¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

viernes, 26 de febrero de 2016

Apuntes de evolución de vertebrados.


 
 
     Los ancestros de los peces aparecieron a comienzos del Cámbrico, hace 560 millones de años (ma), tenían cuerpo cilíndrico y un cordón nervioso en posición dorsal: el notocordio. Todos los organismos que evolucionaron a partir de estos reciben el nombre de Cordados. Entre finales del Cámbrico y el Ordovícico se han identificado los fósiles más primitivos con características esqueléticas básicas de los peces: la aparición de vértebras y la separación del cráneo. El vertebrado más antiguo que se conoce tiene una antigüedad de 525 ma, siendo similar a las lampreas y mixinos actuales.

Peces.

     Los primeros vertebrados fueron peces y aparecieron durante el Ordovícico. Eran Agnatos, es decir, peces sin mandíbulas, y con esqueleto interno cartilaginoso. La aparición de la mandíbula se produce a partir de los tres primeros arcos branquiales de los diez que presentan los Agnatos, dando lugar a los peces Gnatostomos, que son todos los demás, los cuales reducen a cinco los arcos branquiales restantes. Un grupo fósil importante de Agnatos son los Ostracodermos, peces con una gruesa coraza cefálica ósea  y sin aletas, que alcanzan su mayor apogeo en el Devónico superior, y que darán lugar durante el Devónico a los peces cartilaginosos y óseos.

    Los primeros peces mandibulados son los Placodermos, también llamados “peces acorazados” por estar protegido su cuerpo externamente por una coraza, presentando ya aletas pares. Todos estos primeros grupos de peces Agnatos y Placodermos  aparecen en el registro fósil asociados a depósitos de origen lacustre salobre por lo que se ha deducido su adaptación a la vida marina a partir del Devónico.

 

 

Pez ostracodermo.


 
Placodermo. Dunckleosteus.
 
 
      En el Carbonífero final, los primitivos Placodermos y Agnatos casi desaparecen por completo, dominando los mares a partir de entonces los peces cartilaginosos y óseos. Los Condrictios son peces de esqueleto cartilaginoso y están ampliamente representados desde el Devónico hasta la actualidad por los Seláceos, a los que pertenecen todos los tipos de tiburones conocidos hoy.
     Los Osteictios, o peces de esqueleto óseo, aparecen también a finales del Devónico y se dividen en dos grupos, los Actinopterigios y los Sarcopterigios.  Los Actinopterigios se caracterizan por tener las aletas cubiertas de piel y radios córneos en ellas. Se dividen en: Condrósteos, Holósteos, y Teleósteos. Los primeros aparecen al final del Paleozoico y adquieren importancia durante el Mesozoico. Se caracterizan por poseer un cuerpo cubierto de placas óseas y un esqueleto principalmente cartilaginoso. Un representante actual de este grupo son los esturiones.

 
Condrósteo actual: esturión.
Elasmobranquio. Seláceo actual.
 
Celacanto actual. Fósil viviente.

Celacanto fósil.

     Los Holósteos aparecen y alcanzan su máxima expansión durante el Jurásico, mientras que los Teleósteos evolucionan a partir de los Holósteos durante el Mesozoico, dominan los mares definitivamente durante el Cretácico, llegando a ser hoy en día  la mayoría de los peces. Se produce también una fuerte disminución en el Triásico de los Sarcopterigios, peces óseos de aletas lobuladas. Ese hecho supone que queden con muy escasa representación en el registro fósil, y en la actualidad, los grupos de Crosopterigios y Dipnoos, estos últimos con estructura pulmonar además de branquial.

   El especial grupo de peces Acantodios, con escaso registro fósil, y cuyos representantes están provistos de grandes espinas óseas en sus aletas, con esqueleto interno cartilaginoso y externo dérmico óseo, se extienden únicamente desde finales del Ordovícico hasta el Carbonífero final, o Pérmico inicial.
 
Dipnoo actual. Pez pulmonado.

Pez acantodio con espinas óseas en sus aletas.
 
