¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Zaragoza, Aragón, España.

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sábado, 22 de agosto de 2020

Los "años oscuros" que iluminaron Atapuerca.

 

Hombre de la Sima.


    Es muy posible que el término “años oscuros” lo hayan leído u oído muchos de los interesados por los fósiles hallados en Atapuerca. Su significado exacto nunca ha sido aclarado por los actuales codirectores del proyecto de investigación que allí se está desarrollando, pero en multitud de publicaciones, así como en algunas secciones del Museo de la Evolución Humana de Burgos, se sigue utilizando. Hay que ser poco inteligente como para no interpretar que ese término esconde una consideración despectiva respecto a esos “años”, que van desde 1978 hasta 1991, coincidiendo con los que la investigación fue dirigida por el profesor Emiliano Aguirre.

    Aunque procuro estar al día de los nuevos descubrimientos en el yacimiento, no sigo las muchas publicaciones de tipo divulgativo que se hacen del mismo. Sin embargo, este verano cayó en mis manos el libro de Olivier Hochadel titulado “El mito de Atapuerca. Orígenes, Ciencia, Divulgación”, de UAB Ediciones, del año 2013. Lo leí pensando que podría aportarme algún dato científico señalado que no conociera, aunque, por desgracia, me he encontrado solo con una buena recopilación y ensalzamiento de acontecimientos  protagonizados por los tres codirectores del proyecto de investigación,  Juan Luis Arsuaga, José María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell. Y poco más. Por supuesto el término “años oscuros” aparece en numerosas ocasiones, como dejando caer su cansina e innecesaria miguita de desprecio hacia lo hecho hasta 1991.


Sima de los Huesos.


    Por ello pretendo aquí hacer un pequeño repaso,  aunque incompleto, a lo mucho hecho durante esos años en Atapuerca de la mano de Emiliano Aguirre, intentando relacionar lo que entonces se hizo con lo que después se ha realizado sobre esa base. Si con ello consigo que alguien descubra que la investigación en Atapuerca no comenzó en 1991 ya habré conseguido algo.

    Los primeros pasos de la investigación dirigida por Emiliano Aguirre se dieron en 1978 durante una breve campaña de excavación en la Trinchera del Ferrocarril. Ese año solo se esbozaron las líneas de actuación a seguir  en el futuro, reconociendo, incluso bautizando, los principales yacimientos que hoy en día se conocen como Gran Dolina, Galería, Tres Simas, boca norte,Sima del Elefante y Covacha de los Zarpazos. Desde 1980 los trabajos de reconocimiento de esos sitios se intensificaron, empezando con el indispensable levantamiento de detalladas columnas estratigráficas de los rellenos sedimentarios de origen kárstico que allí afloraban. Ese trabajo, que ahora parece como si fuera algo asumido automáticamente por todos los que hablan de Atapuerca, fue realizado como base de mi tesis doctoral referente al estudio bioestratigráfico de los micromamíferos de los estratos de esos rellenos, con el lujoso apoyo de Emiliano Aguirre, y también de Rodolfo Gozalo, amigo mío, paleontólogo, y profesor de la Universidad de Valencia. El levantamiento de las columnas estratigráficas en rellenos kásticos no es fácil. Su tremenda complejidad radica, sobre todo, en lo confuso de los límites de niveles y subniveles, las interdigitaciones centimétricas de diferentes materiales, así como la detección de colapsos sedimentarios que han podido mezclar diferentes estratos, con la confusión consiguiente en la identificación de restos fósiles que podrían ser de diferentes edades. Pues bien, esa base estratigráfica, básica para poder trabajar en paleontología se hizo entonces y se sigue usando ahora. Es decir, cuando se hace ahora referencia al nivel TD6 en Gran Dolina, por citar solo un ejemplo, el nivel donde se dice que encontraron restos de Homo antecessor, se hizo usando la estratigrafía realizada y publicada por nosotros en uno de esos “años oscuros”.Pero no termina ahí la cosa.

    Muchos de los niveles diferenciados estaban plagados de fósiles, sobre todo de mamíferos. Su estudio requería de un muestreo preliminar exhaustivo en todos ellos para poder enmarcar y averiguar  qué tipo de asociaciones faunísticas  había, si era una o varias, si había interrupciones de registro señaladas, etc. La valiosísima información obtenida de ese estudio sentó las bases de lo que se conoce hoy como una sucesión de asociaciones faunísticas y paleoecosistemas cuaternarios continentales única en el planeta. Poco a poco, en los primeros años de trabajo, nos dimos cuenta también de algo muy importante, como que la tradicional comparación de nuestros fósiles con los de otros yacimientos europeos dejaba de tener sentido al ser Atapuerca el registro paleontológico con el que  irremediablemente tendrían que comparar y correlacionar sus yacimientos.

    Se establecieron, pues, las bases científicas de trabajo prehistórico en el que por primera vez en España la paleontología y la arqueología iban de la mano, a la par, con criterios comunes aplicados en el tratamiento de un macroyacimiento excepcional e irrepetible. Emiliano Aguirre se preocupó de formar un equipo interdisciplinar de verdad. Uno en el que la participación de renombrados especialistas extranjeros no fuera más que anecdótica, con el fin de relanzar la ciencia paleontológica española, a tenor de las grandes expectactivas y potencialidades del sitio, a los primeros puestos de la investigación internacional.

    No recuerdo ninguna intervención en el yacimiento en aquéllos años que no se hiciera bajo la supervisión de Aguirre, pero con el consenso de todos los que allí participábamos. Estuvimos haciendo ciencia en equipo. Aún recuerdo cuando en 1983 apareció en la excavación por primera vez Juan Luis Arsuaga y Emiliano Aguirre me encomendó que antes de nada le explicara la estratigrafía de Gran Dolina y Galería para que tuviera un marco de referencia estratigráfico donde ubicar los fósiles que se estaban sacando en las campañas. Todo lo extraído se debía referir a la unidad y nivel correspondiente. Y gracias a esa labor, se supo con exactitud cuál era la procedencia, y más tarde la edad, de los fósiles. Por eso, y pasándonos al presente, no se entiende que cuando se visita el yacimiento ahora, el guía te diga que en el relleno denominado Sima del Elefante, que no se excavó hasta bien entrados los años 90, un fragmento de mandíbula humana encontrado allí no se sepa a qué nivel pertenece.

Emiliano Aguirre excavando en Galería, en la
Trinchera del Ferrocarril de Atapuerca.

