¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Zaragoza, Aragón, España.

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sábado, 24 de octubre de 2015

Atapuerca en el IES María Moliner de Zaragoza.



     Desde el año 2003 hemos dado en multitud de lugares charlas en relación con lo que se ha hecho en Atapuerca desde los comienzos de la intervención en esos yacimientos en 1978. El profesor Emiliano Aguirre, director y propulsor de la investigación en Atapuerca, y  Premio Príncipe de Asturias de Ciencia y Tecnología del año 1997, me llamó a finales del año 2002 para que junto a él, y con Carlos Díez, arqueólogo, Raquel Mosquera, también arqueóloga del equipo, y  Pilar Julia,  paleoantropóloga, diéramos desde entonces,  a través de charlas coordinadas, una visión coherente de lo que han supuesto para el conocimiento del Cuaternario los hallazgos de Atapuerca, en la provincia de Burgos. Así se ha hecho durante varios años por toda España.
     Además de la Diputación de la Coruña y la Universidad SEK de Segovia, mi charla sobre la situación geológica, la estratigrafía y la paleontología de vertebrados de los yacimientos de Atapuerca  he podido impartirla en muchos institutos, asociaciones, colegios, y en actos académicos organizados en salas de la Diputación General de Aragón. Siempre gustoso de hablar de Atapuerca, me propuse dirigir esta intervención como un acercamiento de la paleontología hacia la gente llana interesada que oye hablar de estos sitos emblemáticos sin saber muy bien qué es lo que allí se ha encontrado ni la repercusión científica que ha tenido, y, a la vez, teniendo claro que se debía estar muy lejos de posiciones egocéntricas y elitistas,  como muchas a las que nos tienen acostumbrados algunos de los actuales responsables de la investigación en el yacimiento burgalés.
Fachada del IES María Moliner, en Zaragoza.
     Pero aunque la divulgación científica realizada por ese equipo primigenio de Atapuerca, dirigido por Emiliano Aguirre,  es un hecho en el que he estado involucrado directamente en el último decenio, tenía  (tengo todavía…) una espina docente clavada. Me refiero al hecho de no poder haber transmitido aún a mis queridos exalumnos del IES María Moliner de Zaragoza la charla sobre Atapuerca, tal y como está montada y diseñada en la actualidad, pues dejé de verlos en el año 2002.
     Espero sacar esa espina en breve. En uno de los contactos recientes que he tenido con alguno de esos exalumnos (en concreto el eficiente, gran persona, y siempre dispuesto Paco Nicolás) se ha podido acordar que se podría organizar el dar la charla en el instituto María Moliner para todos ellos. Así va a ser, al fin,  estando previsto que sea el día 5 de noviembre en el precioso salón de actos de ese centro educativo. Seguro que además de hablar de Atapuerca hablaremos también de multitud de anécdotas vividas allí que, desde distintos puntos de vista, todos recordaremos con agrado.
     No tengo claro si la labor docente con unos alumnos acaba cuando dejas de ser su profesor, como muchos de mis colegas actuales dicen. Creo que no. Yo era terriblemente joven cuando les di clase a los chicos del María Moliner, pero parece que fue ayer cuando dejé de verlos y de enseñarles algo de geología. Y no les olvido. Por eso, en su plena edad de madurez personal, es del todo gratificante que hayan querido organizar este encuentro en el que, con la excusa de hablar de Atapuerca, volvamos a estar juntos en un centro que tantas experiencias de vida nos dio a todos. ¡Nos vemos en el María Moliner…!

jueves, 3 de septiembre de 2015

De nuevo es noticia el barrio Oliver de Zaragoza.



