realizan difíciles transposiciones didácticas de ideas o conocimientos;  o se desarrollan protocolos especiales  para establecer “estrategias de convivencia” entre los alumnos usando jergas repipis y confusas, y todo eso  sin tener claro en qué consisten, faltaría más, los tipos de conflictos que a diario se suscitan en un aula de secundaria, pues los desconocen por completo. O como mucho,  han oído hablar de ellos a través de los medios o de algún colega "bien" informado  creyendo que en los institutos se viven  escenas con el alumnado  más propias de una película de guerra. Está claro que la realidad es otra.
     Pero no hay que engañarse tanto. Los universitarios salidos de nuestras universidades en los últimos treinta años han sido educados  con unos sistemas educativos de los que se ha echado pestes siempre. ¿Quién no ha oído la docta opinión de muchos profesores universitarios y de un buen segmento poblacional  respecto a lo mal preparados que llegan los alumnos a la universidad?  Esos sistemas educativos han sido discutidos y puestos en cuestión hasta el aburrimiento. No valían para nada, eran injustos, segregadores y no inclusivos, con itinerarios disparatados, sesgados y parcos en información, con carencias tanto en asignaturas de “letras” como de “ciencias”, con o sin educación para la ciudadanía, con o sin comisiones de convivencia, con avances tecnológicos o sin ellos…, pero ahí están los resultados, al final se produce el milagro y la gente va  con su título universitario debajo del brazo. Y queda claro que lo que aprendieron en su vida estos alumnos  no lo hicieron solamente en la universidad. Algo se hizo antes. Con pocos o ningún criterio psicopedagógico. Y con profesores teóricamente poco y mal formados. Y eso, el prófugo de la tiza Marina lo sabe muy bien.
 
 
     Abordar el hecho educativo desde una perspectiva que tenga en cuenta aspectos relacionados con la psicología y pedagogía es rentable y necesario. Y así se acredita en las pruebas de oposiciones donde buena parte de los componentes de los ejercicios incluyen conocimientos en estos temas. Y conozco a multitud de profesores que han realizado adaptaciones personales y cursos especializados con fondo psicopedagógico a lo largo de su vida profesional. Pero esa formación no les ha permitido desarrollar con mejor calidad su enseñanza cotidiana ni implica “saber enseñar” con la mera aplicación de esos conocimientos. Para eso es necesario algo más que técnicas y principios psicológicos. La conexión con el alumnado se realiza a través de una especial empatía personal y el rezume en el aula de valores interiores que casi me atrevería a decir que son de rango genético. No todo el mundo sirve para ejercer la docencia. Eso no se aprende en ninguna escuela ni universidad. Se pueden desarrollar hábitos de trabajo, actividades grupales o criterios de incitación a la participación de los alumnos, pero la verdadera educación se ejerce y consigue proyectándose desde dentro de la persona, dando lo mejor de uno mismo. Si a esa faceta le añadimos un buen fondo cultural y académico de tu propia especialidad, el éxito educativo es más que probable. Los fracasos educativos que muchos se empeñan en remarcar no pueden ser atribuidos solo a la “mala” preparación del profesorado. Hay muchas otras causas sociales que influyen en la gran diversidad de resultados académicos  según diferentes comunidades humanas y su extracción social.  Y eso, el prófugo de la tiza Marina lo sabe, también,  muy bien.

sábado, 4 de julio de 2015

Clasificar rocas ígneas (y a los opositores) con el diagrama de Strekeisen.



  
      Es un sistema de clasificación de rocas ígneas, el de Strekeisen, que se viene utilizando en geología desde hace varias décadas (1979). Sirve para rocas plutónicas y volcánicas, y algunas de sus variaciones, por lo que su uso no es utilización general por muchos geólogos. Hay que ser un especialista en petrología ígnea para dominar y controlar la clasificación de este tipo de rocas tan interesante.
      Si se observan los “rombos” que se adjuntan se podrá ver que hay uno de ellos  para las rocas ígneas plutónicas y otro para las rocas ígneas volcánicas. La textura, o forma de disposición de los componentes mineralógicos de esas rocas, es determinante en el tipo de rombo a elegir para la clasificación. Y además, cualquier variante mineralógica  de una roca a otra es significativa para poder decidir de qué roca se trata. No es sencillo el usar este método de identificación de rocas ígneas.
 



