¡Dejadme vivir! Geología, Paleontología, Ecología, Educación.

Enrique Gil Bazán.
Doctor en Ciencias Geológicas (Paleontología).
Dpto. Biología y Geología. IES Ramón y Cajal (Zaragoza)
Consejería de Educación, Universidad, Cultura y Deporte. Diputación General de Aragón.
Zaragoza, Aragón, España.

jueves, 26 de febrero de 2015

Alumnado indefenso.



     Casi todo el mundo sería capaz de relatar algún amargo incidente que le ha pasado en sus años mozos con profesores un tanto, digamos, especiales. ¿Quién no recuerda algún encontronazo basado en una reclamación de la nota de un examen, una sucesión de momentos de controversia verbal, o por, simplemente, pensar que este profesor o profesora me tiene “manía”? Yo creo que todo el mundo recuerda un episodio así. Es muy frecuente.
     Los silencios y sumisiones que hace muchos años existían respecto al profesorado fueron dejando paso, sobre todo desde la implantación de la LOGSE en 1996, a una situación en la que los derechos  de los alumnos, los desplantes, las injusticias, o los desprecios profesorales, eran reivindicados y contestados con contundencia e incluso violencia por parte de muchos alumnos despechados y sus familiares. Es de sobras conocida la escena, a modo de chiste en los medios de comunicación, donde un profesor es vilipendiado y agredido por unos furibundos padres que le van a pedir explicaciones por determinada actuación con su hijo.
 


    
     Por supuesto, estas situaciones, que en ocasiones rozan lo grotesco, deben ser evitadas  por completo. Cualquier  discrepancia con la actuación del profesorado debe ser canalizada por los conductos racionales, legales y democráticos de nuestra sociedad. Debe ser así, sin paliativos. Pero dicho esto, y muy lejos del corporativismo, debemos también como profesores hacer un poco de autocrítica en relación con el comportamiento que algunos de nosotros tienen con el alumnado en general.
     Veamos. Se dan situaciones en los centros educativos (y me refiero a los de Educación Secundaria públicos) que son  de difícil comprensión.  Es difícil de entender cómo alguien que trabaja como profesor puede someter a alumnos de bachillerato de un instituto (de hasta 18 años) a un insoportable nivel de aguante y sumisión ante su comportamiento cotidiano en las clases.  Existen “profesores” que, por desgracia,  amedrentan con mal tono al alumnado  con continuos e insidiosos  comentarios en clase  sobre  las religiones del amplio abanico confesional  de los alumnos de  las aulas actuales de los institutos; que las calificaciones o notas de los exámenes solo sean dichas en clase, sin mostrar nunca la corrección de los mismos, y diciendo que el que quiera ver el examen tiene que ir al departamento pero que de allí se puede salir con otra nota…, generando así  un ambiente de miedo e inseguridad; o que se monten escándalos por opinar “diferente” en  clase sobre cualquier tema que se trate. Y todo esto no son casos aislados. Pero  resulta más increíble aún el ver cómo esos mismos alumnos sí  son capaces de ejercer su derecho a la huelga y salir en masa a protestar (con todo el derecho y a mi juicio, con razón) por las nuevas agresiones del gobierno (sistema universitario 3+2, por ejemplo…), pero sin la más mínima intención ni propósito de rebelarse ante las kafkianas situaciones que viven a diario con determinados personajes durante el curso.
     No parece coherente, pero es así. Hay que entenderlo. Y es que, cuando corre peligro tu nota académica se está indefenso ante cualquier presión. Aquí se es muy temeroso y educado a la vez. Se aguanta demasiado ante la amenaza personal y se envalentona uno mucho ante una actuación reivindicativa en masa. Si nos toca de cerca,  nos achantamos y soportamos lo que nos echen encima. O eso parece.
     Este tipo de asuntos es de difícil solución. Los hechos que arriba he expuesto, y que  ocurren desde hace años en los centros educativos, suelen ser conocidos por la mayoría del claustro de profesores y por el equipo directivo del mismo. ¿Y qué se hace para evitarlo? Pues poco se puede hacer sin una denuncia en toda regla. Y a eso la gente no está dispuesta, sintiéndose, por  tanto,  indefensa.  La prudencia debe estar, claro,  presente en todas las iniciativas que se proponen para dar solución a este conflicto. Una conversación  con el individuo en cuestión debería ser suficiente para convencerle de que está tratando con personas en formación y que su actitud dictatorial, chulesca y arbitraria no cabe en un sistema educativo democrático. ¿Por qué hay gente  tan déspota en el trato con personas? ¿Son gente tóxica?
     Cuando  los alumnos  explican la situación que están viviendo y les escucho avergonzado las hazañas de ese tipo de personajillos, en el fondo muy  acomplejados y torturados mentalmente por su propia incapacidad y falta de desarrollo personal, me dan ganas de querer abanderar junto a ellos una verdadera “rebelión en las aulas”. No se merecen ese trato inhumano por parte de docentes.  Además del pataleo solo nos queda esperar a que la dirección del centro, una vez enterada del problema que eso supone, haga algo y trate de encarrilar la situación. Aunque no lo tiene fácil pues  a veces uno se enfrenta con un muro de inoperancia, catetismo y prepotencia que es muy difícil de romper.
     No recomiendo a nadie que se aguante y calle con este tipo de situaciones, pero sí que trate de sacar algo beneficioso aunque sea de esta bochornosa situación “educativa”. Siempre se aprende algo. Por lo menos, para estar más prevenidos para la próxima.  ¡Ánimo chavales, no estáis solos!