    En relación con la famosa Sima de los Huesos, en Cueva Mayor, lugar de acumulación de cientos de restos de preneandertales, pueden hacerse varias consideraciones. Resulta significativo que fuera el año 1992, el “año de los cráneos”, el que se obtuvieran de allí numerosos huesos de homínido, incluído el bien conservado cráneo del conocido “Miguelón”. ¿Por qué hasta esa fecha lo único que se sabía de la Sima eran los restos estudiados y publicados por Emiliano Aguirre y Trinidad de Torres en 1976?  Pues sencillamente por que mientras duró la dirección de Emiliano se hicieron los preparativos necesarios para la extracción de sedimento de la misma con total garantía. En primer lugar se discutió la necesidad de hacer una cata en el sedimento de relleno de la sima para saber su potencial estratigráfico y paleontológico. Las reticencias de los paleoantropólogos a  ello paralizó esta actuación, pues al parecer suponía un riesgo y “desperdicio” por y para el sedimento, supuestamente rico en fósiles humanos, e hicieron que se fuera postponiendo la decisión, lavando únicamente sedimento de los 25 cm superiores del relleno por considerarlo “revuelto” por expoliadores y buscadores de tesoros. Además, el traslado de ese sedimento superficial en mochilas hasta el portalón de entrada a Cueva Mayor suponía un penoso esfuerzo que tuvo que subsanarse con el estudio y final ejecución de un conducto vertical horadado en la roca caliza de la montaña,  desde el exterior hasta la denominada sala de los Cíclopes, justo por encima y en la vertical de la Sima de los Huesos. Con esta infraestructura la extracción de fósiles de la Sima se facilitó muchísimo, aunque no estuviera resuelta su ubicación exacta en ese relleno.

    Todo esto enlaza directamente con el “baile” de dataciones que se han venido sucediendo en los últimos años respecto a la “datación” de la Sima. Si se revisan las publicaciones referentes a esta cuestión, se deduce con facilidad que cada vez que se dan nuevos datos se aumenta casi milagrosamente la antigüedad de los restos. Se ha pasado de, aproximadamente, 350.000 años, a 400.000, y a  470.000. Pero, ¿qué se está datando? Fundamentalmente se toman muestras de las costras estalagmíticas calcáreas que cubren sedimentos en la Sima. Por técnicas radiocronológigas basadas en isótopos radioactivos del Calcio y del Torio se consiguen las fechas de la formación de las costras. Pero lo más sorprendente es ofrecer datos sucesivos en cuanto a edad de depósitos sin ofrecer el respaldo imprescindible de una columna estratigráfica a la que referirse. Simplemente, no se conoce la estratigrafía de la Sima de los Huesos. No se quiso entonces que se hiciera, por mucho que yo me empeñé. Y así hasta ahora. Con lo que los resultados de datación se deben corresponder con las cronologías ofrecidas por las costras  que recubren cada episodio de sedimentos arcillosos que contienen fósiles  humanos. Por tanto, los fósiles de la Sima de los Huesos pueden corresponderse  a diferentes  episodios de sedimentación, y  con gran intervalo temporal entre ellos. Creo que es un error considerar de modo general, como  perteneciente a un único registro, al llamado “Hombre de la Sima”. Si hubiera estratigrafía hecha allí, se podrían referenciar esos restos, sin duda, a las diferentes poblaciones de homínidos de la Sima, pues a cada episodio de sedimentación registrado se podrían atribuir diferentes restos y poblaciones.

    Por todo ello, y por concluir,  considerar como “años oscuros” los que precedieron a la codirección del triunvirato de Atapuerca resulta, al menos, obsceno. Todos y cada uno de los descubrimientos que desde 1991 hasta la fecha se han realizado en Atapuerca han podido realizarse gracias a una imprescindible preparación, diseño y correcta articulación de intervenciones geológicas y paleontológicas en unos rellenos kársticos únicos. El conocimiento geológico de esos rellenos, excepto en la Sima de los Huesos por los motivos antes apuntados, ha permitido conocer la sucesión de acontecimientos paleontológicos y paleoclimáticos acaecidos desde al menos un millón de años  en el continente. Por tanto, sin duda, esos “años oscuros” iluminaron Atapuerca.


Charla del autor en un instituto para explicar
 la Atapuerca de Emiliano Aguirre.

sábado, 24 de octubre de 2015

Atapuerca en el IES María Moliner de Zaragoza.



     Desde el año 2003 hemos dado en multitud de lugares charlas en relación con lo que se ha hecho en Atapuerca desde los comienzos de la intervención en esos yacimientos en 1978. El profesor Emiliano Aguirre, director y propulsor de la investigación en Atapuerca, y  Premio Príncipe de Asturias de Ciencia y Tecnología del año 1997, me llamó a finales del año 2002 para que junto a él, y con Carlos Díez, arqueólogo, Raquel Mosquera, también arqueóloga del equipo, y  Pilar Julia,  paleoantropóloga, diéramos desde entonces,  a través de charlas coordinadas, una visión coherente de lo que han supuesto para el conocimiento del Cuaternario los hallazgos de Atapuerca, en la provincia de Burgos. Así se ha hecho durante varios años por toda España.
     Además de la Diputación de la Coruña y la Universidad SEK de Segovia, mi charla sobre la situación geológica, la estratigrafía y la paleontología de vertebrados de los yacimientos de Atapuerca  he podido impartirla en muchos institutos, asociaciones, colegios, y en actos académicos organizados en salas de la Diputación General de Aragón. Siempre gustoso de hablar de Atapuerca, me propuse dirigir esta intervención como un acercamiento de la paleontología hacia la gente llana interesada que oye hablar de estos sitos emblemáticos sin saber muy bien qué es lo que allí se ha encontrado ni la repercusión científica que ha tenido, y, a la vez, teniendo claro que se debía estar muy lejos de posiciones egocéntricas y elitistas,  como muchas a las que nos tienen acostumbrados algunos de los actuales responsables de la investigación en el yacimiento burgalés.
Fachada del IES María Moliner, en Zaragoza.
     Pero aunque la divulgación científica realizada por ese equipo primigenio de Atapuerca, dirigido por Emiliano Aguirre,  es un hecho en el que he estado involucrado directamente en el último decenio, tenía  (tengo todavía…) una espina docente clavada. Me refiero al hecho de no poder haber transmitido aún a mis queridos exalumnos del IES María Moliner de Zaragoza la charla sobre Atapuerca, tal y como está montada y diseñada en la actualidad, pues dejé de verlos en el año 2002.
     Espero sacar esa espina en breve. En uno de los contactos recientes que he tenido con alguno de esos exalumnos (en concreto el eficiente, gran persona, y siempre dispuesto Paco Nicolás) se ha podido acordar que se podría organizar el dar la charla en el instituto María Moliner para todos ellos. Así va a ser, al fin,  estando previsto que sea el día 5 de noviembre en el precioso salón de actos de ese centro educativo. Seguro que además de hablar de Atapuerca hablaremos también de multitud de anécdotas vividas allí que, desde distintos puntos de vista, todos recordaremos con agrado.
     No tengo claro si la labor docente con unos alumnos acaba cuando dejas de ser su profesor, como muchos de mis colegas actuales dicen. Creo que no. Yo era terriblemente joven cuando les di clase a los chicos del María Moliner, pero parece que fue ayer cuando dejé de verlos y de enseñarles algo de geología. Y no les olvido. Por eso, en su plena edad de madurez personal, es del todo gratificante que hayan querido organizar este encuentro en el que, con la excusa de hablar de Atapuerca, volvamos a estar juntos en un centro que tantas experiencias de vida nos dio a todos. ¡Nos vemos en el María Moliner…!