IES María Moliner de Zaragoza.
     Vuelve a aparecer el barrio Oliver de Zaragoza en la prensa por problemas con algunos peculiares vecinos. Y vuelven a sorprenderse. Les parece increíble y sorprendente (enlace a la noticia de prensa) que pasen cosas como que críos de entre 8 y 15 años asalten y agredan a personas mayores; o que se incendien habitualmente contenedores de basuras u otro tipo de vandalismo; o que se viva en una situación  de inseguridad y miedo en sus calles. Nadie ha hecho nada hasta ahora. Y siguen sin enterarse de que es un problema de educación
     Educación a dos niveles: a nivel familiar y grupal por un lado, y en los centros educativos por otro. La inmensa experiencia que acumulé durante 11 años trabajando en el IES María Moliner, el instituto del barrio, me hizo despertar a muchos aspectos sociales que jamás había vivido, ni soñado. La acumulación de personas de raza gitana en el barrio con la consiguiente legión de asistentes y trabajadores sociales procedentes de distintas instituciones es uno de los principales problemas para solucionar el estado de “excepción” con el que allí se vive desde hace lustros. No es posible tener allí, en plan “guetto”,  a un colectivo de gente que, por desgracia, solo piensan en que les den algo para vivir, trapichear, salir del paso, o camuflarse, eso sí,  en un rincón apartado de nuestra sociedad. Y claro, si para suministrarles de todo lo que les es necesario hace falta crear un montón de plazas para personas cuya profesión es “ayudar” a las familias necesitadas, pues se crean, sirviendo así ese colectivo de freno social a la protesta o a la indignación por estar así hacinados, haciéndoles creer que son muy bien tratados por una sociedad que supuestamente les ampara y contempla.
Vandalismo en el barrio Oliver de Zaragoza.
 