      Los extremos del rombo se corresponden con el porcentaje de la roca de cuarzo (Q); de Feldespatos alcalinos (A); de Plagioclasas (P); y de Feldespatoides (F). Los porcentajes que una roca tiene de esos componentes minerales  (esto se ha debido determinar a través de un contaje desde un microscopio petrográfico) se reducen al 100% y se determina qué proporción de cada uno de ellos hay en la roca. Por ejemplo, si en una roca se ve que hay un 25% de cuarzo, un 16% de plagioclasas y un 27% de Feldespatos alcalinos, la suma de sus porcentajes (68%) se equipara al 100% y se obtiene por una simple regla de tres el porcentaje que le correspondería a ese mineral de la roca respecto al 100%. Con ese resultado de cada uno se va a la gráfica de Strekeisen y se representa mediante líneas paralelas al lado contrario del 100% de cada vértice el porcentaje hallado de cada mineral principal. La intersección de las tres líneas nos dará un punto que estará en un campo al que le corresponde la denominación de una roca.
 


      Pues bien, este sistema puede parecer fácil o difícil para clasificar rocas, al gusto. Y lo que está claro es que es un tema de pura especialidad geológica, eso no lo duda nadie. Ningún geólogo no especialista en Petrología ígnea  utiliza el diagrama de Strekeisen para clasificar (habitualmente de visu...) una roca ígnea. La clasificación por este método es requerida en finos estudios técnicos que los petrólogos de rocas ígneas hacen de vez en cuando. Por eso mismo resulta difícil de entender que en el examen práctico de las oposiciones de Biología y Geología para ser profesor de secundaria en Aragón se haya incluido (…y esto es solo un ejemplo de preguntas peculiares de los varios que se pueden poner…) la determinación de una roca utilizando el citado diagrama. Pero no sólo eso. No acaba aquí la crítica. Es que, además, no solo se ha preguntado por la determinación de una roca usando el diagrama, sino que debían saber los opositores la totalidad de nombres de rocas que engloba el mismo (dudo que los petrólogos de rocas ígneas lo sepan de memoria), pues se les daba un diagrama mudo, sin nombres de rocas, para la clasificación. Es decir, en lugar de pedir que se sepa usar un diagrama de clasificación se solicita al opositor que tenga retenidos en la memoria los nombres de todas las rocas que aparecen en los diferentes campos de ese diagrama, tanto en el rombo usado para rocas plutónicas como para volcánicas. ¡Increíble!
      Y claro, la reflexión que puedo hacer al respecto  se basa en el criterio que se ha utilizado para comprobar el supuesto “nivel” que tienen los opositores para ser profesor de instituto. ¿De verdad alguien sensato puede creerse que este tipo de cuestiones determinan el "nivel" de alguien? Hay quien dice que hay que seleccionar a la gente y por tanto hay que poner estos problemas, casi imposibles, para que esa selección sea eficaz, y que así, solo pasan los “mejores”.
     ¡Pobre gente quien piense eso! ¿De verdad piensan que eso es un criterio de selección en cuanto a conocimientos? ¿No será más bien la demostración de un cierto nivel de acomplejamiento personal académico al querer que la gente “sepa” datos e ideas que solo deben ser “usados” y no, nunca, “memorizados"? ¿Qué se cree esta gente que son los demás, monos de repetición? ¿Eso es saber mucho y tener nivel? Error de planteamiento total si se piensa así…, pero lo peor es que repercute muy seriamente en la vida de los demás. Y ya no hay remedio.
     Esto es a lo que yo llamo mediocre “casta” intelectual. La que está siempre dispuesta a sacar a la luz lo que no saben otros, rebuscando en la anécdota, cuando ellos, estoy seguro, habrían sido incapaces de llegar a los absurdos niveles que imponen a los demás. Por favor…, ¡un poco más de respeto humano!

domingo, 31 de mayo de 2015

Suerte de ser su profesor.