jueves, 20 de noviembre de 2014

Profesor: "¡oh, capitán, mi capitán!".


    
      Enseñar y entusiasmar. Esas son, a mi juicio, las dos condiciones esenciales para que el “acto educativo”, o  de educar, sea  efectivo, en cualquiera de los niveles educativos. Es más, creo que no se puede enseñar sin antes entusiasmar. No siempre se consigue, pero si se intenta hay buenos resultados. Tenemos que olvidar esas viejas técnicas docentes de dar clase subrayando y señalando en un libro de texto, o leer largos textos en imágenes proyectadas,  para después memorizarlo  y vomitarlo en un examen. Eso no es educar, eso es aburrir, cansar, y despreciar  al alumnado. Y, por desgracia, hay quien sigue haciendo eso.
    
     Es cierto que con las nuevas imposiciones de la nueva ley de enseñanza, con un número grande de alumnos por aula y más horas docentes por semana, la tan cacareada calidad de la enseñanza se hace difícil de conseguir. Pero esta, aun en estas condiciones indeseables, se hace mucho más llevadera si se genera un verdadero interés y entusiasmo por la materia que se imparte. Este impulso que el alumnado puede recibir viene únicamente de la calidad del profesorado. Y sin entender que esa calidad se basa única y exclusivamente en su “preparación” académica, que también, pero el despertar  el interés del alumnado por un tema o disciplina concreta debe ser dirigido y estimulado por alguien que realmente  sepa de la misma, que disfrute con su docencia, y que sea un verdadero transmisor de conocimientos, no por aburrida imposición, sino por convencimiento.
     Sobre todo en niveles preuniversitarios se debe enseñar con mesura, sentido común, y con el convencimiento que vale más aprender dos cosas bien, que cuarenta mal, o a medias, tal y como los sucesivos sistemas educativos se empeñan en  los últimos años.  No es cuestión de cantidad, sino de calidad. La cantidad no supone nunca calidad inmediata. Suele ser al revés. Si damos herramientas de reflexión, de crítica, de opinión a la gente, ésta reaccionará buscando y asimilando información para estar al día o ponerse al nivel del  grupo. Lo tengo comprobado. Si se explica con detenimiento, contundencia, decisión y cierto nivel de brillantez expositiva, esa misma gente descubre que el conocimiento es necesario en sus vidas, deseándolo buscar de inmediato. Hay que seducir y convencer. Sin arrogancias ni petulancias. Sin desprecios por ninguna disciplina ni creyéndose en posesión de ninguna verdad inamovible. Pero siempre dando ejemplo de lo que se sabe, de lo necesario que es saber, de lo que se aprende con esfuerzo y, sobre todo,  de lo mucho que te queda por aprender. Ese es el tipo de profesor que quiero ser de mayor. Y juro que lo intento.
     No lo puedo evitar,  después de esta reflexión tengo que nombrarlo. Me refiero a mi gran amigo,  maestro,  y profesor de paleontología  Emiliano Aguirre Enríquez, (¡oh, capitán, mi capitán!) con quien, desde la Universidad de Zaragoza al principio y después desde Atapuerca, supe apreciar lo que es “dar clase con clase”. Estoy en ello. Espero ser en mi trabajo digno de sus enseñanzas.
Emiliano Aguirre.
 

viernes, 23 de diciembre de 2011

Educación y ecología


Muchos creerán que no son temas compatibles entre sí. Otros que la ecología es algo de sesgo ideológico y que compete a los demás; y a la mayoría les dará igual. Igual porque ellos nunca recibieron una sola indicación o clase de ecología y medioambiente en sus centros educativos y, por tanto, piensan que es algo que no va con ellos, que no lo necesitan. Como mucho se solidarizan por simpatía o “glamour” con las campañas de reciclado y ahorro energético que tan machaconamente se nos ofrecen a través de los medios de comunicación. Y es que muchas personas no saben muy bien qué hacer o qué postura adoptar. Están desorientadas.
Desde la práctica educativa con adolescentes, como es mi caso, se tiene una visión privilegiada para poder comprobar la gran cantidad de acontecimientos relacionados con la naturaleza que son considerados por los distintos segmentos de la sociedad como algo habitual y normal sobre lo que opinar. Las actuaciones industriales, la realización de infraestructuras o la expansión urbana en pueblos y ciudades son cuestionadas e inevitablemente acompañadas de sus correspondientes protestas ecologistas. Todo el mundo opina, con o sin criterio, en ocasiones con enardecimiento y en todos los sentidos, sea profano o no en la materia. Y es en ese sentido cuando te das cuenta de que realmente no hay muchos medios fuera del ámbito educativo para informarse y formarse con sensatez de todos los temas relacionados con la ecología, y que además aclaren o definan  posturas ante la multitud de situaciones generadas. Y cuando se encuentran, éstos no están al alcance de todos. Siguen siendo, como hace una veintena de años, de rango minoritario y para especialistas en el ramo, y por tanto, muy difíciles de comprender para la gente llana. Hace falta pues que jóvenes y personas no iniciadas adquieran criterios ecológicos concretos y lo más neutrales posibles que les permitan saber qué hacer y cómo actuar. ¿Cómo está la situación?

