¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

lunes, 27 de febrero de 2017

Neuroeducación y práctica docente.



     “La buena enseñanza consiste en escuchar, preguntar, ser sensible y recordar que cada alumno y cada clase son diferentes. Se trata de la obtención de respuestas y el desarrollo de las habilidades de comunicación oral en el estudiante más callado. Se trata de empujar a los estudiantes a superarse y, al mismo tiempo se trata de ser humanos, respetar a los demás y ser profesional en todo momento”.

     Esta es la frase que un buen y querido exalumno mío ha colocado en su “facebook” hace pocos días. La reflexión que ha hecho en relación a cómo entiende él que debe ser el “acto educativo” del profesorado permite hacer una serie de consideraciones sobre el tema, que espero puedan aclarar algunos puntos respecto a cómo se vive en la actualidad el proceso educativo en general, y su eficacia.

     La educación que reciben nuestros hijos, sobrinos, hermanos, o vecinos, es algo que preocupa a muchos adultos responsables  que quieren que sus familiares y amigos tengan hoy en día  la mejor formación posible. Y que, además, la obtengan con un interés asegurado (y en muchos casos casi paternal) del estamento profesoral. Todo el mundo desea los mejores resultados académicos, y si estos van acompañados del desarrollo de otras capacidades del alumnado, esas que casi nunca se habían tenido en cuenta, o muy poco, hasta hace unos lustros, mejor que mejor.

     Si el proceso de enseñanza-aprendizaje requiere, como dice mi exalumno, al que llamaré Antonio, que se empuje a los estudiantes a superarse día a día, consiguiendo que haya un ambiente de respeto y comprensión de las limitaciones de cada uno, se consigue lo que él también denomina una “buena enseñanza”.

     Pero todo eso se podría producir o imaginar en un ambiente educativo ideal. La realidad es algo diferente. Para que se puedan conseguir resultados educativos buenos, o aceptables, en un colectivo de niños u adolescentes  deberían cumplirse unos presupuestos que son difíciles de encontrar hoy. Estos estarían fundamentados, sobre todo, en encontrar un grupo de alumnos en los que el “deseo de aprendizaje” no se cuestionara en ningún momento, es decir, que estuvieran “ansiosos por aprender” en todo momento. Que su procedencia sociocultural permitiese partir de unos mínimos educativos comunes a todos ellos; que su situación económica asegurase un cómodo seguimiento familiar, fuera del aula, del cumplimiento de  su proceso educativo; y que, en definitiva, la educación que se impartiese tuviera su reconocimiento en sí mismo al conseguir dar a cada individuo el máximo educativo que pudiera recibir, solo limitado en función de su inteligencia.

     Resulta extremadamente difícil encontrarse con un grupo de alumnos que presenten esas características teóricas tan ideales, por lo que hemos de luchar cada día con una realidad que dista mucho de esa especie de “nirvana” educativo. La realidad es mucho más cruda, variopinta y extrema en multitud de centros educativos. No es lo mismo impartir clases en un centro público nutrido de abundante alumnado con serios problemas al margen de los normales de un adolescente, que en uno donde se selecciona económicamente al cliente y sus máximos problemas son los inherentes a su capacidad e inteligencia. Por ese motivo, y por otros,  se sigue investigando y pensando mucho respecto a cómo dar clase a preuniversitarios, incluso por parte de gente que en su vida  ha visto a un adolescente de cerca, o con la responsabilidad de impartirle una clase.