     Nunca hasta este curso había obtenido unos resultados académicos tan brillantes con mis alumnos de la asignatura Geología de 2º de bachillerato. Aunque hayan sido solo dos (los de la foto) han sido capaces de seguir un fuerte y acelerado ritmo de trabajo durante estos meses. Desde la dura preparación de la olimpiada de geología en la que, por cierto, no obtuvimos premio alguno, hasta la realización e interpretación de complicados cortes geológicos, el aprendizaje y entrenamiento en cuestiones técnicas de geología ha sido trepidante. En tan solo 9 meses lectivos han conseguido un más que aceptable nivel de razonamiento geológico. Son de sobresaliente.
     Puede que algunos piensen que con solo dos alumnos es fácil obtener buenos resultados académicos. Y no les falta razón. La masificación actual de las aulas de otras asignaturas, como Filosofía, Lengua  o Historia, por ejemplo, hace que la atención no sea tan individualizada como con dos alumnos. Tiene también inconvenientes, como la escasa o nula sensación de grupo que se tiene, o la inevitable hiperatención sobre los mismos que se ejerce, casi obsesiva, durante  todas las clases. Pero se tiene la gran ventaja de un gran conocimiento mutuo por lo que se puede profundizar más y mejor en los baches y lagunas en su aprendizaje. Y creo que compensa.
Mis alumnos de Geología durante el curso 2014/15 en el IES Ramón y Cajal de Zaragoza:
 Pablo Aguilar, a mi derecha, y Jorge Nogueras, a mi izquierda.
     Pablo Aguilar y Jorge Nogueras han demostrado a lo largo del curso un interés tal por aprender, que no memorizar, la gran diversidad de temas geológicos que se incluyen en el temario de la asignatura que ha sido necesario solapar y relacionar  bloques conceptuales  tan dispares como la Petrología, Geomorfología o Paleontología, para poder realizar así  correctas interpretaciones en  algunos de los numerosos mapas y cortes geológicos, que con dificultad creciente, han ido realizando hasta mayo. Como Presidente de Tribunal de las oposiciones para ser profesor de Biología y Geología de hace unos años tuve la necesidad de confeccionar un corte para los opositores que, y lo digo con mucho orgullo,  también ha sido correctamente interpretado por Pablo y Jorge hace unos días. Lo han demostrado, saben geología, sin más.
     Por otro lado, el grado de relación y confianza en clase se ha visto fortalecido progresivamente desde el principio de curso, lo que les ha favorecido  avanzar tanto en conocimientos académicos y fluidez en la comprensión de sus dificultades propias de la asignatura, como en  la  cotidiana  vida, aunque problemática, relacionada con esa complicada edad suya tan cercana a la adulta en la que todo el mundo ha querido comerse el mundo sin saber cómo hacerlo.
     Pablo, Jorge, os echaré de menos… Ha merecido la pena ser vuestro profesor.

viernes, 22 de mayo de 2015

Apercibimientos y trato con el alumnado.




     La aplicación de un reglamento de régimen interior en un centro de educación secundaria, en especial el apartado relacionado con el incumplimiento normativo de los alumnos, no suele ser del agrado de ningún equipo directivo. Y sobre todo si se trata de amonestar o apercibir severamente a alguien por haber cometido una infracción. Pero aunque es en muchos casos desagradable suele ser casi la única herramienta utilizada hoy en día para solucionar problemas de comportamiento.
     Los apercibimientos se suelen poner por muy variadas causas. Desde una pelea entre dos compañeros, pasando por insultos al profesor, y hasta por caérsele a un alumno en clase un bolígrafo. Hay de todo. Y de esto doy fe pues como tutor de grupo he de supervisar y firmar las muy variadas amonestaciones de mis alumnos tutorizados. Y resulta sorprendente, lo aseguro.
     Estoy totalmente de acuerdo con el sentido de una amonestación cuando la falta cometida por el alumno que infringe las normas se repite una y otra vez o no hace caso de las reiteradas indicaciones del profesorado. Y también cuando se produce un claro enfrentamiento con compañeros o profesores por cualquier cabezonería. Es entonces cuando el apercibimiento tiene una clara finalidad y su uso es efectivo. Pero en otros muchísimos casos las amonestaciones solo sirven para devaluar aún más la autoridad del profesorado, pues no son en absoluto efectivas en cuanto a la medida correctiva que se pretende tener con ellas.
 