lunes, 23 de febrero de 2015

¿La “dictadura” de las notas de clase?




     No paran de innovar. Son tremendamente activos. Psicopedagogos y otros especialistas dedicados a la didáctica de enseñar cualquier cosa descubren y dicen  que las notas que se les pone a los alumnos no son el reflejo de tener una serie de conocimientos necesarios. Y que suponen una dictadura. Pues puede que tengan razón en algunos casos...No me meteré ahora en describir cómo algunos profesores se empeñan en hacer  memorizar a sus alumnos libros enteros de cualquier disciplina para poder evaluarlos en función de unas competencias mal desarrolladas o afianzadas especialmente en la memoria.

 
     Pero eso no ocurre en otros muchísimos casos. Yo no sé para qué gente investigan o dicen sus últimos pensamientos en voz alta estos investigadores. Debe ser que hace muchos años que no se pasan por un centro educativo de primaria o secundaria. Desde luego en los que yo he prestado servicios nunca he visto un  trabajo de recogida de datos por parte de estos gurús de la enseñanza. Y es que, claro, todo depende de cómo se haga lo que ellos denominan  la “transposición didáctica” de contenidos. Contenidos para los que, y dependiendo del nivel académico y su grado de dificultad, hacen falta muchos reaños para ser transmitidos con éxito al alumnado. Pero, si se intenta, se suele conseguir, que la gente no es tonta (o muchos no…).

 

     Nunca he practicado una docencia basada solo en la memoria, aunque es necesaria en muchas ocasiones. El desarrollo de las modernas competencias lo estamos haciendo desde hace tiempo, aunque con otro nombre. Y muchos de mis exalumnos, que no eran de 10  la mayoría (ni falta que hace), siguen sorprendiéndome cuando me los encuentro. Además del inmenso placer que siento al saludar a muchos a los que les he dado clase, por ejemplo, en el IES María Moliner de Zaragoza, donde las dificultades sociales de muchos  eran más que patentes en un entorno poco proclive a preocuparse de cuestiones académicas al uso, suelo comprobar de qué manera tan eficaz asimilaron ideas, conceptos y procesos que yo les expliqué, sobre todo de geología. Algunos son capaces de comentarme en esos encuentros cuestiones relacionadas con fenómenos geológicos catastróficos que son habituales en los medios de comunicación actuales y que sustentan  sus preguntas y argumentos en temas vistos hace ya más de 15 años. ¿Se conseguiría eso con una enseñanza puramente repetitiva y memorística? Estoy convencido de que no.