Tengamos en cuenta que, salvo una pequeña porción de las personas situadas en la actualidad en un tramo de edad comprendido entre los 15 y 30 años, que ya han recibido un cierto grado de formación medioambiental a través de sus programas de estudio, el resto, lo que sabe de ecología y de ciencias de la tierra y medioambientales, es únicamente el resultado de su interés y formación personal voluntaria, con lo que se pueden imaginar ustedes los conocimientos y valoraciones ecológicas que la mayoría de las personas de la calle, salvo excepciones, pueden tener y hacer. Este comentario, que podría considerarse como hecho en tono despectivo, debe interpretarse como una somera y personal descripción de cómo está la  situación social respecto a la  ecología hoy en día. Sin embargo, y a pesar de todo, ustedes comprobarán que con cualquiera que se hable de temas medioambientales parece saber más que el más docto catedrático de ecología que se conozca. Todo el mundo aparenta saber qué es lo que se debería haber hecho en tal sitio o lugar, y desde luego, en absoluto coincide con lo ejecutado. ¿Quién no recuerda haber oído algún comentario en el que la carretera, por ejemplo, que acaban de terminar cerca de su pueblo, con sus preceptivos informes ambientales aprobados, “no debería”  pasar el lugar por donde la han hecho, argumentando que es el peor trazado que podía elegirse, o con abundantes umbrías? Es lo habitual. Como habitual es el no pestañear ni quejarse en público ante las actuaciones de los grupos ecologistas, que aunque resultan incómodas o molestas para la vecindad, son considerados por muchos como personas de fiar, pues son “los que saben” y además “por algo salen a protestar así para evitar la destrucción de la naturaleza”.
            Es cierto que los currículos educativos españoles han dado un paso de gigante en ese sentido. En las últimas reformas educativas se han incluido en los temarios varios apartados referentes a temas ecológicos, que bajo un prisma educativo adecuado, pueden servir a formar personas respetuosas con la naturaleza. Han de pasar unos cuantos años para que se note realmente este efecto, pero, mientras tanto, se han de marcar unas pautas de comportamiento socioecológico para todos basadas en criterios científicos. La gran duda que muchos alumnos me plantean a menudo es si haciendo una serie de actos típicos de la denominada “conciencia ecológica” están haciendo algo útil de verdad. Si no están perdiendo el tiempo, y, en muchos casos, también el dinero. ¿Eso sirve de algo? La respuesta no puede ser confusa. La actual red social nos hace llevar una vida llena de contradicciones que en muchas ocasiones son difíciles de ver por nosotros mismos. Creemos que lo que hacemos es la única manera de hacerlo. No nos planteamos que cualquier cosa de nuestra vida diaria se pueda realizar teniendo en cuenta algunos de los muchos perjuicios medioambientales que se generan al hacerlas. Ni siquiera somos conscientes de que estamos generando impactos en nuestro entorno, muchas veces sin vuelta atrás. Y es ahí donde se choca frontalmente con las continuas protestas de grupos conservacionistas que llegan a hacerse antipáticos por la contundencia y pintoresquismo de sus generalmente incomprendidos gestos reivindicativos. ¿Tienen razón? ¿Debemos seguir sus consejos y recomendaciones? ¿Somos unos destructores salvajes de la naturaleza si seguimos viviendo como hasta ahora?  ¿No se puede llevar a cabo una iniciativa industrial en ningún sitio sin agredir ecológicamente al entorno?  ¿No hay actuaciones respetuosas con el entorno que hayan sido realizadas o puedan hacerse en el futuro por la administración y otras entidades?

 Si analizamos las noticias de prensa de corte ecológico podremos comprobar fácilmente que están diseñadas en su mayoría por algún periodista científico iniciado en ecología o el integrante de un grupo ecologista, estando  dirigidas a un público aparentemente culto y bien formado en temas medio ambientales. Este fenómeno, no sé si está calculado o no, tiene una doble repercusión: en primer lugar generar en el público la sensación de que se está tratando  un tema con tanta altura científica que resulta casi imposible de seguir, y además, esa misma altura en ciencia se pretende que sea considerada como una verdadera acreditación para ser del todo creíble e inapelable. En segundo lugar, la aplastante proliferación de artículos y reportajes de esta índole hace que la gente relacione únicamente a la naturaleza y el medio ambiente con algo en constante y transcendental peligro, del que somos algunos humanos occidentales los principales causantes. Y lo que es peor, sin remedio. La mayoría de las noticias sobre esos impactos también están relacionadas con las intervenciones ecologistas en contra de alguna iniciativa o plan de actuación en un determinado sitio. La superación de los preceptivos informes de “impacto ambiental” que cualquier gran obra debe tener no es argumento lo suficientemente aceptable, al parecer, como para motivar la realización de estas  protestas. Los informes de ingenieros, topógrafos, geólogos y medioambientalistas no parecen tener credibilidad, quedando así reflejados en numerosos artículos periodísticos. Por tanto, queda claro que el peso real o repercusión que pueden tener estas noticias y artículos en la formación personal de la gente en temas de medio ambiente es imperceptible, por inapropiada para ello. Se comparte el sentido y profundidad medioambiental de los medios de comunicación si antes se tienen abundantes conocimientos e interés sobre el tema.

             Es probable que la administración  debiera hacer un esfuerzo mucho mayor en explicar a la ciudadanía la adecuación de sus actuaciones guardando o haciendo guardar una serie de preceptos medio ambientales. Al no hacerlo con asiduidad se está abocado a una espiral de protesta ecologista que el gran público tiende a confundir, no tiene otro remedio, con lo que la ecología real puede ofrecer. Ese es uno de los grandes problemas producidos por la  enorme confusión reinante en este tema: confundir la ecología y su impregnación social con la práctica ecologista habitual. Si bien es cierto que en esos grupos ecologistas también encontramos personas sensatas y claramente formadas en ecología, eso no suele ser lo habitual, por lo que la contundencia de las manifestaciones a las que nos tienen acostumbrados engulle el objetivo que pretenden. Muchas de esas  prácticas no tienen prácticamente nada que ver con las posturas ecológicamente correctas que se deben adoptar, circunstancia que a menudo es aprovechada por movimientos ultradesarrollistas que, amparándose en el desconocimiento  de la gente, promueven gestos y respuestas de desprestigio hacia lo ecológico que a nadie benefician ni a medio ni a largo plazo, salvo a ellos.
            Por todo ello creo que relacionar ecología y educación no es un atrevimiento sino una necesidad. La vieja idea educativa de que a través de la educación puede transformarse la sociedad, lejos de de ser utilizada con los objetivos de antaño, puede servir para concienciar positivamente a las generaciones actuales y venideras en algo tan primordial como la naturaleza y su conservación, sin renunciar a un uso sostenible de la misma. Todavía no sabemos en qué se van a basar las modificaciones educativas del nuevo gobierno español, pero la noticia de ampliar a tres cursos el bachillerato debería cobijar ideas de corte medioambiental para todos los alumnos del mismo, ya sean de itinerarios científicos o humanísticos. Es algo que nos debe preocupar a todos los ciudadanos  por lo que su formación académica generalista en temas ecológicos debe estar asegurada en una enseñanza que queremos sea de calidad.