    
     No es de recibo que, por ejemplo, una frase de un chaval de 13 años de tinte machista para un adulto dirigida a una compañera suya sea reprimida de inmediato con la contundencia y poder de una amonestación represiva, sin dar más explicaciones. Debe haber una conversación y amonestación verbal con la clara indicación de que eso que ha dicho no es oportuno. Habitualmente se encuentran situaciones familiares detrás de esas frases que te hacen entender la razón del por qué ese alumno comete esa infracción. Y en esa situación la amonestación pierde sentido, aunque algún colega  la considere ejemplarizante. Otras veces es un mismo profesor el que amonesta masivamente a un grupo  numéricamente elevado de alumnos por portarse inadecuadamente en sus clases, o lo que ese profesor considera inoportuno, claro, que deja mucho que desear, sin pararse a pensar cuál es la causa de ese masivo comportamiento anómalo: ¿falta de pericia para manejar a un grupo de adolescentes? ¿cansancio? ¿demasiada intransigencia? Se planteó en tiempos  la posibilidad de crear unas “escuelas de profesores” como solución (muchos las consideran humillantes), en la que se arbitren comportamientos y acciones del profesorado coincidentes y encaminadas a una resolución de conflictos en las aulas que, al menos, sea parecida en formas y resultados, a la vez que se cubrían las carencias del profesorado en cuanto a las necesarias y fluidas relaciones profesor-alumno. No conozco resultados si es que se ha llevado a cabo en algún sitio, pero la cuestión es que hay gente que las necesita claramente. U otro tratamiento.
     Estoy totalmente convencido de que las medidas represoras no conducen a educar mejor. Suele conseguirse lo contrario. La reflexión, la puesta en común de problemas e incidentes y una contundente actuación en cuanto al debido orden, respeto  y disciplina suele ser suficiente para que el alumnado respete al profesorado. Hay que dar ejemplo de comprensión y buen hacer con los demás, y en especial con los alumnos más jóvenes, pues son el vivero de la sociedad del futuro.  Si a la mínima de cambio se esgrimen reglamentos y medidas represoras la gente se rebela, se encorajina y termina enfrentada a un sistema que supuestamente tiene que educarle y lo que hace es someterle simplemente. Y eso no es educar.
 

    
     Hay personas que se dedican a la docencia, y no digo “profesores” pues ese es un término que se consigue con los años y que valoro muchísimo, que no se deben de acordar qué hacían ellos en sus tiempos mozos, y de cuántas contemplaciones tuvieron con ellos para que pudieran llegar a ser lo que ahora son. Sólo saben aplicar reglamentos amenazantes. Y no sé si será casualidad, pero puede comprobarse que cuanto más jóvenes son los docentes más contundentes se comportan y abusan de los apercibimientos, en contra de los alumnos. Está claro que algo hemos hecho mal a lo largo del tiempo en la resolución de conflictos en educación. Y eso que llevo años diciendo a muchos compañeros jóvenes cuando se quejan del mal comportamiento de sus alumnos que para ejercer la docencia hacen falta cuatro cualidades que procuro  aplicar con los míos (seguro que hay muchas más, claro), que son entusiasmar, convencer, sentido común y humanidad. ¿Tampoco es tan difícil, no?

domingo, 10 de mayo de 2015

Profesorado feliz.




     Conozco a multitud de profesores que están amargados. Que piensan que su trabajo en educación secundaria es un castigo divino que les ha tocado vivir. Incluso muchos profesores de la universidad muestran día a día su honda preocupación y malestar por su inmenso trabajo, investigador (se supone que es lo que les gusta) y docente, del cual abominan. Y eso es algo que los medios informativos se han encargado especialmente de divulgar, por lo que mucha gente se cree que el ser profesor es un trabajo poco reconocido (en parte no les falta razón, pero por otras cuestiones) y de lo más desgraciado.
     Sin embargo, creo que ya toca hablar de las virtudes y beneficios de ser profesor. Y no me voy a referir a las tan cacareadas inmensas vacaciones de verano, las cuales son, dicho sea de paso, algo merecidísimo.  La labor docente puede y debe ser contemplada con otro tipo de mirada. Y debe vivirse con un fin social que puede hacerte casi feliz. Esto no es una tontería ni algo baladí, sino que la reciprocidad  necesaria en el buen trato profesorado/alumnado es crucial para que los resultados académicos sean aceptables, incluso en el sentido referente a la adquisición de conocimientos, pues el concepto “académico” es muy amplio.