     Entre la marginalidad del barrio Oliver  se encuentra el colectivo gitano (es allí el mayoritario), que  fue durante muchos años el objeto y  "niño mimado" de la acción social zaragozana . No se les forma ni reestructura su forma de vida (en muchas ocasiones caótica) pero sí se les proporciona vivienda, subvenciones, ayuda social, colegio y manutención a su gran  prole, a cambio de no molestar,  estando así  aparcados, retirados y aislados  de una sociedad  que se empeña en decirles cómo se tienen que comportar cuando salen del guetto. Se les da sin pedir nada a cambio, o como mucho, un comportamiento "ejemplar" (de payo) que por supuesto  no sale de muchos de ellos, no sé si por naturaleza o costumbre, y que no están por la labor de hacer, lo que les impide relacionarse e imbricarse con el resto de la sociedad.
     En lo que respecta a la  educación a nivel de primaria y secundaria en el barrio los resultados sociales no pueden ser más desastrosos para este colectivo tan desfavorecido, por no decir engañosos. Durante las innumerables visitas y protestas que se hicieron desde el equipo directivo del instituto en la década de los 90 y la primera parte de los 2000 al Servicio de Educación aragonés, controlado por el PP ó el PSOE, daba igual, no se movió un dedo para acabar con la concentración masiva de alumnado con “necesidades educativas especiales”, y conflictivo, en los centros públicos del barrio. La sugerencia que se hacía era que, en aplicación de la ley, se repartieran estos alumnos entre todos los centros subvencionados con fondos públicos, lo que incluye al remilgado colegio religioso concertado de las “claretianas” de la entrada al barrio. Como contestación sólo se escuchaba que los padres tenían libertad de elección de centro… ¡Valiente libertad! ¡Solo cuando hay igualdad de condiciones es cuando se elige en libertad! Si se tiene que elegir entre algo muy bueno para tus hijos y algo muy malo, la elección está clara. Por eso el instituto se llenaba de alumnos con muchas (demasiadas) necesidades y conflictos personales, a la vez que a los privados concertados no iba ni uno.  La situación fue empeorando a finales de los 90 y llevó poco a poco  a la insostenibilidad del centro  que aplicaba (aunque con muchas modificaciones) el tipo de enseñanzas regladas que son las que caben, a mi juicio, en un instituto, y por tanto se nos ofreció en el año 2002 a todo el profesorado del centro la posibilidad de salir de allí, pues se cambiaba el modelo de enseñanzas que a partir de ese momento se iban a impartir. No se plantearon repartir alumnos “especiales”, había que tenerlos a todos recogidos y escondidos. La hipocresía política aplastó un posible acuerdo de solución para el barrio. Por supuesto, nos fuimos.
Más vandalismo en el barrio.
     Los años siguientes el centro se dotó con un equipo directivo en comisión de servicios y muy “dispuesto” a solucionar los problemas internos, además de unos cuantos sufridos profesores que por no estar en el destino de un pueblo dando clases se volvían a la ciudad en plan kamikaze, aunque fuera al María Moliner. De estos últimos raro es el caso que haya durado más de un año en comisión de servicios, y el equipo directivo ha ido cambiando cada poco tiempo por “reajustes” orgánicos. Pues bien, aún se atrevió esta gente a desprestigiar la labor de los que nos habíamos ido cuando consiguieron un premio nacional a la convivencia, desarrollado con su mimado colectivo marginal del  “instituto”. Desde luego que desde que se cambió al profesorado ya no se volvieron a leer en prensa nuestras quejas y reivindicaciones respecto al reparto del alumnado, ni hubo más visitas de protesta a la Consejería de Educación. Se calló todo. Se consiguieron premios de convivencia y la estancia allí parecía propia de un mundo feliz. ¡Qué maravillosos profesionales! Objetivo cumplido entonces: la gente difícil y conflictiva (por muchos motivos) estaba finalmente domesticada. Un gran logro, sin duda. Sin embargo, estábamos informados por personal interno y externo al centro que eso no era así. Que nada más lejos de la realidad. Que el ambiente interno seguía igual o peor que cuando lo dejamos nosotros. Que parecía todo más bien una especie de pantomima de cara a la galería.
     Por suerte tuve y sigo teniendo buena relación con muchos de mis queridos exalumnos no gitanos que también vivieron y sufrieron esa época en el instituto. Muchos de ellos siguen viviendo en el barrio y otros se han marchado de allí aunque mantienen relación con amigos y familiares que todavía habitan en el Oliver. Me cuentan que las cosas siguen muy parecidas a entonces. Algunos incluso se sublevan al ver cómo actualmente en la prensa se siguen aireando los trapos sucios del barrio sin que nadie ponga remedio a la situación. Solo les puedo recomendar que no caigan en la simple trampa de querer solucionar estas situaciones de agresiones y vandalismo con fuerza bruta y violentamente. Seguro que detrás de la noticia hay alguien que quiere más revuelos y alborotos... Debemos estar todos convencidos de que únicamente un sistema educativo integrador de estos colectivos puede dar el resultado deseado por todos. No hay que recurrir al enfrentamiento étnico ni grupal. Hay que educar, pero bien. Y si para ello hay que recurrir a la protesta social para que se deje de una vez de acumular intencionadamente a un colectivo poco integrado, pues se protesta y se reivindican acciones que hasta ahora brillan por su ausencia. Habrá que coger el toro por los cuernos de una vez. Echo de menos una buena asociación vecinal que se plante y deje de conformarse con pequeños logros y prebendas de las instituciones y se enfrente por fin a la situación. Es necesario un órdago a la grande.

     Los desgraciados acontecimientos que han salido ahora, nuevamente, en prensa demuestran que queda mucho por hacer en el barrio Oliver. Quizás se consigan resultados para la generación siguiente  si se consigue un verdadero apoyo institucional y la participación de todos.
Los vecinos del barrio Oliver con el nuevo alcalde
de Zaragoza buscando soluciones a la situación creada.

lunes, 13 de enero de 2014

Los misioneros del barrio Oliver de Zaragoza.