 


Cuadro filogenético de los peces.


 Anfibios.
     De los peces Crosopterigios proceden los primeros Ictiostégidos  (Cotilosaurios), que son los primeros anfibios que aparecen en el registro fósil en el Devónico superior. De ellos, los Laberintodóntidos, de más de 5 metros de longitud, y los Lespospóndilos, con forma de culebra, ocuparon los   ecosistemas boscosos  del Carbonífero. Están provistos de una bóveda craneal cerrada, la cintura escapular muy pegada al cráneo y son casi idénticos, salvo  por la diferente constitución de las vértebras,  a los primeros reptiles, los cuales aparecen en el Carbonífero superior.
     Los anfibios del Triásico son muy parecidos a los paleozoicos, aunque la estructura de su cráneo se modifica y aligera. Muchos de ellos desaparecen en el Jurásico, salvo los Anuros y Urodelos que llegan hasta la actualidad.
 

Reconstrucción paleobiológica de un Ictyostega.
 
Reptiles y Aves.
      Los reptiles proceden de los anfibios Laberintodontos del Carbonífero/Pérmico, existiendo ya en el Triásico dos ramas de reptiles que  también aparecen en el Pérmico: Theromorfos y Sauromorfos. Todos ellos se caracterizan por un aumento en la división de la tapa craneal y la sustitución de la cuerda dorsal por vértebras óseas. En el Triásico medio aparecen los primeros Ictiosaurios, así como los primeros dinosaurios.
Dimetrodon. Pelicosaurio del Pérmico/Triásico.
 
     En el Jurásico desaparece el grupo reptiliano de los Theromorfos, que es del que derivan los mamíferos, y los reptiles se adaptan a todos los ambientes: quelonios, ictiosaurios, cocodrilos, y plesiosaurios, abundan en el mar; y en el continente, además de reptiles voladores como los pterosaurios, se diversifican ampliamente los dinosaurios. Estos se dividen en dos grandes grupos: Saurisquios y Ornitisquios, según sea  la disposición de los huesos de su cadera tipo reptil o  ave, respectivamente.
 
Tipos de caderas de Saurisquios y Ornitisquios.
 
    De los dos grupos de Saurisquios, Terópodos y Saurópodos, el primero es el que representa el origen de las aves durante el Jurásico. A los Saurópodos pertenecen algunos de  los dinosaurios tan conocidos en la actualidad, como Tiranosaurus rex, o Turiasaurus riodevensis.
 

Cráneo de Turiasaurus riodevensis (Teruel).


Triceratops. Ornitisquio.

 
Cuadro filogenético de los dinosaurios.
 
 Mamíferos.
     Los primeros mamíferos son Prototerios, subclase de organismos arcaicos independientes del resto desde el Jurásico inferior, y que presentan todavía rasgos muy semejantes a los reptiles Therápsidos de los que proceden, y éstos, a su vez, de los Pelicosaurios del Pérmico. Los Metaterios, marsupiales e implacentados,  aparecen en el Cretácico inferior. Además de los escasos grupos de mamíferos Prototerios en la actualidad, los más ampliamente representados desde  el Cenozoico son los placentados (Eutheria), que se inician en la Tierra con grupos de insectívoros y carnívoros durante el Cretácico inferior. Pero es a finales del Paleoceno y comienzos del Eoceno cuando se produce la aparición de casi todos  los grupos (17 órdenes) de mamíferos euterios que se conocen.
 
Cuadro filogenético que señala la conexión
 evolutiva de los mamíferos con los reptiles Therápsidos
 
        Las adaptaciones de los mamíferos a todos los ambientes de la Tierra ha generado el desarrollo de unas estructuras dentarias propias de cada grupo taxonómico. Además del estudio de restos postcraneales, no muy abundantes en el registro fósil habitualmente, es necesario un estudio detallado de  la diferente morfología  y biometría dentaria para determinar a qué taxón pertenecen los restos, a la vez que se facilita el trabajo de interpretación de sus cambios y adaptaciones  a lo largo del tiempo y, por tanto, de su evolución.
 