           


lunes, 12 de diciembre de 2011

Atapuerca: la otra historia de Homo antecessor


Homo antecessor
              Los datos que voy a exponer a continuación nada tienen que ver con la versión conocida y oficial del hallazgo de restos humanos en la Gran Dolina de Atapuerca.  Lo  que leerán se basa en mi experiencia y conocimiento personal respecto al asunto que relataré, después de pertenecer once años al Proyecto Atapuerca dirigido por Emiliano Aguirre, hasta 1991. Pero todo esto pasó después, y a lo largo de una década. Solo ahora, después de atar muchos cabos, dispongo de información y arrestos suficientes para contarlo a modo de anécdota.
       Como sabrán, en 1994 se dio a conocer  que en el nivel TD6 del yacimiento llamado Gran Dolina de la Trinchera del Ferrocarril de la Sierra de Atapuerca se habían encontrado restos fósiles de homínidos. Según las dataciones técnicas de los niveles estratigráficos esos restos podían ser de unos 800.000 años de antigüedad. Después de Homo heidelbergensis de Sima de los Huesos, de unos 250.000 años, en la Cueva Mayor de la misma sierra, ese resultado podía convulsionar la paleoantropología mundial en relación con la llegada tan temprana a Europa occidental de homínidos, además de hacer de Atapuerca un yacimiento único en el globo en cuanto a restos de hombre fosilizados pertenecientes a distintas especies.
       En 1991 con la jubilación de Emiliano Aguirre, la mayor parte de su equipo, al que pertenecí, salieron del proyecto de investigación en Atapuerca, tomando entonces las riendas de la dirección los tres codirectores por todos conocidos. Unos años después, en 1997, yo codirigía con mi amigo y profesor de Didáctica de las Ciencias Experimentales de la Universidad de Zaragoza, José Miguel Calvo, un Curso de Doctorado basado en las reconstrucciones paleoecológicas y su didáctica. Decidimos llevar al alumnado como práctica de campo a Atapuerca. Y aquí comienza una escena que se parece mucho a la que yo mismo describí en mi novela titulada “Proyecto Homo. Atapuerca bajo la amenaza de un complot internacional”, de Ed. Certeza de Zaragoza. Como conocía desde hacía muchos años a personas relacionadas con Atapuerca pude contactar y acordar con Ana Isabel Ortega, arqueóloga y espeleóloga amiga mía del equipo burgalés, para que completara la información que se iba a ofrecer de los yacimientos excavados de la Trinchera de Atapuerca a los alumnos del curso de doctorado. Esperando su llegada en Ibeas de Juarros, localidad cercana al yacimiento, fue enorme mi sorpresa al ver que tres coches llenos de gente paraban a nuestra altura junto a la acera. Era Ana Isabel y varios arqueólogos más que la acompañaban, pues estaban interesados en que yo, como conocedor de la estratigrafía de esos rellenos kársticos, pues fui el encargado de levantar las columnas estratigráficas en su día para muestrear y hacer mi tesis de micromamíferos, les “confirmara” que el nivel donde se habían encontrado los restos del llamado Homo antecesor tres años antes, el TD6, era realmente ese y no otro. Comprenderán lo chocante de la escena en la que alguien ya ajeno a Atapuerca,  y nada menos que tres años después del hallazgo del homínido al que habían paseado por revistas y televisiones, tuviera que confirmarles algo que debería estar solucionado de antemano. ¿Se puede excavar un nivel sin saber exactamente cuál es? ¿Se pueden obtener fósiles sin poder referenciar automáticamente el estrato al que pertenecen? Le contestaré con rotunda certeza que no, que solo sin saber bien lo que se hace se pueden tener reticencias estratigráficas, y más en algo tan trascendental como situar en su contexto temporal y litológico al que se supone es el europeo más antiguo.

       Ante  algo tan inesperado y sorprendente, y permaneciendo completamente hermético ante el grupo de arqueólogos, me dirigí por carta a los pocos día a Emiliano Aguirre para felicitarle por el Premio Príncipe de Asturias, recién concedido, y para exponerle mi sorpresa al “descubrir” esa “aparente falta de rigor” en la toma de datos a pie de estrato que habían tenido y para comentarle además lo que yo había visto en el perfil de los estratos TD6 y TD7 de Gran Dolina. En ellos aparecían señales claras en el sedimento de “desgarres”, ese fue el término que utilicé en mi carta, orientados hacia abajo, donde claramente se veía un cierto  "desplome” de materiales, arrastrando sedimentos hacia abajo, desde los subniveles más altos, y de TD6 y 7, algo habitual en los depósitos de relleno de cuevas. La contestación que recibí de Emiliano fue la que sigue:


       He de reconocer que no me aclaró nada esta contestación, aunque deduje, ante la falta de su habitual claridad en sus apreciaciones, que algo no encajaba en la asignación estratigráfica de los restos de homínido encontrados en Gran Dolina. Y Emiliano lo sabía igual que yo. Todo esto quedó así. Pasó el tiempo y los humanos más antiguos de Europa se hacían un hueco en el conocimiento de la historia evolutiva del los seres vivos, aunque, a nivel de especialistas tengo entendido que no parece que esté tan claro que esos restos fósiles de hombre, con rasgos óseos faciales y craneales posiblemente antiguos  sean asimilables a los que presenta su  dentición, por lo que no resultan ser del todo convincentes las conclusiones de su estudio para algunos antropólogos.
       A los años, en concreto en el 2003, Emiliano y un grupo de su antiguo equipo de Atapuerca, los “exiliados” como algunos nos denominaban, fuimos a dar una serie de charlas informativas respecto a las aportaciones que en la investigación del Pleistoceno se habían hecho desde el trabajo de investigación de  Atapuerca.  Ese  año las charlas se realizaron en la Universidad  privada de Segovia, SEK, curso que dirigió D.  Helio Núñez. Al terminar mi charla sobre estratigrafía y micromamíferos de Atapuerca, y durante un receso para almorzar, se nos acercó una persona que, según dijo, y cito textual : ” tenía muchas ganas de conoceros pues había oído hablar mucho de vosotros”. Pidió compartir mesa con el grupo y fue allí donde nos relató algo verdaderamente asombroso. Su pareja sentimental había estado como excavadora en el nivel TD6 de Gran Dolina precisamente el año 1994, en el que se obtuvieron los restos de Homo antecesor, sin recordar ella que en ningún momento se sacaran restos de homínidos en ese nivel. Toda la historia del hallazgo de hombre y minuciosa excavación en la famosa “capillita” del subnivel “Aurora” del TD6 de Gran Dolina, que tantas veces ha sido aireada por miembros del equipo, parecía ser, por tanto,  pura ficción. Lo que sí recordaba con claridad era el sobresalto que se llevaron un día los paleontólogos en el “laboratorio” de campo instalado en Ibeas de Juarros donde, revisando y clasificando los fósiles conseguidos durante la jornada de trabajo, comprobaron que eran humanos unos fragmentos óseos del nivel TD6 determinados en el  yacimiento como  tortuga. Además, el nivel TD6 contiene restos de un roedor, Mimomys savini, que ya cité en mi tesis en 1987, y que al parecer se buscó apresuradamente junto a los restos de homínidos para asegurar la antigüedad del estrato, pues es una especie que desaparece hace casi 600.000 años. De saber con claridad que el estrato que se excavaba era el TD6, la datación estaba ya dada con el roedor, no haciendo falta buscarlo de nuevo junto al hombre. ¿Qué significaba todo esto? 