    
      Nadie duda de que el respeto mutuo es necesario entre alumnos y profesores. Se han escrito ríos de tinta en relación a la pérdida de respeto del alumnado hacia sus profesores. Ese tema, delicado y complicado, debe ser tratado en función de la óptica de un estudio de la persona (o del grupo) en concreto. Pero cuando el respeto se pierde por parte del profesor, el proceso educativo está herido de muerte. Si se consigue mantener ese respeto y se trata a la gente con un nivel  aceptable de comprensión y cariño pueden conseguirse grandes metas en el proceso de formación de una persona. Esa falta de respeto aparece en buena parte del alumnado  desde el momento en el que hay un incomprensible empeño de algunos profesores  (parece que lo incentiven) en que los alumnos solo lean, subrayen y memoricen un texto y después lo vomiten en un examen memorístico. Y eso lo hacen así año tras año. Además de mortificante para el alumnado debe ser un trabajo agónico, aburrido, repetitivo  y alienante para ese profesorado,  más propio de mendrugos mediocres que no deberían haberse dedicado nunca a la docencia. Sin embargo si en las clases se les hace comprender la necesidad de comprender y aprender determinados temas e investigaciones, entusiasmarlos con experiencias y vivencias propias o ajenas, y los “exámenes” son adecuados a su nivel académico en la búsqueda de un breve análisis o relación entre ideas contrapuestas, puede ser muy significativo y gratificante el resultado de su aprendizaje.


 

      En mi especialidad, Biología y Geología, es enorme el número de ideas y conceptos, demasiados a mi juicio, con los que tienen que hacerse los alumnos hasta los 18 años para poder “aprobar” y, desde luego, muy superior al que nosotros teníamos y se nos exigió para poder llegar a la universidad. Pero aún así, esa catarata de datos puede llegar sin estridencias y sin hacer un ejercicio memorístico colosal. Si eso se consigue, digo, se obtienen datos para toda la vida, y esta vez de verdad.
 
     Cuando consigues entroncar personal y profesionalmente con el alumnado resulta fácil enseñar. No resulta duro ni agobiante. Y, desde luego, suele ser muy entrañable y reconfortante. Sobre todo cuando compruebas con los años que tus enseñanzas han tenido eco en sus vidas. Creo que lo he dicho alguna otra vez, pero resulta reconfortante comprobar el buen recuerdo que el alumnado en general puede guardar de ti cuando te encuentra por la calle al cabo de los años. Y no solo con un buen abrazo y saludo cariñoso, que también,  sino con el inmediato recuerdo de conceptos  geológicos que se les dieron hace más de 20 años. O cuando cuentan cómo han usado los conceptos aprendidos (aprendidos de verdad) de ecología y medio ambiente ante una discusión o controversia social actual. Eso y el recuerdo que se tiene de ver, cuando se les explica algo con emoción, las caras del alumnado empapándose de lo que cuentas, eso, les aseguro, no tiene precio. Supongo que serán las mismas caras que poníamos nosotros al oír, por ejemplo, a mi amado jefe Emiliano Aguirre o a Leandro Sequeiros, los dos paleontólogos de la Universidad de Zaragoza que me encandilaron de por vida. O al profesor de matemáticas de mi bachillerato, Luis Barreiro (el famoso de los cuadernillos de ejercicios de matemáticas “Barreiro y Rubio”) al cual estábamos esperando que llegara a clase para deleitarnos con su atípica y maravillosa forma de explicar esa asignatura considerada  por muchos como un “coco” de la enseñanza.
     No soy el único que siente ese inmenso placer al dar clase. Y por eso no nos asustó el impartir una hora más de clase semanal al imponernos la nueva ley docente (aunque estemos en contra y de otras muchas cosas además de esa ley), por lo que la dedicación a nuestro empleo ha sido y es total. Disfrutamos con lo que hacemos. No nos dan envidia otros trabajos y creemos firmemente que en nuestras manos y cerebros está en buena parte el futuro de las nuevas generaciones. Es necesario que cada vez seamos más con  mentalidad de servicio a los demás, en este caso a los más jóvenes. Un servicio que puede hacer a mucha gente, además de formada y  agradecida, feliz.
 
 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Miedo al profesorado.