Grupos de mamíferos que aparecen en el Paleógeno.

Relación filogenética de los homínidos con el resto de Antropoides.







    
 
 

sábado, 20 de febrero de 2016

Museo de los Mares Paleozoicos de Santa Cruz de Nogueras (Teruel).




     La pequeña localidad de Santa Cruz de Nogueras parece haber salido de la nada en un entorno rocoso y árido de materiales del Paleozoico aragonés. Hace pocos años que los paleontólogos Zarela Herrera y Enrique Villas diseñaron e inauguraron allí un pequeño pero exclusivo museo paleontológico enclavado en lo que se denominaría el “Aragón profundo”. Desde el museo tienen programada una completa  visita que incluye un paseo geológico por los alrededores de la localidad, lo que invita a desarrollar una mayor  motivación para ver después con gran interés los perfectos e interesantes fósiles que se exponen en la sala expositiva del museo.
 
Sala expositiva del museo.
    
      Muchos pueden pensar que al ser un museo de fósiles, y además de la Era Primaria, es algo que está orientado únicamente a especialistas en la materia. Desde luego que para ver este tipo de museos hace falta una cierta preparación previa y un interés por lo “cultural” en general, y en concreto por la paleontología, pero las excelentes instalaciones y los fósiles allí expuestos, lejos de montajes grandilocuentes y costosos, son la  materia prima que se pule y brilla más aún con las detalladas, pensadas, y adecuadas explicaciones, adaptadas a todos los niveles, que se ofrecen al visitante.
 


    
Corales del Devónico de Santa Cruz de Nogueras (Teruel).
   
      La visita a este museo no solo sirve para conocer mejor, o iniciarse, en cómo eran los ecosistemas de los tiempos paleozoicos en lo que hoy son tierras aragonesas, en cuanto a sus componentes geológico y  paleontológico, sino que permite comprender  e interpretar de otra forma el significado de ese concepto repetido hasta la saciedad por algunos: “iniciativa de desarrollo local”. Lejos de teledirigir conceptualmente desde una ciudad las líneas de actuación que deben llevarse a cabo en pueblos casi abandonados y con futuro incierto, el emprender  una iniciativa de este tipo, con el evidente alto nivel de compromiso personal invertido, es digno de admirar y valorar. De esa forma se consigue que los frutos de la investigación científica se queden y expongan en parte en el lugar de origen y así se dé un soplo de ánimo y esperanza al desarrollo cultural de la zona.
 
Zarela Herrera explicando al alumnado en su visita al Museo de los Mares Paleozoicos. Foto de Sofía Bello.
La colaboradora del museo Andrea Jiménez en la visita geológica del entorno de Santa Cruz de Nogueras. Foto de Sofía Bello.
Alumnos de 3º y 4º de ESO y de 1º de bachillerato del IES Ramón y Cajal de Zaragoza en su visita al museo.
 Les acompañan los profesores Sofía Bello, Alberto Martínez y Enrique Gil.

sábado, 13 de febrero de 2016

Solucionar conflictos de convivencia en Educación Secundaria.