     No sé como caerá esto. Es una reflexión sobre la ayuda y educación que se puede ofrecer a los barrios un tanto desfavorecidos de las grandes ciudades, o eso pretende. Sin grandes frases, sin terminología incomprensible, o señalando el camino a nadie sin decir nada, como algunos iluminados y sesudos pensantes, aunque muy religiosos, suelen hacer. Veamos.
     Gracias a trabajar más de una década de mi vida, los años 90, en el instituto del barrio Oliver de Zaragoza  pude darme cuenta de muchas cuestiones sociales que hasta entonces desconocía. Y no solo por la obligada convivencia en el centro con multitud de chavales de raza gitana,  desconocidos para mi, sino por sufrir un gran choque conceptual entre pensar y estar convencido de qué es lo que se debía hacer allí socialmente, en una época en la que la igualdad y solidaridad entre todos era muy tenida en cuenta, y lo que después se hacía desde algunos estamentos oficiales. Ese choque hacía ver que la realidad ideal ofrecida en los programas electorales de partidos progresistas no era, ni mucho menos, lo que después se ponía en práctica, por esos mismos partidos, en  el trato y aplicación de normativas a la gente con serios problemas personales, familiares y sociales.
Viviendas tradicionales del barrio Oliver, Zaragoza.
     Por un lado, y tal y como me advertía mi amigo y compañero del instituto Simón Perulán, el cura del centro, tuve que empezar a separar entre “buena gente” y “gente humilde y pobre”. En mi fuero interno esos dos conceptos siempre habían estado unidos. Desde luego, con  el paso por ese instituto me quedó clara la diferencia. Y por otro, todos mis sentidos fueron atraídos por una fuerza que me hacía ver cada vez también más clara, aunque  con impotencia, la gran variedad de necesidades humanas que muchas familias del entorno tenían. Y no eran necesidades académicas, precisamente.
     Podría contar miles de anécdotas, unas más graciosas que otras, y muchas,  tremendamente desgraciadas. De todas ellas hubo varias que me impactaron lo suficiente como para que no se me olviden mientras viva. Recuerdo cómo en una ocasión vino a vernos (estábamos en el equipo directivo del centro) una madre, de profesión prostituta, en condiciones físicas, estéticas, deplorables, para pedirnos que hiciéramos lo posible para que su hija pequeña, de 13 años entonces, no terminara como ella, pues se había enterado que por las tardes se prostituía también por  “los portales de barrio”. No pude olvidar aquella entrevista durante mucho tiempo. Y la tenía ya casi olvidada cuando en unas compras navideñas de hace unos pocos años en una tienda de ropa se me acercó una preciosa dependienta y me dijo. “eres Enrique, ¿verdad? ¿te acuerdas de mi?  La verdad, casi lloro de emoción cuando le dije lo que me alegraba de verla allí, trabajando en algo digno. Tranquilos, no cuento más anécdotas, que me afectan mucho…, demasiado. Pero eso es lo que había,… y en abundancia.
Imagen del barrio Oliver de Zaragoza en sus orígenes, en los años 50/60.
     También me decía Simón que él, que había estado allí desde los años 60, en plena efervescencia del franquismo intolerante, controlador  y excluyente de este tipo de personas desfavorecidas, como las primeras oleadas de llenado del barrio, no pudo nunca deshacer el nudo de la opresión social, aun intentándolo en muchas ocasiones, sin ayuda de nadie, sintiéndose solo. ¡Cómo sería en los 60 y 70 cuando en los 90 vi lo que vi en la zona! ¡No me lo puedo imaginar lo que pasaría allí o en la multitud de barrios marginales de nuestras ciudades!
     Y sin embargo,  era la misma época en la que muchos “llamados” por  su Dios abandonaban nuestro país para ir a las misiones por los lugares más recónditos del planeta. Es curioso, la verdad. Recientemente hemos tenido la ocasión de asistir al estreno de la producción española cinematográfica sobre la vida, o parte de ella, de Vicente Ferrer. Seguro que han oído hablar del personaje.  La película refleja, en especial,  su vida en la región seca y con pocos recursos del Este de la India,  magnificando  la gran gesta de ayuda y dedicación de este jesuita hacia los segmentos más humildes y desfavorecidos de la población de esa zona. Acompañado de un compañero jesuita, un traductor de dialectos locales (¿pagado por quién?) y una jovencita que más tarde sería su esposa, comienza una entrega personal para reflotar esas comunidades casi deshauciadas, que a simple vista, parece representar  la reencarnación de un nuevo mesías. Pidiendo grano de cereal a empresarios extranjeros del lugar, engatusando (o manipulando) a los incultos aldeanos para que colaborasen en las tareas físicas, y teniendo sus necesidades vitales cubiertas, esa demostración de bondad infinita, (aunque autoritaria y poco respetuosa con las costumbres locales en mi opinión), poco a poco, hicieron que se fuera fraguando el germen de la fundación que lleva su nombre y que hoy es receptora de grandes cantidades de recursos y donaciones. Y todo sin doblar mucho el espinazo y mandando mucho, por lo que se ve en la película.
     Lejos de criticar la “ingente” labor realizada por este hombre en la India, se me ocurre pensar qué habría pasado si en vez de irse tan lejos a hacer el bien por los demás, se hubiera pasado en esa misma época  por el barrio Oliver de Zaragoza, o por cualquier otro de la ciudad que se quiera elegir, y, como decimos por aquí, se hubiera “emprendido”, con toda su labia, “rasmia”, saber hacer, entrega a los demás y posibilidad de obtención de recursos, a hacer algo por la marginación nuestra, la nacional, la de aquí. ¿O eso no estaba en la hoja de ruta preparada por Dios para él? Seguro que es mucho más glamuroso y de nivel internacional el dedicarse a los indios de la India, desde luego, pero por “lo casero” esta gente pasó de largo, incluso con desdén, como dice (o le ponen en su boca en la película): “en España se pasan la vida comiendo y hablando”. ¡Qué majo! Claro, se tuvo que ir a la India, que los resultados son mucho más efectivos y se come menos…