Recontrucción paleobiológica de H. antecessor.
        No sigo. Que cada uno saque sus propias conclusiones. Solo me queda decir y expresar mi deseo de que las filogenias humanas que se proponen desde la ciencia al conocimiento humano estén realizadas con criterios basados en la honestidad y rigor científicos. Pero antes de terminar les recomiendo que lean el siguiente párrafo de Emiliano Aguirre sobre el hueco que le hace a esos homínidos de Gran Dolina en el panorama evolutivo de los seres vivos. Pertenece a su discurso inaugural en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de 2011:



viernes, 4 de noviembre de 2011

Memorias de Atapuerca con Emiliano Aguirre.

Emiliano Aguirre Enríquez




A modo de introducción...


     No   pretendo con esta entrada hacer aquí otra biografía científica de Emiliano Aguirre al estilo de las muchas ya existentes. De ser así tendría que ocupar mucho tiempo y espacio escrito, y no diría nada que no se hubiera publicado ya. Prefiero "comentar" solo  algunas de las muchas experiencias personales que viví junto a Emiliano especialmente durante los años que pertenecí al Proyecto Atapuerca, desde 1980 hasta 1991. Experiencias que no tienen por qué ser de carácter científico, algunas sí que lo son, sino más bien un repaso desde mi memoria y vivo recuerdo  de episodios muy queridos e íntimos para mí durante aquellos maravillosos años trabajando junto a él en Atapuerca.
     Es posible que muchos no conozcan en absoluto al personaje, aunque he de decir que los que me han rodeado, familiar y profesionalmente hablando, seguro que me han oído nombrar a Emiliano Aguirre miles de veces al contar anécdotas de Atapuerca o al referirme  a él como mi "amado jefe" o un "grande" de la ciencia de estos tiempos.  A otros muchos les suena el nombre de Emiliano Aguirre por relacionarlo únicamente con el famosísimo yacimiento de Atapuerca, en la provincia de Burgos. Él fue quien comenzó las investigaciones sistemáticas en el año 1978, justo el año en el que ejercía como catedrático de paleontología en la Universidad de Zaragoza, teniendo yo la inmensa suerte de ser su alumno de Paleontología General, en 2º de carrera. También se le conoce, y ya en un ámbito más cerrado y científico, por haber sido uno de los pioneros en la investigación en Paleontología de Vertebrados y Humana en España, en las difíciles épocas de los años 60 y 70 del pasado siglo, siendo sus trabajos científicos y de divulgación  muy bien considerados por la comunidad científica internacional.

     Hasta el año 1991, fecha de su jubilación formal, pues sigue investigando y publicando, me atrevería a decir que más que nunca, desarrolló y fijó unas bases de investigación interdisciplinar en el proyecto de Atapuerca difíciles de ver reflejadas en otros sitios de investigación prehistórica, incluyendo ahí los lugares investigados por algunos de sus discípulos. En 1997 se otorgó el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica a Emiliano y su equipo, al que tuve el honor de pertenecer.



Atapuerca. Trinchera del Ferrocarril.


Los inicios en Atapuerca: 1978 y 1980.

    
     Desde su cátedra de paleontología de la Universidad de Zaragoza Emiliano Aguirre organizó la primera campaña de excavación en la Trinchera del Ferrocarril de la Sierra de Atapuerca. Allí fuinos a excavar varios de los que componíamos entonces su grupo de alumnos de paleontología de 2º de geológicas. La mayor parte del tiempo se ocupó en trabajos de infraestructura básicos, como limpiar de vegetación la parte superior de Gran Dolina, uno de los registros estratigráficos más famosos de Atapuerca, o comenzar a reducir los numerosos amontonamientos de tierras de la después llamada Cueva de los Zarpazos y Galería, también en la trinchera. Eran los inicios de la excavación y todo el mundo comprendía las penurias económicas para afrontar los innumerables gastos que un proyecto así generaba, compensados por el gran entusiasmo juvenil y vitalidad que se puso al servicio de la investigación.




Relleno sedimentario de Cueva de los Zarpazos, Galería y Tres Simas, Boca Norte, en la Trinchera del Ferrocarril de la Sierra de Atapuerca. Año 1980.

    
      Fue en 1980 cuando empezó, digamos, "en serio", el proyecto de investigación. En el proyecto de Emiliano figuraba también el paleontólogo del Instituto Jaume Almera de Barcelona, Dr. Francisco Villalta, así como se incorporó también el arqueólogo Eudald Carbonell. En esos primero momentos se acertó en el diseño de una excavación en rellenos kársticos ordenando las intervenciones desde un conocimiento geológico y estratigráfico de esos rellenos, pasando por los muestreos preliminares de sedimento, nivel a nivel, para ver su potencial paleontológico, hasta la excavación sistemática de niveles con técnicas arqueológicas. Este orden y proceso metodológico en una excavación prehistórica, muy lejos de ser lo habitual en otros lugares, marcó una pauta de actuación interdisciplinar que ha permitido obtener los resultados científicos que se conocen  de Atapuerca gracias a la visión integradora y moderna de Emiliano Aguirre.