 
     Que las notas que se les pone suponen un hecho dictatorial (como se indica en el concienzudo artículo: http://www.eldiario.es/sociedad/fin-notas-clase_0_358714359.html) es algo que poco tiene que ver con muchas realidades docentes. No todas las situaciones son iguales o parecidas como para pontificar y generalizar como si hubiera solo una forma de actuación académica. Si la nota es el reflejo de una enseñanza-aprendizaje racional y con sentido común, puede ser la "nota" de ese alumno. Si es el fruto de un subrayado, memorización espartana y vomitado en un papel el día del examen, pues no sirve para nada. Y la mayoría no hace esto último. Es por eso que para muchos de los docentes las notas de los alumnos sí reflejan bastante bien su “estado” educativo. No suelen fallar.

 
     No conozco a los autores del artículo pero estos destellos los suelen tener gentes un tanto "iluminadas", y desde luego con mucha teoría psicopedagógica en sus cerebros, pero que luego no saben solucionar ni el más mínimo conflicto cotidiano en un aula. Les suelen quedar demasiado lejanas de sus centros de producción ideológica. No se mezclan con el “objeto” de enseñanza. Solo elucubran para que otros apliquen sus cábalas educativas. 

    De todas formas se lo comentaré al departamento de orientación de mi centro…
 

miércoles, 18 de febrero de 2015

El primer hallazgo de Homo heidelbergensis del Proyecto Atapuerca.



Homo heidelbergensis

     Mucha gente sabe que en Atapuerca se han descubierto restos fósiles de dos especies extintas de hombre: Homo heidelbergensis y Homo antecessor. El segundo se ha hecho especialmente famoso por haberse descubierto en niveles intermedios del yacimiento denominado Gran Dolina, en la Trinchera del ferrocarril de la Sierra de Atapuerca. En el sistema kárstico de esa misma sierra, en la Sima de los Huesos de Cueva Mayor está la mayor acumulación de restos de Homo heidelbergensis que pueda imaginarse. Tras publicar Aguirre, Basabé  y Torres la aparición de una mandíbula de ese lugar en 1976, el Proyecto Atapuerca desarrolló sus actividades desde 1980, en esa sima como en la trinchera con sus múltiples yacimientos fosilíferos.
     Hasta el verano de 1984 se estuvieron realizando los trabajos de estudio estratigráfico de los yacimientos de la trinchera y se acometieron  las primeras intervenciones en la sima de Cueva Mayor. Se consiguieron restos fósiles abundantes de muchos grupos de mamíferos que permitieron tener una visión de conjunto de los intervalos de edad en los que se trabajaba, así como las variaciones en el tiempo de diferentes paleoecosistemas sucesivos en un período no inferior al millón de años antes del actual. Pero los restos de homínidos no llegaban. Por más interés y ahínco que se ponía en conseguir restos humanos en alguno de los yacimientos excavados, el fruto requerido no aparecía por ningún lado.
Equipo de excavación de Atapuerca de 1984. Caras no demasiado alegres por parte del equipo: Con gorra, arriba, Eudald Carbonell; debajo de él, de azul, Juan Luis Arsuaga,; el mismo Emiliano Aguirre, el 4º empezando por la derecha; incluso yo, el de amarillo, 2ª fila por la derecha.
     En la trinchera, los yacimientos se excavaron y muestrearon con criterios puramente geológicos, con un control riguroso de los niveles estratigráficos a los que se sometía su estudio. Sin embargo en la Sima de los Huesos la cosa cambiaba. Muchos años de aparente expolio por parte de curiosos aficionados a la espeleología habían destrozado  la capa superficial del relleno de sedimento repleto de fósiles (humanos y de oso, sobre todo), por lo que el muestreo se hacía casi imposible de hacer con  buen criterio estratigráfico. Se optó entonces, y no sin que eso supusiera grandes discusiones metodológicas entre los componentes del equipo de excavación, por sacar por completo la primera “capa” de depósito, de hasta 30 cm de espesor, para ser sometido a lavado y recoger los restos óseos que allí hubiera. Del lavado de ese sedimento se obtuvieron, por fin, los primeros restos de homínidos de la sima bajo la dirección del profesor Emiliano Aguirre del proyecto Atapuerca. Esto ocurrió en el verano de 1984.
     La vida de una excavación puede verse desde el exterior como algo, aunque duro físicamente, muy placentera y apetecible. Y es en parte así, desde luego, pero cuando hay compromiso científico de sus participantes surgen roces y tensiones, como en cualquier colectivo humano, en especial cuando los resultados y hallazgos no son los que se esperan. Al menos en paleontología del cuaternario esto suele suceder muy a menudo. La investigación avanza pero siempre se quiere más, y más espectacular si puede ser. La alegría llegó, por fin, y las caras cambiaron. Había esperanzas de que en la Sima de los Huesos hubiera muchos más restos de Homo heidelbergensis. Y así ha sido comprobado después.
Mostrando orgullosos los primeros homínidos encontrados en Atapuerca dentro del proyecto de investigación.
De izda a dcha: Almudena Muñoz, Enrique Gil, Yolanda Fernández Jalvo, y Gerardo Benito.
Los mismo de la foto de arriba pero con Carmen Sesé, mi directora de tesis.
 