     Hay una normativa sobre derechos y deberes del alumnado. Todo está medido, cuantificado y tipificado en cuanto a la diversa gravedad de un acto incívico realizado en horario escolar. Desde la más ligera falta de conducta de un alumno, hasta la más agresiva y dura de sus actuaciones realizadas en un centro educativo. Todo. El alumnado y el profesorado saben que existe esa normativa y que puede aplicarse si se da el caso. Y aún así hay ocasiones muy puntuales en las que resulta difícil conseguir que haya un buen ambiente, de calma y tranquilidad en las aulas…, o en algunas, y con algunos profesores. ¿Nos sirve de algo tanta reglamentación? ¿Se aplica lo que es necesario?
     La capacidad de aguante de muchos profesores parece ilimitada. Y la inactividad pasiva y conformista de algunos de ellos, también. Está claro que cuando se trabaja con adolescentes hay que tener una buena dosis de paciencia y comprensión respecto a los muy variados problemas que se presentan a diario. Y que es recomendable actuar ante esos problemas en frío y con mesura, y no hacerlo  en el epicentro de la situación irregular huracanada que desestabiliza el proceso “enseñanza-aprendizaje”. Pero seguramente todo el mundo estará de acuerdo en que  procede actuar siempre, no dejarlo pasar, aun corriendo el riesgo de equivocarse, pues de lo contrario se proyecta una sensación de consentimiento, o incluso de miedo a corregir, que es muy contraproducente. El no hacer nada ante una situación hostil en el aula no debe confundirse nunca con que ese “no hacer” es otra manera  (moderna) de hacer algo. Y en ocasiones  algunos confunden esos términos, o  les resulta cómodo mezclarlos. Otros, por otro lado, creen que tras sentidas conversaciones  en el seno de alguna “buenista”  y  redentora comisión de convivencia (útil para determinado tipo de conflictos leves y moderados) se fluidificarán o desaparecerán los comportamientos hostiles de los alumnos distorsionadores, pues la aplicación de un tratamiento paternal e individualizado, piensan, devolverá la cordura y producirá el amansamiento de personajes especiales que una vez tras otra  generan conflictos graves.
 


    
     Pero lo más triste es ver cómo hay profesionales que pierden su energía vital y entran en depresión cuando comprueban que nadie se atreve a, simplemente, aplicar con valentía la normativa establecida para casos muy llamativos de ruptura de la convivencia. Una convivencia que no puede ser solo  observada  con unos mecánicos ojos de robots que únicamente emiten señales de alarma cuando se altera la misma, pero sin llegar a más. El alumnado tiene derecho a saber lo que hace mal en su vida académica y social, y que salirse de la norma tiene consecuencias, ante cualquier grado de alteración del orden, y especialmente en los casos más graves o relevantes. La apertura de expedientes disciplinarios no está  prevista para casos considerados como delitos ordinarios para la justicia, sino para acontecimientos muy desagradables que ponen en serio peligro la convivencia y la estabilidad social de un colectivo tan sensible como el educativo. Puede y debe usarse esta medida sancionadora y correctora en el momento adecuado sin miedo a ser por ello considerado como agresivo, poco dialogante, o políticamente incorrecto. El ser tolerante, con modales y principios comprensivos con las inquietudes y posibles salidas de tono del alumnado adolescente debe ser también la tónica general de actuación, pero eso nada tiene que ver con no ejercer una autoridad responsable y justa. Seguro que muchos de esos alumnos desfavorecidos educacionalmente (por muchas razones) agradecerán de adultos haber tenido un claro referente en formas y maneras durante su periodo de  formación juvenil.
 
 

     Con independencia de la necesaria aplicación de la normativa en cuestiones de disciplina y convivencia, cuando haga falta, es necesario también  resaltar que  gran parte del deseado buen ambiente académico debe ser conseguido y  propiciado por el profesorado, que  tiene que  ser el protagonista principal  en la difícil tarea que supone dirigir y encaminar bien a los alumnos. Si se actúa con ellos  practicando una docencia  que entusiasme y convenza, a la vez que se aplica con sentido común y humanidad, un buen porcentaje de los incidentes que hoy en día se producen pueden evitarse. La implicación del profesorado en el aula es clave para conseguir que el hecho educativo sea, en términos académicos, lo más eficaz posible.
 
 

martes, 9 de febrero de 2016

Promocionar el grado de Geología, obtención de recursos, y olimpiadas geológicas.