Equipamientos culturales actuales del barrio.
     Aquí, sin embargo, se quedó Simón Perulán, y el sacerdote Carbó en la parroquia. Y se fundó un instituto de bachillerato para que la gente del barrio que pudiera (una minoría) se culturizase (en los 70). Y luego llegamos nosotros, en los 90, y vimos en buena parte  del barrio lo que se había visto allí siempre: marginación, mucha miseria, pobreza, falta de principios morales, hacinamiento… Excepto a Leandro Sequeiros, catedrático mío de paleontología que vino un año a dar una conferencia sobre evolución al instituto, invitado por el programa educativo Ciencia Viva (cobrando), nunca vi a ningún otro jesuita por el barrio, ni tan santo y comprometido como Vicente Ferrer, ni algo menos. ¿Será que los jesuitas necesitan pobres de solemnidad para darse en cuerpo y alma? ¿Será  que necesitan desarrollar sus “proyectos” misioneriles con el fin de alcanzar una realización personal, y en definitiva, su “nirvana”? ¿Aquí eso no se puede llegar a alcanzar?
     Es igual, nos da igual.  Y aunque  queda mucho por hacer todavía el uso y aplicación de políticas y acciones sociales y solidarias en los últimos lustros, sin doctrinas, ha permitido que el barrio Oliver tenga hoy en día otra cara, con una población emprendedora, cambiada, respetada, y con ganas de prosperar en sus vidas, a pesar de las dificultades, y sin echar de menos sotanas de ningún color, ni actos en los que se termina cantando “Viva la Gente”. La solidaridad y la justicia social se abre paso, a pesar de todo.
 

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El miedo a enseñar

IES María Moliner. Zaragoza.
Quiero dedicar esta entrada a todos mis antiguos alumnos del IES María Moliner de Zaragoza, siempre en mi recuerdo.