     Aunque la estratigrafía del relleno de Sima de los Huesos no se haya hecho y los resultados o conclusiones a las que llegan los responsables actuales del equipo de Atapuerca respecto a las variadas edades de los agrupamientos de restos humanos en la sima  pueden ser cuestionadas científicamente, la riqueza paleontológica de este fenomenal yacimiento cuaternario es incuestionable en todos los sentidos. Y el haber contribuido desde el primer momento a conocer la reserva fosilífera de Atapuerca nos llena de emoción y orgullo a los que estuvimos junto a Emiliano Aguirre en aquellos difíciles e intensos momentos.
     Las fotos que ilustran este documento muestran perfectamente el estado de ánimo de los excavadores durante ese verano. La primera, donde posamos todos con gesto serio y de circunstancias está hecha unos días antes del feliz hallazgo de los homínidos de la sima. Las otras, en la zona de lavado, con Almudena Muñoz, Yolanda Fernández, Carmen Sesé (una de mis directoras de tesis), Gerardo Benito y yo, con los primeros dientes de homínidos encontrados en el sedimento lavado de la sima, lo dicen todo. Esa misma noche, en la cena de la excavación, pudimos vivir uno de los momentos emocionalmente más intensos de nuestra vida en Atapuerca. Con ocasión de un homenaje a Emiliano Aguirre en Ricla (Zaragoza) pude recordarlo y transcribirlo para su publicación. Lo  expongo aquí en su recuerdo:
     Me resulta muy difícil seleccionar una anécdota de las muchas que recuerdo haber vivido junto a Emiliano. Las hay de todo tipo: divertidas, serias, entrañables… pero la que describo a continuación no es fácil de calificar pues es de las que llegan directamente al corazón y te hacen vibrar.
     Sucedió en el verano de 1984 en Atapuerca. Todos estábamos ansiosos por descubrir en el marco del proyecto de investigación en el que participábamos algún fósil de hombre en la Trinchera del Ferrocarril o en la Sima de los Huesos. Pero se hacían de esperar. Eran muchos los sacos de sedimento de la Sima que se lavaban a diario en el río Arlanzón por el equipo de micromamiferistas que allí estábamos, aunque los fósiles de homínidos no aparecían. Pero una tarde de lavado, y justo antes de una visita de Eudald Carbonell con más sedimento, ocurrió lo esperado. Habíamos encontrado la primera pieza dentaria de hombre del proyecto de Atapuerca. La alegría fue inmensa. Y la ilusión se desbordó aquella noche en la cena de la excavación. Sin embargo, y en una reacción confusa para nosotros, Emiliano permanecía callado y serio. Aunque nos extrañó, pensamos que diría algo más tarde, durante los paseos de las largas veladas en Ibeas de Juarros, sede del equipo. Pero no fue así. En los postres, que regamos en esa ocasión con cava, oímos un tintineo de copas. Era Emiliano que reclamaba nuestra atención. Estábamos expectantes. Y fue entonces cuando nos llevamos verdaderamente la gran sorpresa del día. Comenzando a hablar con sus entonces típicos “bueno, bueno” levantó su copa para hacer un brindis. Por supuesto, dijo, se alegraba de que, por fin, hubiéramos encontrado restos de hombre en Atapuerca, pero que no sólo brindaba por ello, sino que sobre todo lo hacía por su equipo de excavación, pues era por quien verdaderamente merecía la pena brindar.
      El silencio fue sepulcral durante unos interminables segundos. No hubo estallido de júbilo y nadie hizo ningún comentario mientras brindábamos. Varios nos miramos muy emocionados, y no porque nos dijera eso Emiliano, sino por ser conscientes de tener la gran suerte de estar ante un verdadero gigante como persona y poder compartir con él uno de los momentos más emocionantes de nuestras vidas.
      Son innumerables las veces que yo he contado esta anécdota a familiares y amigos como ejemplo de “tener clase” en la vida, y todavía me estremezco al recordarla, aunque sea la primera vez que la comparto con Emiliano públicamente, pues formaba parte de mi archivo íntimo. He sido un gran afortunado al conocer a alguien así.
      Brindo por ti Emiliano.