     Se acaba de realizar la VII Olimpiada Geológica de Aragón. Uno de los objetivos fundamentales es la promoción y difusión del grado de Geología de la Universidad de Zaragoza. Además resulta una actividad académica de primer orden para los alumnos de bachillerato que quieren medir sus conocimientos adquiridos en la materia. Por eso cada año son más los alumnos inscritos en las pruebas, que han pasado de 44 en las primeras olimpiadas a los 127 de estas últimas.
     La excelente organización llevada a cabo por personal de la universidad permite diseñar unas pruebas que representan un verdadero muestreo de cuestiones y conocimientos de casi todas las disciplinas que engloba la Geología. Tras una prueba de realización individual basada en conocimientos  teóricos y prácticos concretos, se realiza una segunda prueba tipo “gymkana” que suele ser muy del agrado de los participantes debido a la dinámica activa que se establece para hacerla. Esta segunda fase de la olimpiada ha sido especialmente significativa, pues en ella debían recoger los participantes distintos datos geológicos distribuidos por las instalaciones de la facultad y su entorno, con las que  finalmente se  llegaba a completar un cuadro con los resultados geológicos requeridos. Y esta vez esos datos han tenido un marcado y significativo componente  basado en los recursos geológicos que la humanidad utiliza y, por tanto, mostrando la utilidad social  más necesaria de la geología.

 

     Este matiz, el de los recursos geológicos, es de especial importancia. Y no es debido a que la sociedad actual no sea conocedora aún de que la obtención de la mayoría de los elementos materiales que usa en su vida moderna provienen directamente de la Tierra, sino por la contumaz insistencia de muchas organizaciones sociales, algunas de tintes supuestamente ecológicos, en torpedear uno de los objetivos primordiales de las ciencias geológicas, como es la obtención en nuestro planeta de los recursos minerales necesarios para una mayor calidad de vida. Esa obtención les parece a muchos  algo natural y fácil de hacer, pues la mayoría del mundo, especialmente el occidental, nace y vive en un entorno donde los materiales que se usan  para todo son obtenidos de la naturaleza desde hace  muchas décadas, por lo que parece algo trivial. Pero no es así.  Aunque la lista de recursos geológicos es casi interminable, por ejemplo, arcilla para ladrillos, carbonato para cemento, hierro para entramados y forjas, bloques pétreos para diversas construcciones, o carbón y minerales usados para producir energía son de uso tan necesario para nuestras vidas que nos  resultaría imposible vivir hoy sin ellos. De momento todos esos materiales no son sustituibles por ningún otro, teniendo que ser obtenidos del sustrato geológico. Por eso, el estudio e investigación del terreno en busca de recursos de toda índole es una necesaria tarea geológica, difícil y complicada,  que debe ser impulsada y coordinada desde el ámbito universitario.
 
     Era hora pues que desde la propia universidad, sin complejos, como elemento de propaganda hacia la población,  y de cara a la gente joven que puede iniciar allí unos estudios universitarios, establezca la clara relación existente entre geología y sociedad usando para ello el mejor elemento que incardina estos conceptos: el recurso geológico. La adecuada  explotación de esos recursos, reduciendo al máximo los impactos ecológicos que pudieran producirse, no puede ser puesta en cuestión, o incluso anularse,  por  un inevitable uso y afectación del entorno inmediato al lugar de extracción del propio recurso. La conservación del entorno natural y la explotación de recursos han de estar en el mismo plano de actuación. Si esta idea se extiende e impulsa también desde el ámbito universitario,  la sociedad quedará doblemente concienciada respecto a  la necesidad de obtención de bienes naturales para sus necesidades vitales  y  una obligada actuación de conservación medioambiental que permita un uso racional y controlado de los recursos terrestres.
Cristales de yeso. Aragón.

martes, 2 de febrero de 2016

Alumnado inadaptado de bachillerato.




