La aplicación de un reglamento de régimen interior en un
centro de educación secundaria, en especial el apartado relacionado con el incumplimiento normativo
de los alumnos, no suele ser del agrado de ningún equipo directivo. Y sobre
todo si se trata de amonestar o apercibir severamente a alguien por haber cometido una
infracción. Pero aunque es en muchos casos desagradable suele ser casi la única
herramienta utilizada hoy en día para solucionar problemas de comportamiento.
Los apercibimientos se suelen poner por muy variadas causas.
Desde una pelea entre dos compañeros, pasando por insultos al profesor, y hasta
por caérsele a un alumno en clase un bolígrafo. Hay de todo. Y de esto doy fe
pues como tutor de grupo he de supervisar y firmar las muy variadas
amonestaciones de mis alumnos tutorizados. Y resulta sorprendente, lo aseguro.
Estoy totalmente de acuerdo con el sentido de una
amonestación cuando la falta cometida por el alumno que infringe las normas se
repite una y otra vez o no hace caso de las reiteradas indicaciones del
profesorado. Y también cuando se produce un claro enfrentamiento con compañeros
o profesores por cualquier cabezonería. Es entonces cuando el apercibimiento
tiene una clara finalidad y su uso es efectivo. Pero en otros muchísimos casos
las amonestaciones solo sirven para devaluar aún más la autoridad del profesorado,
pues no son en absoluto efectivas en cuanto a la medida correctiva
que se pretende tener con ellas.
No es de recibo que, por ejemplo, una frase de un chaval de
13 años de tinte machista para un adulto dirigida a una compañera suya sea
reprimida de inmediato con la contundencia y poder de una amonestación
represiva, sin dar más explicaciones. Debe haber una conversación y
amonestación verbal con la clara indicación de que eso que ha dicho no es
oportuno. Habitualmente se encuentran situaciones familiares detrás de esas
frases que te hacen entender la razón del por qué ese alumno comete esa
infracción. Y en esa situación la amonestación pierde sentido, aunque algún
colega la considere ejemplarizante. Otras
veces es un mismo profesor el que amonesta masivamente a un grupo numéricamente elevado de alumnos por portarse
inadecuadamente en sus clases, o lo que ese profesor considera inoportuno,
claro, que deja mucho que desear, sin pararse a pensar cuál es la causa de ese
masivo comportamiento anómalo: ¿falta de pericia para manejar a un grupo de
adolescentes? ¿cansancio? ¿demasiada intransigencia? Se planteó en tiempos la posibilidad de crear unas “escuelas de
profesores” como solución (muchos las consideran humillantes), en la que se
arbitren comportamientos y acciones del profesorado coincidentes y encaminadas
a una resolución de conflictos en las aulas que, al menos, sea parecida en formas y
resultados, a la vez que se cubrían las carencias del profesorado en cuanto a
las necesarias y fluidas relaciones profesor-alumno. No conozco resultados si
es que se ha llevado a cabo en algún sitio, pero la cuestión es que hay gente
que las necesita claramente. U otro tratamiento.
Estoy totalmente convencido de que las medidas represoras no
conducen a educar mejor. Suele conseguirse lo contrario. La reflexión, la
puesta en común de problemas e incidentes y una contundente actuación en cuanto
al debido orden, respeto y disciplina suele ser suficiente para que el alumnado respete
al profesorado. Hay que dar ejemplo de comprensión y buen hacer con los demás,
y en especial con los alumnos más jóvenes, pues son el vivero de la sociedad
del futuro. Si a la mínima de cambio se
esgrimen reglamentos y medidas represoras la gente se rebela, se encorajina y
termina enfrentada a un sistema que supuestamente tiene que educarle y lo que
hace es someterle simplemente. Y eso no es educar.
Hay personas que se dedican a la docencia, y no digo “profesores”
pues ese es un término que se consigue con los años y que valoro muchísimo, que
no se deben de acordar qué hacían ellos en sus tiempos mozos, y de cuántas
contemplaciones tuvieron con ellos para que pudieran llegar a ser lo que ahora
son. Sólo saben aplicar reglamentos amenazantes. Y no sé si será casualidad,
pero puede comprobarse que cuanto más jóvenes son los docentes más contundentes
se comportan y abusan de los apercibimientos, en contra de los alumnos. Está
claro que algo hemos hecho mal a lo largo del tiempo en la resolución de conflictos en educación. Y eso
que llevo años diciendo a muchos compañeros jóvenes cuando se quejan del mal
comportamiento de sus alumnos que para ejercer la docencia hacen falta cuatro
cualidades que procuro aplicar con los
míos (seguro que hay muchas más, claro), que son entusiasmar, convencer,
sentido común y humanidad. ¿Tampoco es tan difícil, no?