 
 

martes, 10 de febrero de 2015

Limpiar el Ebro: criterio ecológico y contrastación de ideas.




     El desarrollo de una conciencia ecológica suele traer a veces conflictos internos difíciles de solucionar. En muchas ocasiones la gente que se preocupa por ser un buen ciudadano, respetuosos con la naturaleza, aunque sin dejar de vivir en consonancia con los tiempos modernos, suele dudar sobre qué hacer o cómo comportarse ante tal o cual situación en la que se ponen en duda sus principios medioambientales. La exposición de sus ideas parece que tienen que estar siempre tamizadas por lo políticamente correcto. No todo el mundo se puede manifestar con claridad y transparencia  delante de los demás, por el qué dirán.
     La gente desea antes contrastar ideas o acciones llevadas a cabo antes de decantarse públicamente sobre algo. Por ejemplo, si los grupos ecologistas se manifiestan en contra del dragado de los ríos para evitar desbordamientos y toda la colección de daños colaterales que producen las mismas, será muy difícil  que, aunque pensando lo contrario, encuentres personas dispuestas a “opinar” sobre el tema. Pasa con adultos “formados” y con alumnos en fase de preparación. No están acostumbrados a afirmar y exponer ideas contrarias a la corriente pseudoecológica y pija que representan muchas veces los pseudocientíficos grupos  que practican el ecologismo actual.
El Ebro desbordado, cerca de Zaragoza.
     Volvamos al ejemplo del desbordamiento de los ríos. Y en concreto al río Ebro, que tanto destrozo ha causado en los últimos días (hoy 8.000 hectáreas anegadas... y esperemos otro destrozo cuando se derrita la ingente cantidad de nieve caída…). Desde la DGA y la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) se insinúa que habrá que “limpiar el cauce del Ebro”, es decir, que habrá que dragarlo. Pues bien, todos sabemos que ese es un tema especialmente sensible para los grupos conservacionistas. Es como echarles un gato a la cara decir que se dragará el río. El quitar grava del fondo de su cauce para que no haya desbordamientos lo consideran una gran agresión al río considerado como un ecosistema. Y en parte no les falta razón. Cualquier intervención sobre un ecosistema natural es una agresión al mismo. Por ejemplo, el arar un campo para cultivar calabacines es una agresión ecológica de primer orden. Y en el río pasa igual.
     Pero parece que los tajantes contrarios a esos dragados no cuentan en sus acervos culturales con la sencilla idea de que los ríos estacionales, como el Ebro, tienen una dinámica fluvial natural muy agresiva. Me explico. Hay dos procesos geológicos, denominados “divagación lateral” e “incisión lineal” que actúan conjuntamente en el río y que ejercen una acción muy semejante a la que se pretende hacer antrópicamente. Un ejemplo de la acción de esos procesos puede verse, por ejemplo, visitando el bonito Museo del Puerto Fluvial de la Zaragoza romana, en la Plaza de san Bruno de la capital. Allí puede contemplarse la altura a la que pasaba el río en tiempos de los romanos, desde hace ya casi 20 siglos, nivel que se sitúa unos 8 metros por encima del nivel actual. Esa “incisión” la ha realizado el río solito, sin ayuda de nadie. Naturalmente, los millones de toneladas de sedimentos “excavados”, “dragados”, de forma natural por la corriente fluvial han sido llevados aguas abajo hasta el Mediterráneo. Así mismo, en el Ebro y en muchísimos ríos que atraviesan ciudades ha sido necesario poner diques de contención en sus orillas (El Sena , en París), o escolleras de bloques de piedra (en Zaragoza), para evitar esa “divagación” y por tanto daños importantes en los barrios colindantes.