Atapuerca, 1980. Vaciado de sedimento estéril de la Cueva de Los Zarpazos.
Foto hecha por Emiliano Aguirre con mi cámara.
De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Manolo Hoyos, sedimentólogo del CSIC; Juliá, estudiante de arqueología; Carlos Díez, estudiante de arqueología; Eudald Carbonell, arqueólogo; Dr. Francisco Villalta, paleontólogo del CSIC; Javier Cuchí, estudiante de geología; Aurora Martín, arqueóloga; Enrique Gil, estudiante de geología; Esteba, estudiante de arqueología; Rodolfo Gozalo, estudiante de geología.




En la década de los 80.

      El año 1982, recién licenciado,  Emiliano  confió en mi persona al encomendarme la realización de una tesina de licenciatura en Atapuerca. Se trataba de estudiar los fósiles de micromamíferos de los primeros niveles fértiles de la Cueva de Los Zarpazos, dirigida por Carmen Sesé, especialista en micromamíferos del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid,  e involucrada también en el proyecto burgalés. Eran momentos de tantear el gran potencial paleontológico de Atapuerca comenzando a realizar pequeños trabajos de investigación en los numerosos rellenos kársticos de la trinchera, con el fin de situar claramente, en cuanto a registro fósil y edad allí representada, el intervalo de tiempo que representaban estos restos en sus agrupaciones de estratos. Ese pequeño esfuerzo dio paso a plantearse que hiciera a continuación mi tesis doctoral sobre bioestratigrafía de roedores de todos los rellenos kársticos de la trinchera excavados por aquel entonces: Gran Dolina y Complejo Tres Simas. Fue leida en 1987 en Zaragoza con la presencia en el tribunal de grandes especialistas en mamíferos fósiles europeos, aparte de la presidencia de Emiliano Aguirre, como Nieves López, de la Universidad Complutense de Madrid, y Albert van der Meulen, de la Universidad de Utrech (Holanda).



Niveles estratigráficos diferenciados en el perfil de Galeria (Complejo Tres Simas). Trinchera del Ferrocarril,  Atapuerca.





En plena faena de investigación en micromamíferos. 1984.

En la furgoneta de la excavación rumbo al río Arlanzón con sedimento para lavar.
Carmen Sesé, mi directora de tesis, y detrás Enrique Gil y Robert Sala, arqueólogo.
(Las piernas son de Gerardo Benito, geomorfólogo) 1984.


     Durante los años de realización de mi tesis, desde 1983 hasta 1986, fue necesario hacer uno de los trabajos geológicos principales y necesarios para obtener un buen resultado paleontológico: la estratigrafía de los rellenos sedimentarios. El muestreo de esos materiales sedimentarios por niveles requería de unas labores previas de limpieza y perfilado de los rellenos kársticos, para lo que era necesario contar con la ayuda y visto bueno contínuo de Emiliano para todas las propuestas que se le hacían. Él se encargaba con entusiasmo y decisión de solicitar la ayuda de las autoridades militares de los acuartelamientos cercanos y de gestionar la contratación de máquinas excavadoras para cortar los niveles y ver así su potencia y desarrollo horizontal, lo que facilitaba enormemente su descripción y posterior muestreo. Ese estudio geométrico-descriptivo de los niveles resultó más complicado de lo esperado, contando en todo momento con la ayuda y opinión de Emiliano Aguirre y mis amigos Rodolfo Gozalo, Javier Cuchí, Gerardo Benito y Ernesto Lanchares, que me acompañaron durante varios años en la excavación hasta 1986. En 1987 y 1988 Ana Rosa Soria y Jorge Muñoz formaron también parte del equipo de Zaragoza en Atapuerca. La arqueóloga y miembro del grupo de espeleología Edelweis de Burgos, Ana Isabel Ortega, se encargó de coordinar el impresionante y arriesgado trabajo de acercamiento del andamiaje hasta el sedimento, en especial de Gran Dolina, para el muestreo.



Rodolfo Gozalo observando la acción de la pala excavadora perfilando Galería, 1982.


Andamiaje de Gran Dolina. 1982.

     Durante los primeros años de la década de los 80 siguieron incorporándose al proyecto de investigación muchas personas, algunas de las cuales hoy en día son populares, como José María Bermúdez de Castro y Juan Luis Arsuaga, especialistas en paleoantropología. A este último  me encargó Emiliano que le enseñara y pusiera al día de los avances que teníamos en estratigrafía de Gran Dolina y  Galería, con el fin de avanzar coordinadamente en todos los frentes de excavación abiertos. Con Emiliano no solo se trabajaba excavando, sino que se participaba activamente en las decisiones a tomar en los "fuegos de campamento" que habitualmente hacíamos todos los participantes para estar al día de todos los avances y hallazgos que se hacían en el desarrollo de la excavación, con lo que todos los integrantes del equipo comprendíamos la necesidad de actuar de una u otra manera en el yacimiento.




 Foto hecha por José María Bermúdez de Castro del equipo de excavación en 1984. Fila de arriba, de izquierda a derecha: Marian Cañas, Ana Isabel Ortega, Aurora Martín y Enrique Gil; Nuria y Robert Sala. Fila central: Juan Luis Arsuaga, Antonio Rosas, Gerardo Benito, Yolanda Fernández Jalvo y Carlos Díez.
Fila inferior: Almudena García, Emiliano Aguirre, Alicia Cañas y su amiga, Eudald Carbonell.

      
      De sobras son conocidos los restos de homínidos de Gran Dolina, en el nivel TD6, que se han determinado como Homo antecessor. Estos fósiles se obtuvieron en la excavación del año 1994 dentro del programa de excavación sistemática por niveles que se venía haciendo desde el inicio del proyecto de Atapuerca. Por eso mismo resulta muy significativo el siguiente dato que ahora voy a revelar. En las  imágenes  siguientes se muestra una representación gráfica de la estratigrafía de la Gran Dolina de Atapuerca. Ese dibujo  es de 1986. Hasta ahí nada anormal o extraño, pues para esas fechas teníamos muy bien controlado el registro estratigráfico de los rellenos de la trinchera. El dibujo, aunque los datos los tomáramos entre los dos, es de Emiliano, y en él se muestran los lugares de donde se extrajo sedimento para el muestreo que sirvió entonces para hacer  datación paleomagnética de esos niveles de Gran Dolina. Si se fijan bien, a la altura del nivel TD6, a la derecha del gráfico se ve, con letra de Emiliano la anotación "ocup. hu?". ¡Si, sí, están viendo bien! En el año 1986, Emiliano Aguirre ya sospechaba o presuponía que  el nivel TD6 de Gran Dolina era un buen nivel para contener restos fósiles de hombre prehistórico, y lo dejó anotado. ¿Cómo se quedan?