     En ese contexto, y también hace unos días, el periódico El País  publicaba una entrevista al Dr. Francisco Mora, médico experto en neuroeducación y profesor de Fisiología Humana de la Universidad Complutense de Madrid, donde apuesta por cambiar las metodologías usadas al impartir clases a niños y adolescentes. (http://economia.elpais.com/economia/2017/02/17/actualidad/1487331225_284546.html?id_externo_rsoc=FB_CC).  En esa entrevista una de sus respuestas al periodista es: "Nos estamos dando cuenta, por ejemplo, de que la atención no puede mantenerse durante 50 minutos, por eso hay que romper con el formato actual de las clases. Más vale asistir a 50 clases de 10 minutos que a 10 clases de 50 minutos. En la práctica, puesto que esos formatos no se van a modificar de forma inminente, los profesores deben romper cada 15 minutos con un elemento disruptor: una anécdota sobre un investigador, una pregunta, un vídeo que plantee un tema distinto… Hace unas semanas la Universidad de Harvard me encargó diseñar un MOOC (curso online masivo y abierto) sobre Neurociencia. Tengo que concentrarlo todo en 10 minutos para que los alumnos absorban el 100% del contenido. Por ahí van a ir los tiros en el futuro".  En fin... ¡y esto lo dice un experto en neuroeducación! Los tiros, dice,  van a ir así en el futuro..., y  así van en el presente, y desde hace muchos años.
 

     Sin ser investigadores en neurociencia hace tiempo que muchísimos docentes aplicamos estas "innovadoras" propuestas si queremos conseguir un nivel aceptable de atención y éxito educativo en las aulas. No sé si mi amigo Antonio se acordará aún de cómo afrontábamos las clases hace ya 20 años en el instituto María Moliner de Zaragoza, pero seguro que recuerda que jamás dimos una clase de 50 minutos seguidos de información académica. Los comentarios, la interrelación entre alumno-profesor, la constatación de haberse entendido lo dado a través de oportunas  preguntas en un ambiente relajado era y es lo habitual. En cualquier clase y en cualquier materia. Salvo en contados y raros caso, que los hay, lo normal es impartir una clase queriendo que la gente aprenda, no únicamente que retenga, memorice, o almacene cientos de datos teóricos que sirven de poco o nada. Quizás en otros tiempos fue así, pero hoy en día lo habitual consiste en una clase muy “interactiva”, tal y como se dice ahora. Esa interactividad es necesaria para un buen aprendizaje, sea el tema que sea, e invita, incita, predispone, empuja al alumnado poco predispuesto inicialmente a incorporarse al ritmo de una clase, a hacerlo. Muchos de los problemas circunstanciales que algunos alumnos presentan y que van con ellos siempre, como inadaptación académica y/o social, desinterés por el estudio en general, asociabilidad, problemas conductuales propios de la edad o añadidos como consecuencia de pertenecer a familias desestructuradas o con problemas derivados de falta de integración social, pueden verse disminuidos temporalmente cuando en una clase el tema impartido gusta y genera interés y curiosidad. Y eso no se consigue con clases magistrales como a la antigua usanza. Y eso se sabe y practica desde hace mucho.

      Hay muchas veces que, hay que reconocerlo, aunque se haga un gran esfuerzo por parte del docente, no se consigue una motivación real del alumnado. Pero la inmensa mayoría del profesorado lo intenta. No sé si hacía falta ahora que nos descubrieran América con una sesuda investigación en neuroeducación sobre el tema, pero la práctica docente habitual actual es que hoy en día se escucha, se pregunta, se es sensible y se recuerda día a día cómo es cada alumno para saber cómo tratarlo. Se obtienen respuestas y se desarrollan  las máximas habilidades de comprensión y comunicación oral y escrita de los estudiantes que se prestan a ello, que son muchos. Y, por supuesto,  empujamos a los estudiantes a superarse y realizarse personalmente, tratando con  humanidad  y con respeto a todos, tengan las limitaciones que tengan.

 

 

1 comentario:

  1. Seamos críticos con las modas educativas o con las teorías de la innovación educativa. Muchas surgen por los centros educativos para no ser tachados de no innovar y bajo el miedo de perder matrícula con ello. Pero muchos surgen por mera intención de llamarse innovadores cuando la sopa de ajo ya estaba allí cuando los innovadores llegaron.
    Cabe indicar que Alberto Royo publicó en 2016 un libro al respecto de todo aquello, Contra la Nueva Educación, o en igual sentido Ricardo Moreno que el mismo año publicó La Conjura de los Ignorantes. En ambos trabajos se construye un excelente retrato de quienes se consideran expertos en educación pero sin impartir ni veinte horas por semana, ni con treinta alumnos por aula, ni con estudiantes de diversa índole económica y étnica.
    Felicidades por este artículo Enrique.

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