     Por supuesto que la acción del río es destructiva y atenta contra la integridad del ecosistema fluvial. Y no hay nada que hacer. Es un hecho totalmente natural. Eso es así, está claro. Pero si la civilización nos ha hecho afincarnos en las orillas de los ríos (por razones obvias) y los cultivos necesarios se instalan en las planicies de las terrazas de los mismos, tendremos que hacer un uso de los cauces para el provecho humano. Y si ese uso supone que se modifique en parte la orografía del río y, por ende, la estructura del ecosistema fluvial, habrá que entender que nuestra existencia está dependiendo de esas “agresiones” a los ecosistemas. Vivimos en y de la naturaleza. Habrá que respetar al máximo, con dedicación y normativas estrictas, todas las actuaciones que se pretendan hacer con el fin de conservar  todo lo que nos rodea, pero no podemos ser tan ilusos como para pensar que nuestro paso por la vida es sin tocar el medio natural en absoluto. Vivimos de él.
Inundaciones causadas por el Ebro.
     Por eso no se entienden posturas como las que ahora estamos viviendo con el Ebro. Por un lado, los políticos dicen que van ahora a hacer lo posible por dragar el río y así evitar los males producidos, año tras año, con las inundaciones de las zonas ribereñas. Y por otro lado, están desparecidos del mapa los grupos ecologistas dejando huérfanos a muchos de sus seguidores, aunque la gente no parece ahora muy sensibilizada con los daños sufridos por los ribereños con las inundaciones. No dicen nada, ni la gente ni los grupos conservacionistas. No opinan, o no se les oye. ¿Por qué?  ¿No saben qué hacer en estos casos? ¿No protestan ante un intento claro de agresión (DGA y CHE) al ecosistema fluvial? En otros  momentos, o mejor dicho después de otras riadas, una de las opiniones de manual que  argumentan es la genial idea de realizar unos canales laterales al cauce actual como lugar de llenado de aguas “sobrantes” del río en épocas de avenidas, a modo de pistas de frenado de urgencia en las carreteras con gran pendiente. Esta solución, que aparece como propuesta de actuación  incluso en numerosos libros de texto de ciencias ambientales, no deja de ser una especie de cohete artificial demagógico, pues  en la realidad es una solución inviable. ¿En qué terrenos de huerta  se realizarían esos canales afectando las haciendas de muchos? ¿Eso no es destrozar también los ecosistemas circundantes al del río? ¿Eso es conservar un ambiente sedimentario fluvial?
     Como puede verse, el tema es controvertido y de difícil solución. Y más aún que esa solución deje contentos a todos: pueblos ribereños, agricultores, ecologistas y a la gente en general. Espero que los que quieren oír ideas para contrastar, de esta índole u otras parecidas respecto a lo que hay que hacer para dar soluciones de urgencia a una situación ya insostenible, las oigan de los que siempre parece que son los portadores de la verdad medioambiental, aunque las suelen dar cuando otros han dado ya otra solución, aunque sea errada. Por experiencia recomiendo que esperen sentados.

martes, 3 de febrero de 2015

De Olimpiadas geológicas.