Perfil estratigráfico de Gran Dolina realizado por Emiliano Aguirre y Enrique Gil, con los lugares de muestreo para datación paleomagnética.




Emiliano Aguirre: anotación "ocup. hu?" en TD6.

     También durante los años 80 se afianzó el estudio de todos los grupos de vertebrados fósiles de Atapuerca. Numerosos especialistas se hicieron cargo de su estudio, permitiendo así recomponer los decorados paleoecológicos sucesivos en el tiempo que podían deducirse para nuestros antepasados prehistóricos. Jorge Morales y Loli Soria, para carnívoros; Enrique Soto, Begoña Sánchez y Esperanza Cerdeño para herbívoros; Carmen Sesé y Enrique Gil  para micromamíferos; Antonio Sánchez para aves; y Borja Sanchíz para anfibios y reptiles. La cantidad de personas relacionadas con la investigación de las diferentes parcelas científicas crecía a gran velocidad y siempre, Emiliano, desde su coordinación, se encargó de que la interdisciplinaridad con arqueólogos y paleontropólogos fuera efectiva y verdadera, creando un ambiente en el que todo el mundo se podía sentir miembro de un mismo equipo.



 Haciendo "gestiones" por Burgos en 1983. De izquierda a derecha: Enrique Soto, Enrique Gil, Javier Cuchí (detrás), Aurora Martín, Rodolfo Gozalo, Inmaculada Rus, Emiliano Aguirre. Sentada: Almudena García.



A partir de los 90.

     El año 1992 fue especialmente rico en hallazgos paleontológicos en Atapuerca, en especial en la Sima de los Huesos, de Cueva Mayor. Varios cráneos humanos de Homo heidelbergensis, algunos muy completos, se exhumaron del osario de la sima. Aunque Emiliano se había jubilado ya en 1991, y la investigación en Atapuerca no estaba en sus manos, casi nadie duda que solo fue posible al gran trabajo de coordinación democrática de la que dio ejemplo durante todo el tiempo en que dirigió Atapuerca. Pocos años después, en 1994, se encontraron en el nivel TD6 de Gran Dolina los restos de un homínido (Homo antecessor) en niveles de mayor antigüedad que los de Sima de los Huesos. Lo de Atapuerca era ya imparable, explotando de éxito científico con el reconocimiento a Emiliano Aguirre y su equipo en 1997 con el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica.

     También en esa ocasión Emiliano dio muestras de su gran calidad humana al registrar dentro de "su equipo de premiados" a las personas que estuvieron con él desde los inicios de la investigación en Atapuerca, entre los que me incluyo.






     Son muchos los recuerdos de Atapuerca que aún me quedan en la memoria vividos junto a Emiliano Aguirre. Aquí únicamente he citado unos pocos hechos y anécdotas que permiten intuir alguna de las múltiples sensaciones que él transmite. Por último, creo importante reseñar  que en  la población zaragozana de Ricla, en el año 2009, se rindió a Emiliano Aguirre un homenaje muy especial de reconocimiento a su gran labor, tanto fuera como dentro del marco de las Jornadas de Paleontología Aragonesa que allí se celebran desde hace muchos años, y en las que él participa activamente. Su buen amigo médico Javier Castellano se encargó de recoger de muchas personas que quieren a Emiliano una aportación escrita para ser publicada en un volumen monográfico con ese contenido: recuerdos emotivos vividos con o cerca de Emiliano.  

     Transcribo aquí  mi aportación personal a esa publicación, referida a una preciosa anécdota que ocurrió en Atapuerca en 1984:




           Me resulta muy difícil seleccionar una anécdota  de las muchas que recuerdo haber vivido junto a Emiliano. Las hay de todo tipo: divertidas, serias, entrañables… pero la que describo a continuación no es fácil de calificar pues es de las que llegan directamente al corazón y te hacen vibrar.

 Sucedió en el verano de 1984 en Atapuerca. Todos estábamos ansiosos por descubrir en el marco del proyecto de investigación en el que participábamos algún fósil de hombre en la Trinchera del Ferrocarril o en la Sima de los Huesos. Pero se hacían de esperar. Eran muchos los sacos de sedimento de la Sima que se lavaban a diario en el río Arlanzón por el equipo de micromamiferistas que allí estábamos, aunque los fósiles de homínidos no aparecían. Pero una tarde de lavado, y justo antes de una visita de Eudald Carbonell con más sedimento, ocurrió lo esperado. Habíamos encontrado la primera pieza dentaria de hombre del proyecto de Atapuerca. La alegría fue inmensa. Y la ilusión se desbordó aquella noche en la cena de la excavación. Sin embargo, y en una reacción confusa para nosotros, Emiliano permanecía callado y serio. Aunque nos extrañó, pensamos que diría algo más tarde, durante los paseos de las largas veladas en Ibeas de Juarros, sede del equipo. Pero no fue así. En los postres, que regamos en esa ocasión con cava, oímos un tintineo de copas. Era Emiliano que reclamaba nuestra atención. Estábamos expectantes. Y fue entonces cuando nos llevamos verdaderamente la gran sorpresa del día. Comenzando a hablar con sus entonces típicos “bueno, bueno” levantó su copa para hacer un brindis. Por supuesto, dijo, se alegraba de que, por fin, hubiéramos encontrado restos de hombre en Atapuerca, pero que no sólo brindaba por ello, sino que sobre todo lo hacía por su equipo de excavación, pues era por quien verdaderamente merecía la pena brindar.

El silencio fue sepulcral durante unos interminables segundos. No hubo estallido de júbilo y nadie hizo ningún comentario mientras brindábamos. Varios nos miramos muy emocionados, y no porque nos dijera eso Emiliano, sino por ser conscientes de tener la gran suerte de estar ante un verdadero gigante como persona y poder compartir con él uno de los momentos más emocionantes de nuestras vidas.

Son innumerables las veces que yo he contado esta anécdota a familiares y amigos como ejemplo de “tener clase” en la vida, y todavía me estremezco al recordarla, aunque sea la primera vez que la comparto con Emiliano públicamente, pues formaba parte de mi archivo íntimo. He sido un gran afortunado al conocer a alguien así.

 Brindo por ti Emiliano.




                                              

Enrique Gil Bazán



Ricla (Zaragoza), 2008. De izquierda a derecha: Cristina Gil, Mercedes González,Enrique Gil, Carmen Bule, Emiliano Aguirre, y Enrique Gil, hijo.