 

     No hay manera que esto cambie. Cada año, estas fechas finales para los alumnos de 2º de bachillerato se convierten en un suplicio. Atiborrados de exámenes hasta las cejas y empeñados en sacar “media” para poder ir a la selectividad un poco más holgados, se encuentran además con un problema añadido de difícil solución. Sé que lo habitual  en los últimos años ha sido hablar de los inaceptables malos tratos y agresiones que el profesorado recibe de los alumnos, siendo lo contrario, el trato inadecuado que reciben los alumnos de alguno de sus profesores, algo inusual y casi tabú en los medios. Pero existe esa problemática. Cuando, casi a escondidas, los alumnos cuentan problemas de ese tipo, que para ellos son muy graves, se les recomienda que denuncien, que informen de los hechos al equipo directivo del centro. Pero no lo suelen hacer, pues tienen miedo y quieren ser prudentes aun a costa de su dignidad como personas.
 

    
     Se trata de ese tipo de "docente" (por suerte escasean) que se empeñan en dar la nota y ejercer un trato poco respetuoso  al alumnado. Y no por razones técnicas de llegar o no a impartir el  inmenso currículo establecido en ese curso en todas las asignaturas, sino por, creo,  esa aparente necesidad de destacar y dar que hablar de ellos aunque sea mal, algo que, supongo,  solo un profundo complejo de inferioridad puede producir. Todo el profesorado anda de calle estos días para poder terminar temarios y acabar con todos los retales de ejercicios, trabajos y otras mandangas que la profesión impone para poder llegar al final de curso con el temario acabado, o casi, y evaluado. Por eso se establecen normas de actuación docente en los centros. Sobre todo para que no se amontonen y solapen los exámenes finales, incluyendo en esa normativa períodos de tiempo en los que no se permite hacerlos. Pues es igual, gente de actitud altiva e irrespetuosa dialécticamente en su docencia cotidiana con el alumnado incumple la norma y se atreve a meter con calzador un "necesarísimo" examen suyo en el tiempo prohibido. ¡Aquí estoy yo! dirán ufanos de su gran proeza y valentía. ¿Y qué más da?, pueden decir también, ¡si luego no suelo enseñar las calificaciones de los exámenes y les advierto de poder bajársela si se atreven a ir al departamento a verlas, y no ha pasado nada! ¿Quién se va a  atrever conmigo? Valentía prepotente y chulesca con chavales de 17/18 años que se ven apurados con sus contundentes estudios y no se atreven a protestar por sentirse inseguros, amenazados y poco protegidos.
 
 

     Aunque sea difícil de creer, esto pasa. Y mientras, esta gente campa por ahí, burlándose de todos y todo, no solo de los alumnos, sino de todo el sistema, pues a todos afectan sus actos fuera de norma, aunque luego se vanaglorien de ser la quintaesencia de los valores democráticos, y dotados de una carga de humanidad y tolerancia envidiables. ¡Qué fraude de gente!  No sé si existe un moderno término en inglés para describir este tipo de actuación que describo, pero igual que existe el “mobbing” para referirse al acoso habría que acuñar ya uno nuevo  para estas situaciones, pudiendo ser objeto de una tesis doctoral en psiquiatría.
     Sé que algunos de estos personajes tienen fama entre los alumnos, y también entre muchos de sus compañeros docentes, como de malos profesionales, de malos profesores. Pues bien, además, por sus habituales  desprecios y ninguneos, cachondeos y burlas, insultos e intolerancias, yo me atrevería a calificarlos también como malas personas. No se puede tratar así al alumnado. Nadie se merece eso. ¿Habrá alumnos con suficientes reaños como para denunciar estas situaciones? ¿Habrá alguien con autoridad que pare esto en los centros educativos?

jueves, 20 de noviembre de 2014

Profesor: "¡oh, capitán, mi capitán!".


    
      Enseñar y entusiasmar. Esas son, a mi juicio, las dos condiciones esenciales para que el “acto educativo”, o  de educar, sea  efectivo, en cualquiera de los niveles educativos. Es más, creo que no se puede enseñar sin antes entusiasmar. No siempre se consigue, pero si se intenta hay buenos resultados. Tenemos que olvidar esas viejas técnicas docentes de dar clase subrayando y señalando en un libro de texto, o leer largos textos en imágenes proyectadas,  para después memorizarlo  y vomitarlo en un examen. Eso no es educar, eso es aburrir, cansar, y despreciar  al alumnado. Y, por desgracia, hay quien sigue haciendo eso.
    