     Hay gente que piensa que eso de presentarse a las olimpiadas culturales que las facultades de ciencias organizan para promocionarse es un acto lúdico más de los que se ofrecen hoy en día. El día 6 de febrero se celebrarán las VI Olimpiadas de Geología de Aragón. Y allí estaremos. Esta vez solo con mis dos únicos alumnos de Geología de 2º de bachillerato (así están las cosas…), Jorge Nogueras y Pablo Aguilar, muy buenos estudiantes y personas. Veremos cómo nos va, pues la competencia es fuerte y el nivel de las pruebas cada vez más alto.
      Y esto de que el nivel de las pruebas es cada vez mayor es otra de las cosas que mucha gente tampoco se cree o pone en duda. Además de pasar una prueba inicial con multitud de preguntas de casi todas las especialidades de la geología, han de superar una prueba práctico-teórica, a modo de gymkana por la facultad en la que se les pone “pistas” de tipo geológico o paleontológico con las que elaborar una hipótesis-conclusión sobre un acontecimiento terrestre importante. La del año pasado consistía en deducir en qué momento de la historia geológica de la Península Ibérica se había producido la apertura  de la Cuenca del Ebro hacia el mar Mediterráneo. ¡Casi nada! Me gustaría  saber cuántos profesores que diseñaron las pruebas de la olimpiada sabían deducir a sus 17/18 años, antes de entrar en la universidad, este tipo de cosas. Yo, desde luego, no. Por eso la preparación del alumnado para que se puedan presentar a estas pruebas es ardua y difícil. Y en eso estamos.

Mallos de Riglos (Huesca).
     No es cuestión de regalar nada a nadie, y menos unas pruebas donde se marca, de alguna manera, el nivel que en la comunidad se tiene de geología entre los alumnos de bachillerato. Pero tampoco en querer aparentar gran nivel en el diseño de las pruebas, o pretender que los alumnos lleguen a la facultad con una capacidad hipotético- deductiva   que seguramente muchos de los responsables han desarrollado en sus años de doctorado, o después. Este hecho contrasta con la habitual protesta de parte del profesorado universitario respecto al “mal” nivel con el que llegan los alumnos a la facultad, en cuanto a contenidos, capacidad de expresión oral y escrita, o escasa capacidad de razonamiento, cosa que en muchos casos puedo atestiguar que no es cierto. Tanto los que se presentan, en general, como los que las superan, en especial,  son gente concienciada y bien preparada, con ganas e ilusión geológica.  Y aunque esto es  tema de otro tiempo que no toca ahora, recuerdo la confusión que teníamos respecto a estas virtudes personales antes descritas cuando éramos alumnos nosotros de esa facultad, hace 30 años, pues a muchos de los, les llamaremos profesores por educación, no resultaba nada fácil el saber de qué hablaban en sus clases. Y no se sabía no por ser cortos o limitados los alumnos, sino por sus grandes limitaciones dialécticas (muchos acababan de aterrizar en Zaragoza usando un andaluz cerradísimo ininteligible), de capacidad de transmisión de conocimientos, de organización profesional didáctica, y de intercomunicación con el alumnado. ¡Llegamos a pensar que era dificilísimo e inalcanzable el contenido de alguna asignatura! Y no era así.  Después, con los años de la práctica docente, comprobamos que eran gente poco “apropiada” y “preparada” para dar clase en la universidad. Algunos de ellos aún siguen por allí, y espero que lo hagan mejor. Tengo la certeza que ellos no sabían entonces cuándo se abría la cuenca del Ebro hacia el Mediterráneo…, ¡y ahora se les pide a los chavales de bachillerato!
     Pero por suerte hay, además,  en nuestra facultad de geológicas actual de Zaragoza,  una buena colección de profesores, preparados,  entregados y con ganas de sacar adelante la geología aragonesa,  que se enfrascan en esto de llevar a cabo las olimpiadas geológicas, lo que supone tiempo y dedicación. El generar entusiasmo entre el alumnado es fundamental para que se conozca y respete cada vez más todo lo relacionado con la geología y sus aplicaciones, tan distorsionadas y desenfocadas en los últimos tiempos desde ópticas conservacionistas pseudocientíficas.  No sé si se conseguirá, aunque intentaremos ayudar lo que haga falta, entre otras acciones, con nuestra participación en las VI Olimpiadas Geológicas en Aragón.