       Llevo muchos años enseñando en secundaria, en concreto en la especialidad de Biología y Geología, en ESO y Bachillerato, y he pasado por muchas situaciones que podría calificar de  difíciles, en el sentido de tener que arremangarse para poder dar las clases. En especial en el instituto María Moliner, del barrio Oliver de Zaragoza, en el que tuve la ocasión de ser docente entre los años 1992 y 2003, hasta que se modificó el régimen de enseñanzas del centro. Quienes conozcan ese barrio sabrán que no hablo de una zona especialmente privilegiada en cuanto a nivel sociocultural de la mayor parte de sus habitantes, por lo que la acumulación de desfavorecidos sociales y también de las llamadas minorías étnicas, sobre todo de raza gitana, hacían muy difícil que en el instituto se pudiera acceder y motivar los intereses de esas personas, en pleno desarrollo y formación, cuando se hace  de la manera establecida oficialmente, en contra de lo que oyen, hacen y practican de forma habitual en sus hogares. Peor aún así, y si lo leen esto algunos de mis entonces queridos compañeros de trabajo espero que lo constaten, nunca vi un miedo, en el sentido estricto de término, a “enfrentarse” a los innumerables problemas con los que teníamos a diario en ese centro. Además de ese colectivo realmente difícil en el trato, durante esos años tuve el privilegio de conectar con un maravilloso grupo de alumnos con los que todavía mantengo un fluido contacto, a los que he echado mucho de menos en numerosas ocasiones, y a los que volvería a tener de alumnos si por mí fuera: Antonio Tellado, Paco Nicolás, Marta Priego, Carlos Tello, Mónica Yagüe, Susana Pérez, Ester Orera, Leticia Pascual, Mariano Pina, y otros muchos (perdón por no poner a todos los demás, pero no es por no querer) los cuales hicieron que nuestras pretensiones docentes y académicas, además de amoldarse a las necesidades del duro entorno, permitieran desarrollar con ellos las ínfulas académicas propias del profesor, aunque sin perder de vista las necesidades  reales de todos ellos. Y mereció la pena. En un ambiente educativo comprometido y alejado de las idílicas escenas de institutos de series televisivas, supieron esforzarse con el objetivo de hacerse adultos responsables. El verlos hoy, ya mayores, con sus trabajos y profesiones ya asentadas (hay médicos, maestros,  informáticos, músicos,  constructores, policías,  albañiles, geólogos,  fontaneros, etc,  y algunos parados por necesidades del guión…) y sentir su cariño y arrope en los encuentros que hemos tenido desde entonces, te hacen sentir BIEN, en el significado más íntimo del término.
       Por eso, cuando compruebo que los alumnos actuales de Master  para ser Profesor de Educación Secundaria, requisito imprescindible hoy en día para ejercer de profesor, del que soy profesor de prácticas en el instituto,  te dicen que en las clases  teóricas de carácter psicopedagógico que reciben en la Universidad les advierten de la conflictividad  generalizada que reina en los centros de secundaria,  y vienen a sus prácticas literalmente acongojados, por no escribir otra cosa, no tengo más remedio que valorar casi con desprecio el nivel de conocimiento de la realidad y preparación real que tienen esos “profesionales” universitarios que, en vez de generar confianza y recursos en los alumnos, se entretienen en montar  o creer “bulos” o “leyendas urbanas” y darse paseos por las nubes en relación con la realidad docente preuniversitaria. No todos los alumnos son iguales. Por supuesto que ocurren incidentes en los centros escolares, tipo desacato o agresión, pero son aislados y esporádicos, como en todos los grupos sociales, por lo que no puede considerarse lo habitual.  Lo único que puedo esgrimir a favor de los que así piensan  es que no es una opinión sólo de ellos. Es la opinión ignorante generalizada de la sociedad, y por tanto, no hay que culparles de tenerla, sino de propagarla como si esa fuera la verdad. Los alumnos de Master quedan sorprendidos al ver que lo que les contaron no es así, que el alumnado, en su gran mayoría, es normal,  que no agreden al profesorado, que muchos, casi todos, quieren saber y aprender,  que son personas en formación con sus virtudes y defectos, y que si se les trata como personas responden como personas.  En poco tiempo de permanencia en los institutos los alumnos del Master se familiarizan con el alumnado de secundaria y destierran de sus cerebros la idea preconcebida de que tienen que enfrentarse a una cuadrilla de bárbaros e intransigentes sin civilizar que solo pretenden reventar la clase al profesor o ponerlo en evidencia. Dejan de tener miedo a enseñar, a ser profesor, profesión muy criticada y denostada por muchos, supongo que por ignorancia, lo que genera  atrevimiento en los juicios emitidos, pero que resulta ser una de las que más recompensas da en la vida si se actúa con sentido común y honestidad. Todo eso que antes aprendíamos solos respecto al trato a los alumnos, con la práctica y la experiencia, ahora se “aprende”, dicen, en clases teóricas. Puede que eso signifique un avance, pero hay que ejercer la práctica docente sin miedo.