      Segundo de bachillerato, sobre todo,  es un curso duro, difícil, y muy comprometido para muchos alumnos. Del éxito en este nivel depende que se pueda ir a la universidad o a hacer un ciclo formativo superior. No es nada fácil. El esfuerzo requerido es muy superior al que se exige en primero de bachiller, por lo que la mayoría de los alumnos notan una gran presión docente, a la que no están acostumbrados, después del “paseo” que supone, para personas equilibradas y de inteligencia normal, el cursar la secundaria obligatoria (ESO).  La mayoría están voluntariamente en el bachillerato. Pero hay una minoría que suelen estar a la fuerza o por no tener nada mejor que hacer en sus vidas. Y en otras ocasiones,  perteneciendo a una minoría más minoría aún, nos encontramos en los centros con individualidades que son difíciles de asumir y encajar en la dinámica docente habitual, incluso para el resto de sus compañeros. A veces llega gente a 2º de bachillerato que no debería haber llegado, y se dejan notar. Y eso es, en buena parte, culpa nuestra, de los docentes.
     Se es demasiado contemplativo y condescendiente pensando erróneamente que si se les exige y deja por el camino se les  hace un daño irreparable. Y no es así. Esa pequeña proporción de alumnado que sin esforzarse en absoluto,  ni quererlo  hacer en el futuro, que no demuestra ni el más mínimo interés (y en algunas ocasiones con intenciones poco claras y honestas),  cohabita en una clase cualquiera distorsionando por completo la buena dinámica académica  interna que suele y debe haber. Y el daño que generan lo pagan otros, cual “daño colateral”, resultando muy  complejo poner una solución eficaz.
     Aún con los alumnos “veteranos” del centro  es muy difícil de diagnosticar quiénes van a ser, con seguridad,  los que lleguen al final de su etapa preuniversitaria en esas nefastas condiciones actitudinales.  Pero su perfil  es común y  premonitorio: suelen ser alumnos repetidores de uno o varios cursos anteriores,  con expedientes académicos poco o nada brillantes, y con una actitud habitual  pasiva  hacia el estudio  e incluso provocativa o arrogante. Y eso es suficiente como para saber de antemano  que casi nada puede hacerse con algunos de ellos. Da igual el esfuerzo que se invierta para integrarlos en un ambiente de esfuerzo y estudio utilizando técnicas amigables o incluso de “colegueo” controlado. Da igual el qué se les diga o proponga para recomponer una deteriorada actitud que les acompaña e identifica. Da igual.


     Lo peor de esta situación  es que esta gente suele descolgarse de la vida académica (y muy probablemente de la social) sin tener en dónde meterse o a qué dedicarse. En numerosas ocasiones se convierten en auténticas rémoras de una familia, barrio, ciudad, o sociedad que pasa por alto sus faltas de respeto y consideración al profesorado, su inadecuada actitud irreflexiva o su incompetencia en muchos ámbitos, generando auténticos seres desinformados,  blandos y consentidos. Pero eso sí,  creyéndose con todos los derechos del mundo. Y de todo eso, repito,  tenemos la culpa nosotros los docentes, como pieza clave de un engranaje que no acierta (a veces ni lo intenta) a formar con exigencia  y ennoblecer, desde un punto de vista académico, a la población estudiantil. Aunque es una culpa relativa, desde luego,  pues obecede a la consideración social impuesta desde hace lustros, en base a una inapropiada actitud “buenista” establecida, en la que parece que todos deben caber y  valer por el hecho de existir. Se infravalora la educación de base, el esfuerzo, el estudio y el respeto. Parece políticamente incorrecto el exigir un mínimo de decoro y comportamiento adecuado, pues son actitudes que podrían considerarse contrarias a la formación basada en la libertad individual debida. Hay profesores que incluso  han temido alguna vez el significarse por reivindicar sus derechos profesionales y como persona en su práctica docente, aunque cada vez es más amplio el colectivo afectado que lucha por restablecer un orden y equilibrio racional en las relaciones formales con el alumnado. Se está en ello.
     Sería deseable que las mentes pensantes de la psicopedagogía, que tanto dirigen teóricamente los caminos del docente en la aplicación de una moderna y correcta praxis educativa, sugirieran alguna vez cómo abordar las situaciones que se generan en el ámbito educativo, de vez en cuando, con estos personajes distorsionadores. De momento, y a la espera  de que eso ocurra, muchos recurren  a la experiencia personal para solucionar conflictos y a la puesta en práctica de contundentes actitudes que reflejen la defensa inequívoca de la dignidad personal y profesional de los docentes en el aula. Esa defensa forma también parte de la práctica docente. Hay que asumirlo.