     Es cierto que con las nuevas imposiciones de la nueva ley de enseñanza, con un número grande de alumnos por aula y más horas docentes por semana, la tan cacareada calidad de la enseñanza se hace difícil de conseguir. Pero esta, aun en estas condiciones indeseables, se hace mucho más llevadera si se genera un verdadero interés y entusiasmo por la materia que se imparte. Este impulso que el alumnado puede recibir viene únicamente de la calidad del profesorado. Y sin entender que esa calidad se basa única y exclusivamente en su “preparación” académica, que también, pero el despertar  el interés del alumnado por un tema o disciplina concreta debe ser dirigido y estimulado por alguien que realmente  sepa de la misma, que disfrute con su docencia, y que sea un verdadero transmisor de conocimientos, no por aburrida imposición, sino por convencimiento.
     Sobre todo en niveles preuniversitarios se debe enseñar con mesura, sentido común, y con el convencimiento que vale más aprender dos cosas bien, que cuarenta mal, o a medias, tal y como los sucesivos sistemas educativos se empeñan en  los últimos años.  No es cuestión de cantidad, sino de calidad. La cantidad no supone nunca calidad inmediata. Suele ser al revés. Si damos herramientas de reflexión, de crítica, de opinión a la gente, ésta reaccionará buscando y asimilando información para estar al día o ponerse al nivel del  grupo. Lo tengo comprobado. Si se explica con detenimiento, contundencia, decisión y cierto nivel de brillantez expositiva, esa misma gente descubre que el conocimiento es necesario en sus vidas, deseándolo buscar de inmediato. Hay que seducir y convencer. Sin arrogancias ni petulancias. Sin desprecios por ninguna disciplina ni creyéndose en posesión de ninguna verdad inamovible. Pero siempre dando ejemplo de lo que se sabe, de lo necesario que es saber, de lo que se aprende con esfuerzo y, sobre todo,  de lo mucho que te queda por aprender. Ese es el tipo de profesor que quiero ser de mayor. Y juro que lo intento.
     No lo puedo evitar,  después de esta reflexión tengo que nombrarlo. Me refiero a mi gran amigo,  maestro,  y profesor de paleontología  Emiliano Aguirre Enríquez, (¡oh, capitán, mi capitán!) con quien, desde la Universidad de Zaragoza al principio y después desde Atapuerca, supe apreciar lo que es “dar clase con clase”. Estoy en ello. Espero ser en mi trabajo digno de sus enseñanzas.
Emiliano Aguirre.
 

martes, 11 de noviembre de 2014

La "mala preparación" del profesorado de instituto.



     Una de las conclusiones derivadas del estudio del informe PISA sobre educación, en relación con Aragón (aunque esto es extrapolable a todo el Estado), es que una de las principales causas del denominado fracaso escolar es la deficiente preparación del profesorado. Incluso algunos medios escritos españoles han ridiculizado vilmente a este colectivo hace unos meses al hacer públicas algunas contestaciones curiosas y erróneas, tomando la parte por el todo, a preguntas triviales y concretas que se les hacía a los aspirantes a ser profesores de Primaria. Todo un placer, casi orgásmico, para muchos detractores o inquisidores de la labor docente. No analizaré ahora la connotación freudiana que sugiere la obtención de placer por ese método tan bajo y rastrero, pero sí podemos hacer alguna consideración referente a la preparación, mucha o poca, del profesorado.

    
     Para ser un simple profesor de instituto (casi nada…) es necesario haber pasado por unos cuantos filtros académicos. El ser licenciado o graduado universitario es imprescindible para poder presentarse a una dura oposición. Unos cuantos profesores, cada vez más, poseen el título de doctor, lo que supone una acreditación de conocimientos superiores en un tema de investigación concreto. Además, hoy en día, y como requerimiento imprescindible para ser opositor es necesario realizar un máster universitario especial para ser profesor de educación secundaria (hace unos años era necesario un certificado de aptitud pedagógica de la universidad, el CAP, que se conseguía tras dos cursos de formación), por lo que se puede suponer que “ser” profesor en un centro de secundaria  público no lo es cualquiera que se encuentra uno por la calle, tal y como parece según muchas informaciones.


     Pero, cuando se argumenta que al profesorado le falta preparación, ¿sabemos a qué preparación se refieren? Creo que no. Desde 1996, año en el que se introdujo la ley de educación conocida como LOGSE en los centros, se obligó al alumnado a permanecer en ellos hasta los 16 años. Esta medida, de cuya bondad sociológica nadie duda, daba por hecho que los alumnos tenían (todos) una voluntad y deseo efervescente de querer aprender. Como se comprenderá, este gran error de planteamiento, por supuesto emitido desde ámbitos sociopedagógicos desde los que jamás se había tratado con alumnos de esas edades, ha pasado factura, y muy cara, por supuesto. Si a esto le añadimos la masificación reciente de las aulas con la desgraciada ley LOMCE y el apoyo masivo de las sucesivas  administraciones  a la educación privada, sea  religiosa o no, a través de los famosos conciertos educativos, el desajuste social que hoy en día se vive en el ámbito educativo es preocupante.


      Pero estos dos pilares conceptuales (obligatoriedad hasta los 16 años y masificación) de la mala situación educativa actual tienen poco que ver con la supuesta mala preparación de los profesores que dicen es la causante del fracaso educativo. Los profesores, desde sus departamentos didácticos, han tenido que adaptar sus conocimientos en la materia de la que son especialistas a un variado repertorio de tipos de alumnado (con o sin motivación; procedentes de familias desestructuradas o sin formación previa; con hábitos de estudio o sin ellos, etc…) aplicando un sinfín de “actividades” paralelas con  alumnado extraño, y muchas veces irreverente, que lejos de querer aprender y superarse, tienden más a preguntarse el porqué tienen que ocupar, allí atornillados,  su vida adolescente en adquirir conocimientos variadísimos en los que deben aplicar métodos de estudio metidos con embudo para poder llegar a “aprobar” algo. Muchos de los temas y conocimientos que, por ejemplo, desde mi departamento de Ciencias Naturales,  estamos impartiendo, fueron adquiridos por el profesorado durante nuestra estancia en la universidad o en cursos de especialización posteriores. Pero todo ahora parece  ser “necesario” para salir a la calle todos los días, sin ver y discernir que la masa de alumnos, de todos los tipos y condiciones, está muy alejada de esa exigencia, por lo que su brillantez en resultados académicos se hace esperar, o no llega nada más que para unos pocos casos.
     El profesorado no fracasa en su intento de enseñar. Lo que fracasa y nadie (administración y sociedad) quiere verlo, es el sistema abrumador, envolvente, abusivo, y discriminador en distintos ámbitos  que se aplica en la educación actual para nuestros adolescentes. No se puede querer que la gente deba y tenga que saber tantas cosas en tan pocos años. No es bueno ni humano. El alumnado se desmotiva al verse desbordado por tantas materias, temas, asignaturas comunes, troncales, de modalidad y  optativas que cual catarata educativa le cae sobre su cabeza. No saben muy bien qué elegir (¡quién lo sabía a sus años con seguridad…!), ni por dónde encaminar sus pasos. Todo parece importante y se les hace creer que si no se marcan un camino oficial de los previstos su vida será  de “segunda”, cuando hay que ser, siempre, de “primera”. Y si no es así, serán unos fracasados sociales. Aunque desde los centros se intenta paliar este problema con un apoyo y orientación individual, cuando puede hacerse, el sistema les encamina a una especie de “todo o nada”, “o entras o sales”, “o titulas o no titulas”, “si no llegas a esto, tienes otra salida”, etc. Desesperante.
     El profesorado, desde hace muchos años ya, está preparado, muy preparado. Jamás el sistema educativo de nuestro país ha dispuesto de profesorado tan preparado académica y didácticamente como ahora. Pero es un profesorado que está sometido a la confluencia en él de una serie de complejas variables provenientes de una sociedad que empuja a la gente a lanzarse por un tobogán que no se sabe muy bien dónde  acaba. Y algunos, está claro, se estampan. Esto solo cambiará si, y sin ejercer complejos comparativos con otras sociedades, se humanizan los requerimientos exigidos para  ser efectivos en el hecho de “educarse”.